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español english LA PLAZA MAYOR José Antonio Marina Las ciudades tienen una geometría orgánica que me fascina. Son la sedimentación física de la vida. El resultado material de un dinamismo contínuo. El molusco produce la concha. El hombre, la casa. El pueblo, la ciudad. Si queremos comprender lo que vemos, lo que imponente se alza frente a nosotros, debemos recuperar su genealogía, las minuciosas acciones, los deseos y esperanzas, que lo hicieron nacer. El mundo de la cultura recupera entonces una profundidad de sentido. Hoy quiero esbozar la genealogía de la “plaza mayor”. ¿De cual? De todas, aunque la ocasión me la proporcione este libro que se propone festejar la construcción de la bellísima Plaza Mayor de Salamanca. “Plaza mayor” es un “universal cultural”, una constante urbanística que se da en todas las latitudes. Los hombres se agrupan para vivir mejor. Surge entonces una corriente continua y caudalosa de experiencias, de interacciones y necesidades, que se va haciendo visible en templos, casas, monumentos, espacios. La función crea el órgano. En el centro de las ciudades, como un cordial embalse donde desaguan todos los ríos, encontramos la Plaza Mayor. Los ciudadanos necesitan reunirse para diversos menesteres, para intercambiar mercancias, diversiones o información. La democracia nació en la plaza pública, en el ágora, lugar de reunión y de debate. Las ciudades están más o menos integradas. Hay ciudades que mantienen su unidad y otras que no son más que un agregado de barrios. Baudrillard, el conocido sociólogo francés, se sorprendía al ver que Los Ángeles es una ciudad atravesada por autopistas, desperdigadas, construida sin centro. Lo que define a una ciudad integrada es que su Plaza Mayor siga vigente, que mantenga su jerarquía suprema, un uso vecinal generalizado (aunque haya, naturalmente, otras plazas públicas), que continúe siendo el espacio vacío que atrae a todos los vecinos, el gran imán que orienta sus pasos. Siempre habrá una razón para pasar por ella, no sólo geográfica, sino vital. Cuando las ciudades se hicieron demasiado grandes, la Plaza Mayor perdió su fuerza aglutinadora. Aún recuerdo que en mi Toledo natal, cuando era niño, la Plaza de Zocodover ejercía todavía de Plaza Mayor. Una vez a la semana se celebraba en ella el mercado, y el poder de la costumbre era tan fuerte, que hacer la compra diaria se llamaba “ir a la Plaza”. Creo que es Max Weber quien dice que en su origen Berlín era un mercado. La ciudad nació después, al calor de las transacciones comerciales. Estoy seguro de que así nacieron muchas ciudades. Sigo con mis recuerdos infantiles. Los días de fiesta, lo tradicional era ir a Zocodover a pasear. Vista en la lejanía, aquella costumbre me parece incomprensible, porque la diversión consistía en dar vueltas y vueltas en un espacio no demasiado grande. ¿Dónde estaba la diversión? Hay un estrato profundo de la diversión que consiste sólo en estar juntos, un instinto de sociabilidad que hace que la gente se apretuje incómodamente en las zonas de copas, en vez de ir a beber a un espacio más confortable. Verse, olerse y tropezarse son necesidades urbanas primarias. Al fin y al cabo la ciudad era un antídoto contra la soledad y el descampado. Las Plazas eran también tradicionalmente lugar de reunión y de cotilleo. Era el lugar de encuentro por antonomasia. El escenario para las fiestas principales. Y de las grandes movilizaciones políticas. Todas las ciudades son el resultado de dos impulsos contradictorios del ser humano: la intimidad y la sociabilidad. En ocasiones vence uno y en ocasiones vence otro. Hay ciudades íntimas y ciudades abiertas. La propia arquitectura de las casas refleja esta dualidad. Hay ciudades en que las casas se abren hacia dentro, a patios privados, y hay otras, que abundan más en EEUU que en España, abiertas al exterior, casi impúdicamente. Las ciudades, como las personas, pueden cambiar. Recuerdo que un antropólogo brasileño me contaba una curiosa historia referente a un poblado aborigen, que nos cuadra muy bien de ejemplo. Como casi todos los poblados indígenas, aquel estaba compuesto de chozas abiertas a una zona común: a la plaza. Pero la llegada de comerciantes proporcionó a las familias objetos y bienes antes insospechados. Entonces se disparó un reflejo de protección y distanciamiento, y cambiaron la orientación de las puertas de las casas. Ya no daban a la plaza, a la solidaridad, sino que se abrían en la dirección contraria, para defenderse de las miradas ajenas. Había vencido la privacidad y la desconfianza. Podemos seguir con la tipología de las ciudades. Las hay hay espontáneas y las hay proyectadas. Este cambio merece ser estudiado porque revela interesantes rasgos de la historia humana. La ciudad nace por un movimientos vital, desordenado, regido por motivos individuales. Pero la convivencia –incluso física- tiene que ser regulada. Hay que construir servicios comunes, guardar una cierta armonía, respetar al otro. De la misma forma que aparecen las normas de convivencia, morales o jurídicas, aparecen tambien las normas de construcción. Las plazas públicas reflejan esta doble índole.Este libro herboriza una multitud de plazas, en una especie de botánica urbanística. Las hay casuales y las hay diseñadas. Aquellas han surgido de una agrupación azarosa de casas, guiada solamente por la comodidad o el lucimiento. La competencia en el lujo es también una constante humana, tan peligrosa a veces que los romanos tuvieron que dictar leyes para limitar esa ruinosa emulación. En cambio, las plazas diseñadas suponen una clara vocación comunitaria, normativa, monumental. Ortega se sorprendió de la magnificencia de esos proyectos. “En la vida española ha debido de haber una época magnífica: la época en que se construyen las grandes Plazas con soportales. El coste de la obra era enorme para aquel tiempo. Los soberbios fustes de las columnas daban a todas las casas porte de palacios. Pero además, en los lugares de la ciudad donde el terreno valía más, se renunciaba a una parte de él para convertirlo en una via pública. Como idea implicaba suavidades de alma hoy imposibles. Suponía el acuerdo y como un sacrificio de todos los propietarios en beneficio de una abstracción que es la urbe”. No me extraña que las plazas diseñadas aparecieran en el Renacimiento, época interesada por la construcción de ciudades ideales, es decir, dirigidas por una idea. La “Utopia” de Tomás Moro, “La ciudad feliz” de Francisco Patrizzi da Cherso, “La república imaginaria” de Ludovico Agostini de Pesaro, “La república de Evandria” de Ludovico Zúccolo, y muchos otros textos demuestran este deseo de ir desde la idea platónica de la ciudad a su construcción real, siguiendo el camino opuesto al recorrido por las ciudades espontáneas, de crecimiento orgánico. Basándonos en estas genealogias diferentes, podemos hacer una tipología de las plazas antiguas. Un rasgo decisivo es que las espontáneas no tienen autor, mientras que las proyectadas suelen deberse al talento de un arquitecto o de un gobernante, o de ambos a la vez. La Plaza mayor de Valladolid, que fue el modelo para las posteriores plazas barrocas, fue mandada construir por el vallisoletano Felipe II, después del incendio que sufrió la ciudad. La Plaza Mayor de Madrid fue diseñada por el arquitecto Juan Gómez de Mora en 1617 y rediseñada por Juan de Villanueva en 1690. En Salamanca varias plazas se habían disputado la jerarquía de Plaza Mayor, la de San Giral, la del Azogue Viejo y la de San Martín, que en el siglo XVIII oficiaba como tal. Estaba empedrada, era enorme y albergaba el mercado diario, corridas de toros, talleres al aire libre y la horca. Este desorden hizo pensar al Corregidor Rodrigo Caballero la conveniencia de construir una Plaza Mayor organizada. Elevó a Felipe V una propuesta y mencionó como modelo la Plaza Mayor de Madrid, la del Ochavo de Valladolid y la del Cuadrado de Córdoba. El 12 de enero de 1729 Felipe V da la autorización. Se sacó a concurso público pero no se presentó nadie, por lo que se hizo por administración. En marzo de 1729 se nombró Maestro Mayor a Alberto de Churriguera. De la irrealidad de sus ideas procede la realidad de la plaza que todos podemos disfrutar y hoy festejamos. ¿Qué ha sido de las Plazas mayores en el siglo de la individualidad, el automóvil, el turismo y la sociedad de consumo? Las ciudades se han fragmentado, y las plazas mayores han perdido su función socializadora. Han aparecido formas virtuales de encuentro. Por ejemplo, el móvil, que permite a la gente mantenerse en contacto continuamente. En especial los adolescentes están permanentemente enlazados –en una especie de plaza mayor grupal y virtual- con sus amigos. Otra peculiar forma de encuentro la ofrece la televisión. A una hora determinada, varios millones de españoles están ante la pantalla, asistiendo al mismo espectáculo. Los espectáculos comunitarios, que antes se desarrollaban en la plaza mayor, siguen realizándose en una gigantesca plaza televisiva, en la que se puede estar presente sin necesidad de salir de casa. Pero la necesidad de socialización, de proximidad, es tan grande, que empieza a vislumbrarse un nuevo tipo de Plaza Mayor, de lugar de encuentro, diversion, mercado, paseo. Son los Malls americanos, los Centros Comerciales, que ofrecen tiendas, restaurantes, cines, gimnasios, todo tipo de atracciones para que miles de familias acudan todas las semanas y pasen allí muchas horas. Casi siempre están fuera de las ciudades, lo que nos indica que el tráfico está produciendo una circulación “extracorporea”, extraciudadana, que sitúa el corazón, la Plaza Mayor, fuera del cuerpo de la ciudad. A pesar de los cambios, las ciudades siguen y las necesidades básicas del ser humano. También. Y eso me hace sospechar que, de una forma u otra, la Plaza Mayor seguirá existiendo como gran “universal cultural”, y que si alguna vez desaparecieran definitivamente, eso supondría que habíamos llegado a la culminación del individualismo desvinculado, de la cercanía sin vecindad, del roce sin comunicación. Es decir, al infierno. ----------------------------------------------------------------------------------------- LA PLAZA PRINCIPAL Y MAYOR CORAZÓN Y ALMA DE LA CIUDAD Antonio Bonet Correa Desde la formación de las primeras ciudades, en el Creciente Fértil de Mesopotamia, en las orillas del río Nilo y en la lejana China, las plazas han sido siempre un escenario privilegiado de la vida urbana. El amplio y despejado espacio de una Plaza Mayor, diferente al lineal recorrido de una calle, constituye el elemento principal de una población, el núcleo original en torno al cual se desarrolla el ulterior crecimiento de la ciudad. De las partes esenciales de una urbe, sin duda la plaza es el primer espacio inventado por el ser humano ya que la primitiva senda o camino que acaba constituyéndose en una calle no es más que una vía, una arteria que une dos puntos distantes en un territorio habitado. Tal y como acertadamente señaló Ortega y Gasset “la urbis, la polis empieza siendo un vacío: el forum, el ágora y todo el resto es un pretexto para proteger este vacío, para delimitar su contorno”. Este aserto se confirma en las ciudades creadas ex-novo como las antiguas hipodámicas, las de colonización y las ciudades hispanoamericanas en damero cuya planta se traza a partir de la plaza mayor, el núcleo generador de la urbe. Las plazas desde el punto de vista morfológico pueden tener distintos tamaños, según la categoría política, el rango administrativo y la importancia económica de la población. También pueden ser de forma regular o irregular. Por regla general las plazas regulares son la consecuencia de la creación de las nuevas ciudades, nacidas con una retícula de perfecta geometría. De los diferentes tipos de plaza existen distintas variantes. En las plazas irregulares dominan las formas trapezoidales, con rincones y ángulos entrantes y salientes. En las plazas regulares encontramos las de forma rectangular, cuadrada, circular, oval o poligonal, con hemiciclos o chaflanes en algunos de sus lados. Todas ellas son el fruto de la preocupación estética de un urbanista. Además hay plazas abiertas a calles y avenidas y plazas cerradas a las que se accede bajo arcos y soportales. Estas últimas plazas son de arquitecturas uniformes frente a las irregulares que tienen edificaciones de distintas épocas y distintos estilos artísticos. Ahora bien, a pesar de todas estas variantes todas las plazas mayores tienen un denominador común, el de ser una especie de espejo del espíritu forjado a lo largo de la historia de un pueblo, el crisol de la manera de entender la vida urbana que se produce en toda aglomeración humana activa y plena de vitalidad. Las plazas principales de las grandes ciudades desde el aspecto funcional son el punto central al cual concurren todas las personas, el sitio en donde la población alcanza su máximo clímax urbano. Auténtico corazón de la cuidad, en su ámbito late el ritmo de sus habitantes y es en donde se concentra el sentido simbólico de su destino de capital metropolitana. Escenario de la vida cotidiana y de los acontecimientos extraordinarios, su recinto acotado sirve para celebrar las fiestas y los regocijos populares, las ceremonias públicas, civiles, sacras o militares, para ser el término final de las multitudinarias manifestaciones y de las celebraciones de los fastos colectivos. Para entender el universo mental de las distintas civilizaciones hay que sentir el pulso de las grandes plazas del mundo. Sin sentirse inmerso en la plaza de Djemáa el-Fna de Marrakech no se comprende la vida de Marruecos y de este centro comercial de los nómadas de Sahara y del Atlas, de la misma manera que sin estar en el Zócalo de México o en la Plaza Mayor del Cuzco difícilmente se puede profundizar en la tradición urbana de lo prehispánico mezclada al legado español en América. Plazas como la Roja de Moscú, la T’ien an Men en Pekín, la del Vaticano en Roma, la de San Marcos de Venecia, la de Cracovia, la de los Vosgos en París o la Grande Place de Bruselas por citar los nombres de algunas de las más conocidas, son como la quintaesencia de las distintas formas de construir, estar y usar las plazas. Cada una de ellas es un mundo, un microcosmos a la medida de la cuidad y del territorio, físico y mental, que la conforma. A los libros antiguos con descripciones literarias de la plazas siempre se han añadido ilustraciones con la representación de su arquitectura y de los personajes que deambulan dentro de su recinto. En la pintura los cultivadores de las “vedutte” nos han dejado cuadros de enorme interés iconográfico. El aficionado a la historia, tiene además un enorme depósito de láminas y grabados, gracias a los cuales podemos reconstruir visualmente las plazas a través de los tiempos y los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en su recinto. Modernamente el arte fotográfico nos proporciona la imagen plena de vivacidad de las plazas con sus áreas ya vacías o plenas de gentes, con sus terrazas de café, sus pintorescos y variopintos personajes, sus mimos y saltimbanquis, sus vendedores ambulantes, limpiabotas, turistas, nativos endomingados o vestidos con sus trajes de trabajo, todos ellos personas sin las cuales la plaza no tendría sentido y actualidad. La mirada del fotógrafo es esencial, proporcionándonos su visión individual que nos descubre nuevos aspectos de las plazas y nos devuelve el recuerdo de nuestra memoria de la misma. La reunión en un denso volumen sobre tantas fotografías sobre un tema urbano tan fundamental de la historia del urbanismo y del estudio de las civilizaciones, hay que calificarla de muy acertada. Todos los aficionados a viajar y los apasionados por las ciudades encontrarán en este magnífico tomo o álbum, concebido como los viejos porfolios fotográficos, una manera de visitar, sin moverse de su casa, el multiforme universo de las principales plazas de las más importantes ciudades del mundo. --------------------------------------------------------------------------------------- LA PLAZA MAYOR, EL GRAN ESCENARIO URBANO Antonio Sánchez del Barrio I. La Plaza Mayor, un espacio histórico Desde los tiempos antiguos de las primeras civilizaciones occidentales, hasta los actuales de la sociedad de la comunicación, las plazas públicas han sido siempre los espacios fundamentales de la vida social, los patios urbanos de las ciudades, que han reflejado como ningún otro recinto la idiosincrasia y la historia de cada ciudad. Han sido y siguen siendo el escenario en el que las sucesivas generaciones han celebrado sus más importantes acontecimientos políticos y sociales, sus días de fiesta mayor, de feria y mercado, de representaciones teatrales litúrgicas, de torneos, toros y juegos de cañas; de grandes ceremonias religiosas y de crueles ajusticiamientos en nombre de la ley. Los antecedentes clásicos Se ha puesto en boca del mismísimo Aristóteles que “la ciudad es un conjunto de casas y edificios en torno a una plaza central de mercado”; sea o no verdadera la autoría de esta ingeniosa frase, lo cierto es que la primera plaza pública, el ágora griego, fue en principio el espacio de mercado de la ciudad, el lugar donde en los tiempos clásicos se emplazaban los edificios de reunión de las autoridades ciudadanas, de las asambleas públicas municipales y también de las gentes del mercado y el comercio. Configuradas sus fachadas con pórticos -elemento que en sus más diversas variantes será una de las constantes que acompañará a la plaza a lo largo de la historia-, es evidente la intención de unir en un solo espacio representativo, el propio núcleo de la ciudad, a los agentes políticos, mercantiles y administrativos cuya misión es el servicio público. Son los tiempos en que Hippodamos de Mileto idea por vez primera una distribución racional de la ciudad, usando la retícula como base geométrica generadora de la misma, principio regulador ya conocido en civilizaciones anteriores que él desarrolló magistralmente. Asimismo, se tiene ya en cuenta la orientación respecto a la luz solar y la disposición de las estructuras porticadas, al tiempo que se integra el paisaje como elemento primordial en la composición urbanística general de la ciudad. Su propia localidad natal, Mileto, así como Pérgamo, Éfeso, Prienne o Cnido, son testimonios de estos diseños ortogonales, con un espacio señalado y preeminente, el ágora, desde donde se gobierna la ciudad y se realizan las transacciones económicas y comerciales, pero también donde se sorprende al visitante con la grandiosidad monumental y se mantiene una vida cosmopolita aderezada con fiestas y juegos públicos. Estas primeras raíces de las ordenaciones urbanísticas tienen su continuación en Roma, de manera especial en los tiempos de la denominada Pax Augusta (del 30 a. C. al 180 d. C.) cuando el florecimiento económico propicia el desarrollo de pequeños enclaves que en muchos casos, con el transcurrir del tiempo, llegarán a ser prósperas ciudades en las que fácilmente podemos reconocer huellas de sus antiguos espacios públicos en sus actuales vías y plazas principales. El foro romano hereda las funciones del ágora heleno convirtiéndose en el escenario monumental de las actividades cívicas y políticas de una sociedad con una vida pública cada vez más intensa. En las ciudades costeras, es frecuente el emplazamiento del foro cerca del muelle para facilitar el dinamismo comercial; en las situadas en el interior, se abre en la parte central de un plano reticulado. Un caso singular es el que forman las ciudades originadas por campamentos militares romanos -como León, establecimiento permanente de la VII Legio Gémina- en las que la regularidad y el sentido práctico son sus aspectos más destacados. En ellos, el uso de vías con pórticos aparece documentado muy tempranamente. Roma es sin duda la ciudad por excelencia, sus foros Romano y Trajano constituirán junto con los grandes edificios públicos próximos –anfiteatros, circos, templos, termas, etc.- un grandioso conjunto monumental difícilmente superable. En la actualidad, Roma es más barroca que romana y un paseo por sus calles supone asistir a todo un repertorio de formas dieciochescas sobre renacientes y éstas sobre las más antiguas del esplendor romano de los césares. La Piazza Nabona de Roma resume en sí misma esta sucesión cronológica de espacios y edificios definidos por la historia. El antiguo estadio de Domiciano donde se celebraban los juegos agonales está aún presente en la planta elíptica de esta plaza convertida en un auténtico “teatro barroco” tras las remodelaciones auspiciadas por el Papa Inocencio X Pamphili, quien tomó esta plaza –lugar donde se levantaba su palacio familiar- como escenario de su mecenazgo. En ella rivalizaron como en ningún otro lugar los genios de Bernini, con sus fuentes monumentales, y Borromini, con la nueva fachada curvilínea de la iglesia de Santa Inés, resultando un espacio absolutamente incomparable. Asimismo, la Plaza del Mercado de Lucca se asienta sobre un anfiteatro romano levantado en los primeros siglos de nuestra Era. El que fuera grandioso edificio, de planta elíptica y de dos órdenes de arquerías superpuestas, fue destruido y sus materiales reaprovechados; siglos después, sobre los restos ruinosos se levantaron viviendas y construcciones de todo tipo, manteniéndose buena parte de la estructura elíptica original del anfiteatro, particularmente tras la intervención del arquitecto Lorenzo Nottolini, quien en 1830 hizo derribar algunos edificios que se hallaban en el centro de la plaza volviendo a quedar ésta libre y abierta. Las “inquietas” plazas medievales La decadencia de Roma trae consigo el abandono generalizado de las ciudades y con él el olvido del lenguaje compositivo del urbanismo clásico de las civilizaciones antiguas. Este ocaso es paralelo al declive generalizado de la plaza como tal en las urbes del Alto Medievo. Es a partir del siglo XI y especialmente durante las dos siguientes centurias, cuando vuelven a aparecer, con el renacer de las actividades comerciales, espacios abiertos dedicados originariamente a mercado que, al mismo tiempo, van a ser el lugar idóneo para la celebración de espectáculos públicos, ceremonias civiles o religiosas, etc.; en definitiva, un nuevo espacio para el encuentro social. Aunque en las antiguas ciudades romanas es frecuente el aprovechamiento de sus viejos foros, por lo general, los primitivos zocos o áreas de mercado de las ciudades medievales se establecerán ahora en los extramuros de la población, junto a una puerta de la muralla, elemento que no falta en cualquier asentamiento de una mínima entidad. Una buena parte de las actuales Plaza Mayores de las ciudades españolas tienen este origen y fácilmente podemos rastrear sus antecedentes ligados a un espacio comercial extramuros; incluso, muchos topónimos nos indican la existencia de la antigua actividad artesanal y mercantil que allí se desarrolló durante sus primeros tiempos –plazas del Azogue, Azoguejo, del Mercado, del Zoco, de Zocodover, etc.- aunque actualmente se emplacen en el centro de la ciudad merced a su indiscutible carácter generador de espacios urbanos. De otra parte, a pesar de las numerosas variantes tipológicas, la disposición urbanística de la mayoría de las ciudades medievales europeas tiende a ser radioconcéntrica y de planta redondeada o circular, definida siempre por el perímetro de la muralla. En la parte central, donde concurren las principales calles de la población, se alza la iglesia principal, o la catedral en su caso, y frente a ella una plaza con carácter mercantil donde se levantan las casas del Concejo y las sedes de las principales cofradías de mercaderes. En algunos casos, han llegado hasta nosotros edificios municipales y gremiales del más alto interés arquitectónico, presidiendo aún plazas medievales que conservan buena parte de su traza original; esto ocurre sobre todo en ciudades italianas, flamencas, alemanas y francesas. Otros tipos planteados por los historiadores del urbanismo son, de una parte, el lineal, con una calle originada por un camino importante, en la cual, en un tramo determinado, se abre una plaza principal, generalmente junto a un templo, como ocurre en muchas ciudades del Camino de Santiago y también en otras relacionadas con grandes vías comerciales europeas; asimismo la tipología llamada “crucial” está determinada por el encuentro de dos caminos o cañadas en cuyo cruce suele establecerse un espacio abierto, generalmente la futura plaza de mercado. En estos tiempos medievales hay también ciudades planificadas, las “bastidas”, asentamientos planteados fundamentalmente desde el punto de vista de la fortificación y la defensa, en unos tiempos, los de los siglos XII y XIII, en los que la expansión demográfica y comercial fomenta la ocupación de nuevas tierras. En este caso es una retícula ortogonal -un “tablero ajedrezado”- el trazado básico del plano, en el que se encajan calles perpendiculares con una plaza que suele estar situada en el área central de la población. La plaza de Montpazier, en la bastida fundada por Enrique I de Inglaterra en 1284, se forma a partir de la rotación de dos manzanas utilizando para su definición potentes arquerías góticas como elementos de fachada. Del mismo modo, la plaza de Monflanquin, precioso espacio muy bien proporcionado con estructuras asoportaladas de crucería y viguerías de madera, tiene sus primeros antecedentes en la intervención de Alfonso de Poitiers, cuando en 1256 concede carta de población para gobernar los territorios próximos al emplazamiento. Ambos casos son dos preclaros ejemplos de la belleza compositiva de las plazas medievales nacidas en bastidas fortificadas. Es característico de las plazas de este período su composición cerrada y homogénea, pero no como fruto de un plan preconcebido, sino como algo natural que viene determinado por el uso de unos mismos materiales, similares técnicas de edificación y elementos unificadores de las fachadas, como son los pórticos asoportalados y los pasajes cubiertos, que originan armoniosas visuales del conjunto. Los alzados están formados por sucesivas construcciones de parcelación muy estrecha en fachada y muy profunda en planta que, en ciudades del norte europeo, se rematan con frontones, originándose bellísimas composiciones de perfil quebrado; por su parte, en las plazas de los países mediterráneos, las fachadas suelen mostrar parte de un faldón de la cubierta, en ocasiones integrado tras un airoso cornisamiento. En el antiguo condado de Flandes, son innumerables las plazas que podríamos citar en las que se conserva aún la impronta de la presencia española, aunque realmente su imagen general esté definida por los elementos compositivos de la arquitectura norte europea que acabamos de comentar. Dos casos en los que ha trascendido su origen comercial para convertirse en singulares obras de arte son: la Plaza Markt de Brujas, con su campanario octogonal, su antigua Casa de Mercado y sus fachadas continuas rematadas “en dientes de sierra”; y, del mismo modo, la “Gran Place” de Bruselas –una de las más hermosas plazas del mundo- en la que se congregan con singular armonía edificios góticos, renacentistas y barrocos de gran belleza constructiva, como su célebre Ayuntamiento -con una torre de cerca de cien metros de altura-, la Casa del Rey o las casas de los gremios. Respecto a las plazas medievales italianas es imposible reflejar en unos párrafos las características urbanas de centenares de espacios públicos de este tenor. Por citar dos casos muy conocidos, con una dilatada historia y una bellísima composición urbanística, mencionaremos la Piazza de las Hierbas (“d’Erbe”) de Verona y la Piazza del Campo de Siena. La primera de ellas se corresponde con el antiguo espacio de mercado, sucesor, en la época medieval, del foro romano que se hallaba emplazado en este lugar. En ella es de gran interés advertir su relación con las cercanas plazas de Broletto y Sordello, también asoportaladas, con las que se forma un singular conjunto urbano que presenta un magnífico muestrario de edificios monumentales de todos los tiempos. Entre otros, cabe citar, en la Plaza de las Hierbas: el Palazzo della Ragione, del siglo XIII, la célebre Torre del Reloj y la iglesia románica de planta circular dedicada a San Lorenzo; en la plaza Broletto: el palacio de la Podestá y la Torre Comunale; y en la de Sordello: el Duomo y los Palacios del Capitán, de los Bonacolsi y de Vescovile. Respecto a la evocadora Piazza del Campo de Siena, cabe recordar que en su actual configuración fue decisiva una ordenanza dictada en 1310, al concluir las obras del Palacio Pubblico -el grandioso edificio que preside el conjunto-, que obligaba a abrir todas las ventanas hacia la plaza con una misma disposición y tamaño, prohibiéndose, asimismo, cualquier tipo de voladizo. La altiva Torre del Mangia, de finales siglo XIII, sigue siendo testigo permanente de la carrera del Palio, archiconocida carrera de caballos que se celebra en esta plaza desde el siglo XIII; sin duda, esta ceremonia ritual hace de esta plaza el escenario de la rivalidad centenaria entre los barrios jurisdiccionales de la ciudad, que desde los tiempos medievales fueron los distritos de su gobierno. Por último, respecto a las plazas medievales españolas, ha de advertirse en primer término que el poderoso influjo de la presencia musulmana durante ochocientos años, es bien reconocible en los núcleos urbanos y, de manera especial, en los orígenes de muchas de las grandes plazas de la Península. Un caserío compacto, nacido orgánicamente, con callejuelas tortuosas e irregulares adaptadas al terreno, no favorece la aparición de espacios abiertos en el interior de la ciudad. Robert E. Dickinson, en su obra The Western European City (1951) asegura, con un cierto exceso, que estas características son propias de “estas ciudades sin plano, amasijo de edificios y casas, con calles llenas de vida que varían de anchura y de dirección… son laberintos imposibles de descifrar, incluso con un mapa”. Se refiere a las “ciudades secreto, las ciudades sin calles y sin plazas” al decir de Chueca Gotilla, quien en su Breve Historia del Urbanismo nos recuerda cómo, en las Ordenanzas de Toledo se establecía que “’sobrados que atrauiesan las calles a que dizen encubiertas’, debían de hacerlos de altura suficiente para que pasara bajo ellos ‘el caballero con sus armas e que non le embargue’”. Muchas plazas y calles se abren tras el final de la Reconquista, recurriéndose a modelos europeos que nuevamente han vuelto a renacer en las ciudades cosmopolitas del continente. En algunos casos se aprovechan espacios antes ocupados por mezquitas o sinagogas que se derriban sin miramientos; en otros, son los antiguos azogues los que se amplían para acoger nuevas plazas, ahora ya porticados y nacidos desde planteamientos más racionales con la base de la trama ortogonal. Es más, conocemos disposiciones oficiales de tiempos de los Reyes Católicos en las que se promueve la apertura de plazas asoportaladas para el mejor discurrir de las compraventas mercantiles; en una carta que la reina Isabel envía al concejo de Madrid en 1476 podemos leer lo siguiente: "Fagades poblar de mercaderes y oficiales toda la dicha plaça e fagades portalar e facer portales delante de las dichas tiendas e de la dicha plaça para que se pueble mejor... porque las gentes hayan do se poner en tiempos de necesidades... los dichos portales son muy necesarios conplideros e provechosos a la dicha plaça" Estamos entonces ante los antecedentes precisos de una tipología, la de la Plaza Mayor, que estrictamente aparece en el momento en que se levantan en ella las Casas Consistoriales, convirtiéndose de este modo en un espacio representativo del poder municipal. La resolución de construir casas municipales en las villas y ciudades españolas es dictada por los Reyes Católicos, quienes en las Cortes de Toledo de 1480, promulgan unas ordenanzas al respecto en las que se dice, entre otras cosas: “Ennoblescense las ciudades y villas en tener casa grandes y bien hechas en que se hagan sus ayuntamientos y concejos, y en que se ayunten las justicias y regidores y oficiales a entender las cosas cumplideras a la republica que han de governar. Por ende mandamos a todas las justicias y regidores de las ciudades y villas… que no tienen casa pública de Cabildo o Ayuntamiento para se ayuntar, que dentro de dos años primeros siguientes,… hagan su casa de Ayuntamiento o Cabildo donde ayunten…” Muchos estudiosos del urbanismo español han coincidido en señalar que en estos momentos finales de la Edad Media es cuando aparecen los primeros eslabones del tipo denominado así, Plaza Mayor, que se establecerá definitivamente con el proyecto de la nueva plaza que se levantará en Valladolid tras el incendio de 1561. La armonía de las plazas del Renacimiento Las ”nuevas formas antiguas” que trae el Renacimiento tienen como fundamento la superación de las formas medievales. La proporción geométrica y la perspectiva son las claves de la regulación de la plaza como espacio público de la ciudad; a ellos ha de unirse la componente simbólica que propicia la aparición de edificios monumentales, como representación jerárquica de los poderes establecidos en la ciudad. De otra parte, las “ciudades ideales” renacentistas siguen los principios y consideraciones hechas por Vitrubio respecto al trazado urbano y su configuración geométrica. La plaza principal es generalmente de planta cuadrangular, hexagonal u octogonal; sigue siendo porticada y ocupa ahora la parte central de una ciudad que tiene planta octogonal o estrellada; está totalmente amurallada y los vértices suelen rematarse en torres de planta circular, más resistentes que las cuadradas a los ataques de la novedosa y poderosa arma de la artillería. Un ejemplo excepcional de este tipo de emplazamientos ideales es la villa italiana de Palmanova. Fundada en 1593 por la República de Venecia para defenderse de los ataques turcos y los afanes expansionistas austriacos, entre 1805 y 1814, bajo dominación francesa, sus fortificaciones se ampliaron con un tercer cinturón defensivo. Dotada de nueve baluartes, es una de las más famosas ciudades con planta estrellada. Su gran plaza emplazada en el centro geométrico del conjunto, es un gran espacio abierto de planta hexagonal. Asimismo, la plaza ducal de Charleville es un referente entre las plazas de las ciudades ideales renacentistas. Fundación del príncipe de Mantua, Carlos de Gonzaga, diseñada por Clemente Métezeau, hermano del creador de la plaza parisina de los Vosgos, y construida entre 1608 y 1620, obedece a una disposición perfectamente estudiada en pabellones simétricos que forman un espacio urbano del mayor interés. De otra parte, la armonía esplendorosa del Renacimiento se hace patente en muy pocos espacios como en la Piazza de la Sma. Annunziata de Florencia. Delimitada por bellísimos pórticos simétricos, formados por arcos de medio punto sobre esbeltas columnas, es una de las primeras plazas que se levantan con los nuevos planteamientos renacientes, aunque su construcción definitiva no se complete hasta muchas décadas después de iniciarse el conjunto. Preside este espacio singular, desde 1608, la estatua ecuestre del gran duque Fernando I, obra de Pietro Tacca, teniendo como telón de fondo la iglesia de la Santísima Annunciata, templo diseñado por Michelozzo y fundado en 1250. En otro de sus flancos se levanta el “Ospedale degli Innocenti” o Casa de la Misericordia, obra dirigida por Brunelleschi entre 1421 y 1424, y continuada por Francesco della Luna en 1445; en las enjutas de sus arcos puede admirarse una decena de medallones en terracota vidriada de tono azulado que presentan niños fajados, relieves elaborados hacia 1465 por Andrea della Robbia. Asimismo, la extraordinaria plaza de San Marcos de Venecia debe a Jacopo Sansovino su definitiva imagen renacentista. Este artista que tanto influyó en los arquitectos de la capital del Veneto, levantó sendas galerías laterales porticadas de gran monumentalidad, divergentes hacia la basílica -como ocurre en la plaza romana de Campidoglio- logrando unas visuales incomparables, acentuadas más tarde por los motivos geométricos del suelo, concebidos por Andrea Tirali, en 1723, a partir de figuras cuadradas encadenadas. No obstante, antes de ejecutarse esta gran reforma, la grandiosidad de la plaza de San Marcos era ya motivo de admiración general; creada en el siglo XII tras cubrir un canal en 1176 que duplicó su superficie, y remodelada en varias ocasiones (los pabellones sur y oeste fueron concluidos en 1424 y la procuraduría vieja fue construida entre 1480 y 1517), ha sido siempre el principal escenario de la vida de la ciudad. La basílica griega y bizantina, toscana y lombarda; la célebre torre del reloj de 1499, con sus figuras armadas de bronce flanqueando la campana de las horas; el gótico Palacio Ducal, la cercana “loggetta” situada al pie del campanile (copia exacta del original), o la inmediata Biblioteca Nacional Marciana, construida entre 1536 y 1588 con traza inspirada en el antiguo Teatro de Marcelo de Roma, son algunas de las monumentales referencias absolutamente inexcusables de este conjunto urbano sin parangón. La culminación barroca de las Places Royales La Plaza de los Vosgos parisina ha sido considerada como el primer prototipo de esta modalidad. Si embargo, advierte Chueca Goitia que este singular espacio no debería ser considerado como tal, ya que no se concibió como el marco urbano solemne de exaltación a la figura de un rey (la estatua regia fue instalada tiempo después de su edificación), premisa básica de este tipo de “places royales”, sino como un espacio refinado dedicado a las fiestas y distracciones en el marco de un innovador programa urbanístico de la capital francesa. Compositivamente, sigue los postulados italianos renacentistas pero, en este caso, interpretados a la manera francesa. Construida de forma unitaria y en pocos años (entre 1605 y 1612) a instancias de Enrique IV, se convertirá en la principal referencia para el trazado de numerosas nuevas plazas de vocación escenográfica, cuyo culmen es, sin duda, la también parisina Plaza Vendôme, obra cumbre de este modelo barroco francés, construida entre 1699 y 1720 bajo la dirección de Jules H. Mansart, y dedicada en este caso a Luis XIV. En este mismo sentido, la Praça do Comércio de Lisboa, abierta al estuario del Tajo y con la estatua ecuestre del rey portugués José I, es un monumental escenario proyectado con estos mismos planteamientos de exaltación de la monarquía absoluta. Del mismo modo, la Plaza Stanislas Leczinski, en Nancy, forma parte de un conjunto urbanístico excepcional –realmente una sucesión de espacios públicos enlazados- destinado a honra y gloria del rey francés Luis XV, por parte de Stanislas Leczinski, rey destronado de Polonia, al que había otorgado el ducado de Lorena en 1737. De la mano del arquitecto Emmanuel Heré de Corny, se crea una Plaza Real para que sirva de grandioso escenario dedicado al monarca, con su efigie en bronce fundida por los artistas Barthélémy Guibal y Paul-Louis Cyfflé, emplazada en el centro del espacio. De esta magna obra se coloca la primera piedra en 1752, inaugurándose la plaza en noviembre de 1755. Estamos por tanto, al igual que en el caso de Salamanca, en el 250 aniversario de tan singular espacio. Los “zócalos” y “patios” del Nuevo Mundo Mención aparte en este recorrido histórico merecen las grandes plazas levantadas en el continente americano, como plasmación de los conceptos del urbanismo regular de los tiempos en que ocurre “la aventura americana”. La Plaza Mayor en el Nuevo Mundo ha sido entendida tradicionalmente como el resultado de la puesta en práctica de dichos planteamientos basados en el trazados en damero, en unas ciudades que por ser de nueva planta, no presentaban condicionantes previos a la hora de distribuir y organizar los espacios, circunstancia inevitable en las ciudades de la España peninsular. De otra parte, la componente simbólica de la Plaza Mayor en estas latitudes es omnipresente, reuniendo siempre en sus fachadas el orden social establecido, encarnado en edificios representativos de la Iglesia católica, la Corona española, la empresa de la conquista y las instituciones económicas y comerciales. Al respecto, como ejemplo, recordemos lo escrito en la llamada Relación de Mérida, cando se dice que esta ciudad del Yucatán: “Tiene dos plazas, en la mayor, a la parte de oriente está fundada la catedral, y a la parte del norte están las casas reales donde viven los gobernadores, y a la del sur están las casas de don Francisco de Montejo, el Capitán General, y al poniente está un cerro de piedras muy grande donde antiguamente había un oráculo donde los indios sacrificaban…” La cita nos introduce una nueva premisa, en la que han incidido numerosos urbanistas iberoamericanos, que se refiere a la influencia de las preexistencias indígenas de los tiempos prehispánicos, como los casos de los centros ceremoniales que se encontraron los conquistadores en grandes ciudades -como México, Cuzco o Mérida- luego convertidos en Plazas Mayores (en el propio solar o lindero a él), muy a menudo emplazados en primitivos cruces de caminos de las civilizaciones azteca, inca o maya. Sin embargo, no olvidemos que otras muchas ciudades fueron fundadas ex novo con planes de traza regular. Entre otras, Santo Domingo se crea en 1496; poco después, en las primeras décadas del siglo XVI, se fundan La Habana, Guatemala, Panamá, etc. En los casos de ciudades de nueva planta se sigue con fidelidad la Ordenanza dictada en 1523 por el emperador Carlos V que establece que: "Cuando hagan la planta del lugar, repártanlo por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor, y sacando desde ella calles a las puertas y caminos principales, y dexando tanto compás abierto que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma". El planteamiento no puede ser más sencillo y eficaz: las trazas se basan en la racionalidad y el pragmatismo, pero, a diferencia de las peninsulares, con la Plaza Mayor como centro absoluto de la ciudad, confiriéndole el ya citado carácter simbólico del poder y la representación institucional, con monumentales edificios tanto religiosos como civiles, encabezados por la catedral y el palacio de gobierno (del Virrey o del Gobernador). Gran incidencia tendrán posteriormente las Leyes de los Reynos de las Indias, promulgadas en 1573, normativa señera entre las primeras leyes generales de ordenación urbana. En ellas, una de las manzanas centrales queda libre de edificación y convertida en Plaza Mayor, convirtiéndose en el elemento estructural básico y generador de la nueva ciudad. Es el centro geométrico, vital y simbólico, lugar de encuentro de todas las funciones sociales, oficiales o de diversión y esparcimiento. La Ordenanza 114 dice: "De la plaza salgan cuatro calles principales: una por medio de cada costado y dos calles por cada esquina de la plaza. Las esquinas de la plaza miran a los cuatro vientos principales, porque de esta manera saliendo las calles de la plaza no estarán expuestas a los cuatro viento principales que sería de mucho inconveniente" El zócalo de la Ciudad de México plasma, como ningún otro elemento de su pasado, la historia del país. Emplazado junto a lo que fuera en su día el Centro ceremonial prehispánico, es el primer espacio donde se asientan los “mexicas” cuando fundan la gran Tenochtitlan, ciudad que asombra a los primeros españoles que la conocen en noviembre de 1519. El propio Hernán Cortés queda admirado de tan colosal ciudad y escribe al Emperador Carlos, en octubre de 1520, en los siguientes términos: “Tiene esta ciudad muchas plazas donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos géneros de mercadurías que en estas tierras se hallan”. Bernal Díaz del Castillo, testigo presencial y cronista ilustre de esta epopeya, describe la grandiosidad del gran espacio de mercado mexicano en el capítulo XCII de su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España. Lo titula “Como nuestro capitán salió a ver la ciudad de México y el Tatelulco, que es la Plaza Mayor” y dice literalmente: “Nos dijo Cortés que sería bien ir a la plaza mayor… y desque llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había… puesto por su concierto de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí; ansí estaban en esta gran plaza” A partir de la presencia española, el zócalo de la ciudad de México se enmarca por los edificios simbólicos de los diferentes poderes: la imponente Catedral, el Palacio Nacional -conjunto de casonas de los tiempos del Virreinato-, los edificios del Gobierno del Distrito y el denominado “Portal de mercaderes”. El trazado de la ciudad de Morelia –la Valladolid del Nuevo Mundo hasta 1828-, se debe a Juan Ponce, quien bajo las órdenes del Virrey Antonio de Mendoza diseñó, en 1543, una organización de manzanas y solares a partir de una amplia plaza con gran proyección espacial, que conocerá un gran desarrollo cuando se convierta en capital de Michoacán en 1580. Su Catedral, emplazada hacia el oriente, queda enmarcada por dos plazas: la de Armas y la antigua de San Juan de Dios. La primera, también llamada de los Mártires (de la Independencia) está formada por hermosos edificios coloniales: la Casa de Juan de Dios Gómez; el Palacio de Justicia -antigua Casa Consistorial- y otras construcciones que, aunque presentan sus fachadas modificadas, conservan en su interior las formas arquitectónicas originales. En el siglo XIX esta plaza, tras diversas remodelaciones, quedó configurada en la forma que hoy vemos. La Plaza Grande o de la Independencia, en Quito, tiene planta cuadrada y unas dimensiones de cien varas por lado. En sus costados se levantan, como en otras ocasiones: el Ayuntamiento al este, que es de traza moderna; el Arzobispado en el flanco norte, cuyo primer edificio se levantó cuando Quito se convierte en sede episcopal en 1545; el Palacio de Gobierno o “de Carondelet” hacia occidente, así nombrado en honor al Barón de este nombre, que fue quien remodeló el antiguo edificio, sede de la Audiencia (antes palacio del secretario Diego Suárez de Figueroa); y al sur la Catedral, consagrada en 1572 y concluida en 1806, que preside el espacio desde el lado meridional. Por su parte, también en la capital de Ecuador, la monumental plaza de San Francisco se enclava en el antiguo espacio ceremonial indígena de planta trapezoidal; en ella, el convento que la da nombre tiene tres iglesias tituladas de San Francisco, San Buenaventura y de Cantuña, seis claustros y hasta trece patios; todo este conjunto edificado ocupa dos manzanas de la trama ortogonal de la ciudad. En La Habana, la Plaza de Armas es la más antigua de la ciudad y en ella se alzan importantes edificios monumentales que la imprimen un carácter muy particular. En ella se levantó la sede del representante del Rey de España en la isla, cuyo sucesor, el Palacio barroco de los Capitanes Generales, se edificó en 1776 por orden del Marques de la Torre. En su parte septentrional está el llamado palacio del Segundo Cabo, construido entre 1772 y 1776, y, hacia el noreste, el Castillo de la Real Fuerza, primer bastión fortificado de la isla que se empezó a construir en 1558. Un templete construido en 1827 recuerda de la fundación de la ciudad y la primera misa celebrada en ella en 1519. II. La Plaza Mayor española: Cuatro eslabones para un modelo Vistos los principales antecedentes de la plaza como un espacio histórico en constante evolución, y algunas de sus diferentes versiones hasta los tiempos modernos, nos ocuparemos ahora de la Plaza Mayor entendida como una de las más genuinas creaciones urbanísticas españolas, convertida en el escenario de la vida cotidiana y extraordinaria de la ciudad en que se encuentran, con sus personajes característicos y sus vivencias particulares. Aún a sabiendas de la dificultad de establecer unos pasos precisos en la trayectoria histórica de un espacio tan complejo, en el que inciden factores diversos tanto en su concepción como en su proceso de construcción y, en consecuencia, en su resultado final, hemos elegido cuatro plazas españolas que entendemos como “eslabones en el tiempo” para entender un desarrollo que conoce la influencia de las sucesivas corrientes estéticas de la arquitectura y la ordenación urbana de cada momento, llegando a fraguar en un modelo con una gran proyección en la historia del urbanismo. Nos referiremos a continuación a la ferial Plaza Mayor de Medina del Campo, objeto de muy tempranas disposiciones urbanas que modelan un inmenso espacio de comercio de ámbito internacional; la de Valladolid, auténtico punto de partida de esta tipología urbanística, a partir de la reconstrucción llevada a cabo tras el pavoroso incendio de 1561, bajo la mirada atenta del propio Felipe II; la de Madrid, plaza de la Corte y escenario de innumerables acontecimientos festivos de un imperio decadente; y la de Salamanca, además de punto culminante en la evolución de la plaza programada, modelo definitivo de la versión barroca y gran “patio urbano” de una ciudad. Nos detendremos, no tanto en sus características urbanísticas –aunque sí anotaremos los datos fundamentales de su configuración espacial-, sino, y esto en mayor medida, en algunos testimonios vividos en ellas que nos han parecido relevantes por reunir, en un mismo escenario -el de la propia plaza-, a “protagonistas” y acontecimientos, diarios o excepcionales, que son huellas significativas de su historia. De este modo, en un breve repaso, aludiremos a sus nombres sucesivos: Plaza Mayor, del Mercado, de la Constitución, de la Libertad, del Rey, de la República,… titulaciones determinadas a partir de las diferentes situaciones políticas y sociales, que son prueba evidente de que estos espacios preeminentes de la ciudad son algo más que un recinto urbanizado según unas normas arquitectónicas y paisajísticas establecidas y reconocibles. Comentaremos su condición de espacios vividos a lo largo de la historia en los que se pueden leer, como en un libro abierto, las huellas del pasado y del presente, reflejándose en su solar y en sus fachadas los tiempos de prosperidad y decadencia, de opulencia y de ruina. En definitiva, entraremos en espacios con vida propia a través de testimonios históricos y literarios vividos en primera persona por viajeros ilustres, cronistas y gacetilleros que nos hablarán de mercados con feriantes y vendedores, autos de fe con jueces supremos y reos condenados, torneos y corridas de toros con maestrantes y lidiadores, escenas cotidianas con caballeros y señoras, rufianes y pícaros; en definitiva, los más genuinos “protagonistas de la plaza”, desde sus inquilinos y transeúntes habituales, hasta los actores fugaces de los grandes acontecimientos. Medina del Campo. La gran plaza ferial y mercantil La Plaza Mayor de Medina del Campo no tiene la monumentalidad ni la regularidad de las grandes plazas mayores que están en la retina de todos. Y no las tiene porque su génesis y su desarrollo urbanístico, además de ser muy temprano el tiempo, está ligado a los primeros procesos de regularización de los espacios abiertos, al menos en España. En esta particularidad hay que buscar su enorme importancia en la historia del urbanismo. Sus primeros antecedentes hay que buscarlos en el cruce de los caminos de Ávila y Salamanca que llegan a esta villa, encontrándose muy cerca del emplazamiento de la parroquia medieval de San Antolín, luego colegiata del mismo nombre. El núcleo central de la villa medieval se halla por entonces en La Mota, a la vera de su castillo. Una primera disposición ordenada del foro mercantil, en la zona llana de la margen izquierda del río, nos remonta a los inicios del siglo XV y se plasma fehacientemente en las Ordenanzas de aposentamiento de feriantes dictadas en 1421. A partir de esos momentos, las ferias medinenses conocen un desarrollo imparable que las convierte, a fines de esta centuria, en las más importantes de los reinos peninsulares y la misma altura de las que están gobernando el comercio europeo, enclavadas en ciudades como Amberes, Lyon, Florencia o Venecia. La Plaza Mayor de Medina del Campo es el magno escenario de tan celebradas reuniones mercantiles, llegando incluso, en aquellos tiempos, a ser comparada con la de San Marcos de Venecia por el viajero Pero Tafur en sus Andanças é Viaje... por diversas partes del mundo (1436-1439); dice concretamente el cordobés: “Enfrente desta puerta esta una grant plaça (se refiere a la de San Marcos), mayor que la de Medina del Campo, toda enladrillada, é entorno todas las casas encaramadas e emportaladas" Entre los últimas décadas del siglo XV y, especialmente, tras el terrible incendio de las Comunidades, en 1520, las disposiciones urbanísticas que se dictan para su salvaguarda, en principio pensadas para el atajo de las llamas, traen consigo una regulación urbanística de la que a la postre resultará la formación de un conjunto construido homogéneo con volúmenes uniformes, guarnecido por muros “cortafuegos” –a la manera que hoy podemos contemplar en la plaza lisboeta del Rossío-. Esto nos lleva a la consideración de este espacio singular como un antecedente incontestable de las ordenaciones urbanas mucho más precisas que poco después van a ensayarse en la reforma del centro de Valladolid tras el incendio terrible de 1561. De aquí que consideremos esta plaza como, sino el único, sí el principal de los eslabones de los inicios de esta nueva tipología urbana: la Plaza Mayor, entendida ésta como espacio rectangular cerrado, diseñado bajo una ordenación regular de los cuerpos que la limitan y con vocación de espacio escénico de la villa cotidiana y extraordinaria de la villa. Un pliego suelto que debió de circular allá por el segundo cuarto del siglo XVI, recogía la llegada a las ferias de Medina de un rufián y dos “protegidas”, procedentes de tierras palentinas por el antiguo camino de Valladolid. Llegados a la villa, cruzan sus murallas y el puente del Zapardiel y entran en la Plaza Mayor por la Rúa Nueva; en este punto se encuentran con un escenario mercantil perfectamente acotado según las ocupaciones de los feriantes. La descripción no puede ser más explícita: ……………………… “Luego en continente pasareys la puente, y a un passo de grua tomareys la rua; pero en esta calle no es razon que calle que ay muchos exercicios de dos mil officios. Vereys los Traperos, Sastres, Calceteros y los Tondidores, y los Corredores, arcas de Escrivanos no se da a manos, y vereys los Cambios, Cambios y recambios, y el Rollo y alverca, la noria con cerca. Es grande alegría ver la Joyeria, con la Especieria, y la Merceria y la Libreria, con la Lenceria, la tienda gentil que es del Alguacil y el Relox armado de Sant Antolin”. Precisamente la fachada de la Colegiata de San Antolín, edificio que preside la plaza, además contar con el aludido “relox” -por entonces “armado” por dos figuras humanas provistas de mazas, con claras resonancias venecianas-, se alza un elemento arquitectónico del mayor interés: la capilla exterior dedicada a Ntra. Señora del Pópulo (oficialmente de la Inmaculada Concepción), concluida en 1523, cuya singularidad estriba en ser el más antiguo antecedente, aún en pie, de las capillas abiertas tan difundidas en las iglesias y catedrales de Hispanoamérica. Se construyó a instancias del abad Alonso García del Rincón para de servir de altar para las misas dadas a los mercaderes en tiempos de feria. En las disposiciones fundacionales dictadas en 1516 para su fundación se recoge expresamente esta función cuando se establece: “el otro altar segundo se haga en lo alto de dicha capilla, metido en la pared de la mano izquierda, en la parte de fuera hacia la plaza... que por razón que en dos ferias del año que se hacen ante dicha capilla en la plaza, concurren muchas gentes de diversas partes y Reinos, y a causa de la mucha contratación que tienen, por no dejar sus tiendas y mercaderías, comunmente no van ni pueden ir a oir Misa a las iglesias...mandamos que en el otro altar alto que estará en la dicha nuestra capilla hacia la plaza uno de nuestros capellanes y semaneros digan la Misa...de manera que puedan ver y adorar el Santísimo Sacramento de nuestro Salvador Jesucristo desde la dicha plaza y desde las dichas tiendas de ella”. Estas capillas abiertas para oficiar “misas de mercaderes” está documentadas también en la Plaza Mayor vallisoletana, en una balconada de la fachada del desaparecido convento de San Francisco y, asimismo, en la Plaza de Zocodover de Toledo, justo encima del reconstruido Arco de la Sangre. El tipo tendrá una especial proyección en las catedrales y templos coloniales del Nuevo Mundo, en los que raramente no se abrirá hacia la plaza una capilla similar –allí llamada “de indios”-, para el oficio de misas con grandes concentraciones humanas. En el caso de Medina, dice la tradición que las operaciones mercantiles efectuadas antes de la celebración eucarística no tenían validez jurídica; sin haberse podido probar documentalmente esta consideración, lo cierto es que la frase común “esto va a misa”, pudiera ser quizá un eco lejano de esta práctica consuetudinaria. Lo cierto es que en todo momento, desde los finales de aquella centuria hasta la actualidad, la enorme extensión de la plaza medinense llama la atención de cuantos pasan por ella. El holandés Enrique Cock queda admirado de sus dimensiones y así lo refleja en La Jornada de Tarazona (1592): “Medina del Campo, villa famosa por los mercaderes y tratantes… tiene una plaza grandísima, y en un lado de ella está la iglesia mayor, con advocación de San Antolín, donde hay un abad…”. Siglos después, George Borrow –“Jorgito el Inglés” para los españoles- en su célebre obra La Biblia en España (1842) llama a Medina “la ciudad de la llanura” y dice de su Plaza Mayor: “la plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos”. Por último, en 1861, José María Quadrado incide de nuevo en las enormes proporciones del recinto cuando escribe en sus Recuerdos y Bellezas de España: “La extensión de su plaza asombraría en cualquier capital; y los soportales que en parte la ciñen y los de la calle de la Rúa recuerdan las numerosas tiendas y almacenes, los multiplicados oficios, la mercantil animación que hervía allí como en su centro” La llamada acera de la Especiería o del Peso tuvo un recinto reservado al asiento de los banqueros y cambistas que estaba protegido por cadenas engarzadas a columnas de granito o “rollos feriales”; a través de los siglos, éstos fueron objeto de diferentes interpretaciones. A fines del siglo XIX, León de Rosny escribía en su obra Recuerdos de un viaje por España y Portugal (1894) una desorientada interpretación de la función de dichas columnas, que ya entonces había pasado a formar parte de la mentalidad colectiva de los medinenses; decía el escritor francés que quería haber visto en la plaza: "la famosa columna a la que ataban, como castigo, a los comerciantes que faltaban al fin de la feria a los compromisos que habían contraído desde el comienzo. Esa columna se llama ‘Banca rota’, y de ahí ha venido la palabra 'bancarrota'… pretenden que ha sido ahí donde aparecieron las primeras letras de cambio". En todo caso, de lo que no cabe duda es que, durante los días de feria y mercado de aquellos años, la Plaza Mayor de Medina ofrecía una gran vitalidad que rememoraba, aunque fuera pálidamente, aquellas otras ferias que convirtieron a Medina en el centro más importante de contratación de su época: carretas llenas de canastos de grano, hortalizas y frutas cobijadas en serones, largas hileras de piezas cerámicas de todos los tamaños y hechuras,… incluso los más variados productos colgados de cuerdas entre los pies derechos de los soportales, como recuerda una curiosísima gacetilla publicada en el semanario local El Medinense, en junio de 1889, que recogía un sucedido de ciertos aires "lazarillos": “Quienes serán los que… cuelgan los utensilios de su comercio estorbando el paso á los transeúntes, y dando ocasión á incidentes como el ocurrido días atrás a un pobre ciego, á quién guiaba un niño, quien haciéndole inadvertidamente pasar por debajo de uno de esos colgajos logró se encasquetara el infeliz ciego un bozal, del que no acertó a desenredarse en un gran rato, siendo ocasión de risa para los espectadores". Otra noticia del mayor interés que nos habla de los bailes y danzas interpretados en la plaza los días de fiesta popular, es la que recoge el político y escritor portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins en sus Cartas Peninsulares. A su paso por la villa el domingo de “feria chica” de San Antonio de 1893, se encuentra con la siguiente escena llena de sabores costumbristas: "Era un domingo el día que pasé por Medina y fiesta de San Antonio. En la Plaza Mayor... invariablemente rodeada por arcadas en donde se ven los mejores comercios de la localidad, apiñábase en ese día una multitud pintoresca y alegre. Tenían armado un coro en donde tocaba una filarmónica, mas en los diferentes bailes populares danzaban al son de los tamborileros, batiendo con la mano derecho el bombo y con la izquierda tocaban la gaita de fole. Esta orquesta ambulante era el centro de todas las chicas y chicos que danzaban "las habas verdes" y "el fandango" al precio de una perra chica por pareja al tamborilero. Por otro lado se veían mujeres tocando el pandero y marcando el zapateado de la "charrada o tarada" e indígenas de Sayago y Carbajales. Las de la pandereta danzaban también levantando los brazos en alto sonando las castañuelas, avanzando y marcando para que las parejas se junten y se separen, rematando la danza con fuertes palmadas y gritos estridentes...". Señalemos por último que la celebración en la Plaza Mayor de todos los actos y solemnidades públicas es la razón por la que haya regido, incluso hasta la actualidad, el denominado “derecho de vistas” o “derecho de balconaje”, por el cual, en las compraventas de las casas de la plaza, se especifica aparte la titularidad de los balcones durante el tiempo en que se celebran actos públicos en ella, pudiendo el titular que vende la propiedad reservarse el derecho de paso desde la calle hasta los balcones. Este caso, muy habitual en los tiempos antiguos, también lo conocemos aún vigente en otras plazas de este tenor, como en la Plaza del Coso de Peñafiel, escenario de festejos taurinos desde los primeros momentos de su formación, y asimismo lugar donde se representa una pieza dramática de carácter religioso tradicional –“la Bajada del Ángel”- cada Domingo de Resurrección. Valladolid. Autos y toros en la “primera Plaza Mayor” Al igual que ocurrió en Medina del Campo en agosto de 1520, la entonces villa vallisoletana sufre, el 21 de septiembre de 1561, un pavoroso incendio que arrasa completamente la zona central, presidida por su activa plaza del mercado, heredera de un antiguo espacio medieval extramuros situado junto al denominado “postigo del Trigo”. Ante tamaño desastre, se le encarga a Francisco de Salamanca una traza general de edificación de toda la zona devastada, en la que se quieren introducir las nuevas normas de ordenación urbana, teniendo presente las intervenciones de fundación de nuevas ciudades que se llevaban a cabo en esos tiempos. Tras varias modificaciones del proyecto, la reforma se traza "a cordel" y no altera radicalmente la disposición anterior del viario, ya que respeta la trama urbana básica preexistente, pero sí se consigue mayor anchura de las calles y una normalización de los alzados de las viviendas en un ejercicio de diseño realmente magistral. La plaza no se cierra en su totalidad ya que las bocacalles permanecen abiertas, esto es, sin arcos monumentales de entrada como ocurrirá en los modelos posteriores más depurados. Los elementos clasicistas y los tratados de Serlio o Vitrubio son una referencia constante y, así, las estructuras asoportaladas se construyen con pórticos formados por columnas de orden toscano con capiteles zapatas, según el modelo dado en el Tratado de Cesariano de 1521. Estamos, por tanto, ante un hito fundamental en la historia del urbanismo español, considerándose como la primera plasmación del nuevo modelo de Plaza Mayor con disposición regular y planteamiento unitario de fachadas, soportales, alturas, vanos y demás elementos compositivos. Las descripciones que nos ofrecen de ella los cronistas y escritores contemporáneos a la obra, coinciden en admirar la monumentalidad que se ha conseguido a partir de la regularidad y limpieza de su trazado. Quizá una de las primeras referencias de la nueva plaza sea la que publica Gonzalo de Ilescas en su Historia Pontifical y Católica (1569); dice sobre ella: “Hase tornado a reedificar lo quemado, con tanta hermosura y curiosidad, que apenas ay en España, ni fuera della, calles más vistosas que las que se quemaron, de las quales resulta una hermosísima plaça que no estaba acabada cuando esto se escribía…”. Décadas después el recuerdo del incendio sigue presente. La magnitud de las llamas y sus efectos son la base de descripciones generales, como la de Diego Pérez de Messa, quien en su obra Segundo Libro de las Grandezas de España (1595), dice concretamente: "El año de mil y quinientos y sesenta y uno, noche de San Mateo, se prendió fuego en esta plaza mayor con tanta furia y braveza que con mucha diligencia y trabajo que ponía todo el pueblo no se pudo matar, ardiendo la villa por aquella parte algunos días y quemándose muchas haciendas. Fue abrasada toda la plaza con más de seiscientas casas, y verdaderamente se pensó que ardiera sin remedio toda la villa. Después de muerto el fuego parecía cosa irreparable el gran daño y estrago que hizo... Pero volvióse a renovar y reedificar lo abrasado y arruinado con tanta ventaja de lo que antes era, y con gran excelencia y grandeza de los edificios...". En los primeros años del siglo XVII, el trágico suceso es visto, en cierta forma, como bien venido y “purificador”; se desprende esto de pasajes similares al escrito por el portugués Tomé Pinheiro da Veiga en su obra Fastiginia o Fastos geniales, publicada en 160¬5; de ella extraemos esta significativa frase: "Sirvió más bien el incendio para ennoblecerla (a Valladolid), puesto que fue reedificada por una misma traza, labrándose la Plaza y el Ochavo y la Platería y las demás calles con columnas de un mismo orden arquitectónico, con la misma proporción y simetría en ventanas y balcones, que es una de las mejores cosas que tiene". En este mismo sentido, se suceden los testimonios de escritores viajeros sobre un espacio urbano que es ya el orgullo de la ciudad. Una de los más interesantes quizá sea la de Bartolomé Joly, consejero del rey de Francia, quien conoce la Plaza Mayor y sus zonas colindantes en su viaje realizado entre 1603 y 1604; en su obra Voyage en Espagne escribe: “En torno a esta Platería, pareciéndose a las nuestras de París, hay otras calles pasables, hechas en galerías sostenidas de columnas para ir a cubierto si se quiere, como en la Tonelería de París, y ese barrio es el más mercantil de Valladolid. La plaza del mercado es de las más bellas de Europa, al decir de los que han viajado; es más larga que ancha, teniendo de circuito setecientos pasos, toda con pórticos, rodeada de columnas de piedras de igual altura, como las casas construidas encima son iguales, no solamente en altura, sino en anchura y número de huecos, de los que hay trescientos treinta, en ventanas y balcones dorados, que son en cada casa tres, el uno encima del otro, iguales como una herencia de varios hermanos”. Además de su originaria función como plaza de mercado, este recinto fue el escenario, antes incluso de su transformación de 1561, de celebraciones públicas del más variado signo, desde los terribles autos de fe organizados por la implacable Santa Inquisición, hasta las memorables corridas de toros, festejos ineludibles en toda festividad por pequeña que esta fuera. Respecto a los primeros, como es bien sabido, en la antigua plaza vallisoletana se celebraron, los días 21 de mayo y 8 de octubre de 1559, dos de los más terribles autos de fe de los que se tiene recuerdo; en ellos los encausados eran personajes del más alto rango social, cuyas ideas luteranas les habían llevado a la persecución del Santo Oficio y al escarnio público por parte de un pueblo fascinado por los actos de afirmación de la ortodoxia católica. Prácticamente la totalidad de los escritores que recorren esta plaza y recogen sus impresiones en libros de viajes, hacen referencia con mayor o menor detalle a estas crueles ceremonias religiosas, incluso pasados varios siglos. Así, el Barón de Davillier, en Voyage en Espagne (1862), libro donde relata su periplo viajero realizado junto con Gustavo Doré, el célebre dibujante e ilustrador, recuerda tan terrible espectáculo con las siguientes palabras: “La Plaza Mayor era antiguamente el lugar de los espectáculos, de las fiestas, de las corridas de toros y de las ejecuciones. El auto de fe que se hizo en ella el 7 de octubre de 1559 (sic) es uno de los más terribles que pueda recordarse. Debía tener lugar por el mes de mayo, pero se aplazó, porque Felipe II, que estaba en los Países Bajos, quiso asistir a él. La función había atraído a una gran multitud…” Por su parte la Condesa de Gasparín, en su Paseo por España, Relación de un viaje… (1875), escribe con cierta ironía: “El sol alegra hoy esta plaza, en la que parece que debieran descubrirse manchas de sangre… los mercaderes, que toman el fresco á la puerta de sus tiendas, se dan los buenos días, frotándose las manos; y toda especie de ciudadanos pacíficos, biznietos de los que miraban arder aquel montón de humanos seres, pasan talareando (sic) y fumando su cigarrillo” Años después, ya iniciado el siglo XX, el escritor belga Eugène Demolder llegaba más lejos al decir, en su España en auto (1906) que “Valladolid es la ciudad de los autos de fe“. Tras referirse a la presencia del monarca con su Corte y la de los dominicos, que califica como “bondadosos frailes, preparadores de estos sacrificios”, recuerda con crudeza cómo: “El espectáculo comenzaba. Los verdugos estrangulaban aquellas víctimas que se habían arrepentido. ¡Angélica gracia! Después las encendidas hogueras lo quemaban todo: vivos, estrangulados, esqueletos en sus cajas fúnebres, y a los contumaces en efigie. La humareda de las carnes chisporreantes se mezclaba con la de los cirios, los gritos de horror de los hombres y de las mujeres que ardían vivos se elevaban hacia el cielo con las oraciones de las buenas cofradías. Pero ni una lágrima, ni una queja eran arrancados sea al rey implacable, sea a su augusto clero”. En claro contraste con estas sombrías ceremonias, también la Plaza Mayor lucía sus mejores galas para las fiestas de ostentación cortesana. Tomé Pinheiro da Veiga, en La Fastiginia (1605), recoge un sinfín de descripciones de este tipo de festejos, que conoce de primera mano durante su estancia en la capital del Pisuerga entre abril y julio de aquel año. Recuérdese que por entonces Valladolid es la capital del reino y en su Plaza Mayor se celebran numerosas fiestas con cabalgatas, torneos, juegos de cañas, etc. En este caso, con motivo del nacimiento del príncipe, futuro Felipe IV, se organizan en la plaza grandes solemnidades en los que sus protagonistas son los personajes de la más rancia aristocracia; las siguientes líneas nos ofrecen una imagen muy aproximada del bullicio que rodeaba a estos fastos: “Por la noche se empezaron a poner luminarias en todas las ventanas,… y tan abundantes, que estaba la noche tan clara y más alegre y hermosa que el día… estando todo tan claro que conocíamos y hablábamos a las personas que estaban en las últimas ventanas, y como si fuera de día… Más la fiesta principal fue comenzar a ver todos los coches de las damas de la corte descubiertos, ellas vestidas todas riquísimamente; y en pos de ellas todos los galanes, y también los viejos en traje de noche, con vestidos de colores cuajados de oro, y sombreros grandes con plumas, trencillas, medallas, y cada dos montados en mulos o jacas, porque para mayor fiesta o broma, iban de dos en dos (salen de esta suerte); y otros muchos, marqueses y condes, a pie, disfrazados, de suerte que todo el mundo los conoce” No obstante, las fiestas que perduran en el tiempo con mayor arraigo por parte de la población son las corridas de toros. De pocos años después de la remodelación de la plaza, sabemos de una fiesta taurina que causa una gran expectación. Damasio de Frías en su Diálogo de alabanza a Valladolid (1582), recuerda con estas palabras una concurrida fiesta taurina celebrada el 24 de agosto de aquel año: ”(la plaza)... es tal y tan hermosa que jamás se vio teatro cual ella. Pareciéraos bien ella lo que digo si la viérades este día de San Bartolomé que pasó, donde a fama de los toros y del juego de cañas que había, concurrieron de todos estos alderredores, y es cierto que hubo gentes de Burgos, de Ávila, de Segovia, de Salamanca, donde sola ella con tantas ventanas, tan llenas de damas, de señoras principales, de mujeres hermosas, de caballeros y señores de título... y después de esto la multitud que estaba en la Plaza sin la que estaba en tablados, era tanta, y daba toda esta gente tanto que ver, que todos estaban admirados como de cosa nunca vista...". Entre otras muchas descripciones posteriores, anotamos ahora por su singularidad la relatada por el Barón de Bourgoing en su Nouveau Voyage en Espagne (1788). En ella se refiere a la Plaza Mayor como escenario del acontecimiento y al célebre diestro sevillano José Delgado Guerra “Pepe Hillo” como gran protagonista: “Cuenta Valladolid con otra plaza mucho más regular, con tres pisos de balcones, y en los que se asegura pueden acomodarse ochenta mil personas. Aprecié su capacidad en mi primer viaje por España (lo hizo en 1777), llegado a Valladolid precisamente con ocasión de celebrarse una corrida de toros, lo cual ocurre allí solamente cada tres años… Fue de Madrid el famoso torero Pepe Hillo, al que luego he visto torear tantas veces. Brindó al embajador, en cuya compañía me encontraba, varios de los toros que mató, y cada uno de estos tributos sangrientos –que es costumbre ofrecer a las personalidades destacadas- daba ocasión a que del palco del corregidor en que nosotros estábamos se arrojasen algunas monedas de oro al escenario de las hazañas de Pepe Hillo… Al terminar la fiesta, el palco del corregidor quedó transformado en un ‘refresco’. Se pasaban rondas de vasos de agua helada, chocolate, dulces de todas clases y colores” Para concluir con estas líneas dedicadas a las diferentes celebraciones ocurridas en la plaza vallisoletana, recordaremos, en contrapartida, una escena de la vida cotidiana que se desarrolla en sus soportales. En ella queda de manifiesto el interés de los viajeros por la lengua española y su entonación clara y precisa, propia de esta ciudad. Se la debemos al florentino Edmondo de Amicis que recorre España durante el efímero reinado de Amadeo de Saboya; en su obra La Spagna, impresa en 1873, tras describir la Plaza Mayor, sus soportales, columnas y balcones, recoge el siguiente episodio: “Era día de mercado. Bajo los pórticos y por la plaza circulaba una muchedumbre de campesinos, hortelanos y mercaderes; y como en Valladolid se habla el castellano con admirable propiedad de forma y acento, híceme el tonto mirando los cestos de ensalada y los montones de naranjas, con el objeto de coger al vuelo la forma y el acento de tan hermoso idioma. Recuerdo, entre otros, un precioso proverbio que una mujer irritada dedicaba a un joven fanfarrón: -¿Sabe usted, -le dijo mirándole a la cara- qué es lo que destruye al hombre? Tres muchos y tres pocos: mucho hablar y poco saber; mucho gastar y poco tener; mucho presumir y nada valer. Y me pareció percibir una notable diferencia entre el acento de aquella gente y el de los catalanes; más limpio y argentino aquí, con gestos más suaves y la expresión más viva… En la plaza de Valladolid noté por primera vez, que desde que entré en España no había visto fumar en pipa” Madrid. El escenario de la Corte Como otras muchas plazas originariamente de mercado, fue primero un espacio abierto extramuros situado cerca de la Puerta de Guadalajara junto al arrabal de Santa Cruz y la Cava Baja. Sus primeras referencias precisas se remontan al reinado de Juan II y hablan de una plaza porticada dedicada a mercado, de planta irregular y con considerables desniveles en su solar. Sus primeros intentos de reformas parciales datan de la última década del siglo XV y sus primeras menciones documentales como “plaça Mayor” son de la primera mitad de la siguiente centuria (así se la nombra en varias Relaciones de fiestas de toros y cañas anónimas de ese momento celebradas en ella). Su primer proyecto de regularización no llega hasta los tiempos de Felipe II, monarca que encarga una remodelación integral a Juan de Herrera que no llegará a realizarse, aunque constan gastos de derribos y expropiaciones de viviendas. La primera gran obra es, sin duda, la construcción de la Real Casa de la Panadería a partir del año 1590, obra de Diego Sillero dedicada, como su propio nombre indica, a tahona general de la villa y más adelante a peso real. De las siguientes décadas se conocen sustituciones de rollizos de madera y pies derechos, por pilares de granito, y de igual manera, se sabe de la erección de nuevas fachadas que se construyen desde entonces en piedra y con una traza similar. Sin embargo, la Plaza Mayor entendida como el conjunto unitario que llega a nuestros días es la encargada por Felipe III a Juan Gómez de Mora, “Maestro Mayor de las Obras de Su Majestad”, quien dirigirá las obras entre 1617 y 1619 respetando la citada Casa de la Panadería. La planta es un gran rectángulo de proporciones áureas con pórticos graníticos adintelados, sostenidos por gruesos pilares de sección cuadrada. Tres órdenes de balcones se abren hacia la plaza, los dos primeros de balconadas corridas y el superior compuesto por balcones individuales. La plaza que actualmente contemplamos conoció importantes intervenciones, especialmente tres, propiciadas por otros tantos incendios: el primero, en 1631, que afectó a las Casas de la Carnicería y el tramo hacia el arco de Toledo; el siguiente en 1672, que arrasó las de la Panadería encargándose de su reconstrucción José Ximénez Donoso; el último y más terrible de todos fue el declarado en 1790, en el que fue pasto de las llamas una buena parte de la plaza, ocupándose de su reedificación Juan de Villanueva. La intervención de este célebre arquitecto neoclásico no se limita a la mera reconstrucción de lo arrasado sino que cierra las calles que confluían a la plaza, entrado éstas ahora por grandes arcos. A partir de entonces, la Plaza Mayor madrileña ofrece una unidad compositiva de fachadas continuas, más acorde con los gustos neoclásicos del momento que con la concepción original del proyecto. En todas las épocas de su existencia, la “Plaza Mayor del Reino” ha sido el escenario principal de las mayores solemnidades conmemorativas con motivo de beatificaciones, canonizaciones, nacimientos de príncipes, bodas regias, etc. celebrándose en ella grandes desfiles procesionales, corridas de toros, juegos de cañas, torneos, sortijas, mascaradas carnavaleras, representaciones escénicas,… y también autos de fe, ejecuciones civiles y otros terribles actos públicos de castigo. Los centenares, incluso millares, de pliegos de “Relaciones” que narran ceremonias y acontecimientos celebrados en esta plaza, son testimonio –a veces grandilocuente- de su continua dedicación como “patio urbano” de la Villa y Corte. Entre otras grandes solemnidades que han pasado a la historia por su magnificencia y lucimiento, destacan las fiestas de beatificación de San Isidro Labrador, celebradas durante nueve días, desde el 15 de mayo de 1620, o los festejos de canonización de cuatro grandes santos españoles: Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y el propio San Isidro, celebrados a partir del domingo 19 de junio de 1622. Una de las Relaciones anónimas que se imprimieron poco después de los eventos para el conocimiento general es la atribuida a Manuel Ponce; en ella se detallan prolijamente los altares levantados, las danzas simbólicas, personajes dramáticos e “invenciones portátiles” que participaron en la procesión solemne, las colgaduras, tapices y ornamentaciones dispuestas en el recorrido, etc. Un fragmento de esta ampulosa y altisonante narración nos acerca a esta destacada celebración: “En la plaça Mayor, a la esquina de la calle nueua, que sale a la puerta de Guadalajara, hizieron su altar los padres de la orden de Santo Domingo, tan admirable, rico y suntuoso, que no solo excedió a los demás, sino a los que se han visto hasta oy; ygualava a los primeros terrados de las casas, que son de setenta pies geométricos de altura, su forma era tan extraordinaria, y de tanto artificio, que sin dibuxo della, no puede expliacarse…”. Naturalmente, desde el traslado de la Corte a Madrid, su gran plaza se convierte en el escenario de los principales acontecimientos públicos del reino. El Barón de Davillier, en su ya citado libro Voyage en Espagne (1862), hace alusión a este comentario cuando dice: “En el siglo XVII, sobre todo, era el teatro de las grandes fiestas de la Corte, como los Autos de Fe de la Inquisición, las corridas de toros, los carruseles, los torneos, además de las iluminaciones y fuegos artificiales,… Las fiestas reales se daban en las grandes circunstancias, como en la coronación de los reyes, en su mayoría de edad o también con ocasión de sus bodas o de las de algún miembro de la familia real. Pero ninguna de estas fiestas celebradas con tanto esplendor, atraía tanta concurrencia como los Autos de Fe. Estas solemnidades del Santo Oficio eran de dos clases. Los autos particulares de fe, que tenían lugar todos los años en épocas regulares, y los autos generales de fe que sólo se celebraban con ocasión de grandes acontecimientos…”. A estos últimos, los de carácter general, debió corresponder uno al que hace referencia el diplomático francés Jean François Peyron, quien estuvo en España en la década de los ochenta del siglo XVIII; en sus Ensayos sobre España (1780), recoge un pasaje dedicado al auto de fe celebrado el 30 de junio de 1680 bajo la presidencia de Carlos II; tras aludir a las proclamaciones públicas hechas en diferentes lugares, se detiene en la forma de construir en la plaza el oportuno tablado para el oficio de la ceremonia; los detalles que recoge –siguiendo una relación del tipo de las antes citadas- son buena prueba del fanatismo religioso que imperaba en la sociedad de entonces: “Trazaron pronto sobre la Plaza Mayor de Madrid el plano del teatro. El celo de los obreros fue tan grande, que… parecía que Dios mismo espoleaba el ardor de los carpinteros, y les daba la fuerza de resistir a los calores terribles que había entonces… Oíaseles, para excitarse a la faena, exclamar entre ellos: ¡Viva la fe de Jesucristo! ¡Si falta madera, haremos derribar nuestras casas, y encontrar materiales para un empleo tan sagrado!” Del mismo modo, la Condesa de Gasparín en su Paseo por España. Relación de un viaje… (1875), al referirse a la Plaza Mayor de Madrid, no se resiste a incluir un pasaje dedicado a estos autos; rememorando lo que allí la cuentan, escribe sin tapujos: “En el centro del cuadro que forman sus casas con balcones de hierro, delante del campanario que domina la iglesia de Santa Cruz, encendiéronse las hogueras del Santo Oficio, y fueron hechos pavesas los herejes,… Las víctimas, con grillos y mordazas, disfrazadas con un traje espantoso y ridículo, marchaban en medio de toda la pompa eclesiástica; iban delante los monaguillos, seguíanles los prelados, y la fuerza pública apoyaba á la iglesia… eran atadas las víctimas á los postes, la resina chisporroteaba, la madera crujía, llenábase la plaza de humo,… Ya veis que la sangre, que da su color á los blasones españoles, no falta en la Plaza Mayor”. Sin embargo, en los días corrientes, la actividad mercantil se desarrollaba normalmente dando sentido a su primitiva función comercial. Entre las muchas descripciones que aluden a ello, un relato anónimo de 1700 nos introduce a la disposición básica de los mercaderes: “La plaza es bastante hermosa, situada en el medio de Madrid. La llaman la Plaza Mayor… En uno de los lados está habitada por los pañeros, que tienen bellas tiendas y hermosos almacenes. El resto está ocupado por otros mercaderes de diversas especies. El interior de la plaza es donde se hace el mercado, como en las calles de París. Los hombres van allí a comprar las provisiones del hogar, porque las mujeres nos se mezcan en ello como hacen en Francia”. Otros episodios que hemos encontrado en los textos de viajeros aluden al trato de mercancías, en ocasiones relacionado con el “descubrimiento” de costumbres seculares, como le ocurre al ya citado Jean Charles Davillier con el inevitable “regateo”: “Los soportales que rodean a la plaza están ocupados por tiendas donde se venden diversos productos de la industria local como monteras, ligas adornadas con divisas, cuchillos y todos los artículos de mercería. En algunos, donde hay a la venta blondas de Almagro y encajes de Cataluña, se ha conservado en toda su pureza la antigua costumbre de encarecer extraordinariamente la mercancía, como pudimos convencernos por nosotros mismos un día que compramos mantillas por la mitad del precio que nos pedían”. Digamos, a modo de colofón, que la estatua ecuestre en bronce de Felipe III, que preside este singular espacio es obra de Juan de Bolonia y fue concluida por Pietro Tacca en 1616. La escultura no fue pensada para instalarse en este recinto, sino que fue trasladada en 1848 bajo el reinado de Isabel II; posteriormente sería retirada y vuelta a instalar según los cambios políticos de signo republicano o monárquico. Salamanca. El barroco genuino La más bella de las plazas españolas, representa la culminación del modelo de Plaza Mayor construida desde los planteamientos estéticos del Barroco. Como las anteriores, fue originariamente la plaza del Mercado de la ciudad, en este caso denominada de San Martín por su proximidad a este templo parroquial. Su regularización definitiva partirá de la iniciativa del Corregidor D. Rodrigo Caballero y Llanes quien se tomará este asunto con una dedicación digna del mayor elogio. Encargado el proyecto a Alberto Churriguera, las trazas son presentadas en agosto de 1728, iniciándose las obras en el siguiente año. Se sabe que lo primero en edificarse es el llamado Pabellón Real con su célebre Arco del Toro, hasta 1733; tras dos años en que se levanta la fachada hacia la iglesia de San Martín, las obras sufren varias demoras al plantearse la construcción de la nueva Casa Consistorial. Solucionado el litigio y replanteado el proyecto, el arquitecto García de Quiñones prosigue la obra general entre 1750 y 1751, años en que se levantan el pabellón de Petrineros y el propio Ayuntamiento. Las trazas originales de Churriguera se siguen con fidelidad y en 1755, se cierra finalmente la espectacular Plaza Mayor salmantina. La espadaña del Consistorio se levanta en 1852 según planos de Tomás Cafranca y las torres previstas en el proyecto original del conjunto quedan sin construirse. Precisamente de 1755, año en que se concluyen las obras, conocemos la descripción que hace el padre jerónimo Norberto Caimo en su obra Cartas de un vago a un amigo suyo italiano (publicada en 1764); en ella asegura que esta nueva plaza: “Es de las más bellas que haya en toda España. Está rodeada de casas soberbias, todas de igual altura, a excepción de la del corregidor; son de tres pisos, con balcones de hierro en cada piso, y por debajo pórticos muy sueltos, que forman cien arcos, bajo los que están los retratos de los reyes de España en otros tantos medallones: algunos de esos arcos son como otras tantas puertas para entrar allí, estando a igual distancia y proporcionados; en una palabra, todo el conjunto forma como el patio del palacio de un monarca. No está hecha más que desde hace poco tiempo y está destinada para la fiesta de los toros y otros espectáculos, según las circunstancias” En realidad, el centenar de arcos que dice el religioso italiano son realmente ochenta y ocho, y, además, ningún lado tiene ni igual longitud, ni el mismo número de arcos (veinte la fachada de San Martín, veintiuno la del Ayuntamiento, veintidós la Real y veinticinco la de Petrineros). Respecto a la ornamentación general de las fachadas, además de flanquear las puertas de los balcones con pilastras cajeadas y realzarlas con orejeras y placas recortadas, se destinaron las enjutas de los arcos a la representación de una serie de personajes enmarcados en medallones, como parte de un programa simbólico cuidadosamente estudiado: las efigies de santos españoles en los de la fachada del Consistorio, de los principales monarcas en los del Pabellón Real, de importantes hombres de letras y ciencias en los de la de Petrineros y de hombres de armas en los medallones del pabellón de San Martín. Los alzados fueron coronados por un antepecho corrido, a modo de galería abalaustrada, que unifica, aún más si cabe, el conjunto. A esta ornamentación hace referencia el viajero Jean François de Bourgoing, en su libro de viajes Nouveau Voyage en Espagne, publicado en París en 1788. Tras lamentar la suciedad y estrechez de las calles que se encuentra, se declara “agradablemente sorprendido al llegar a su plaza moderna, tan notable por su limpieza como por la regularidad de su arquitectura. Adórnanla tres filas de balcones que se suceden sin interrupción y noventa arcos que forman los soportales. Entre uno y otro arcos vense medallones con la efigie de los más ilustres personajes españoles… Los de la parte oriental están aún vacíos. ¿Tardarán mucho en llenarse?” De todos modos, tan grandiosa obra tuvo, en las décadas posteriores a su conclusión, opiniones favorables y contrarias; entre estas últimas figura la del académico Antonio Ponz, quien tras visitarla hacia 1780, escribió en su conocido Viaje de España: “No se puede negar que la idea fue grande… sin embargo, el todo de esta plaza, que es cuadrada, parece bien y mucho mejor a los que no se paran en finuras y propiedades del arte”. Por el contrario, el sacerdote inglés Joseph Townsend comentaba por aquellos años su Journey through Spain (1786-1787): “Una plaza semejante sería admirada incluso en Londres o en París. En una ciudad como Salamanca, donde todas las calles son estrechas, esa plaza procura una dilatación particular a los pulmones; en ella se goza de la libertad de respirar, se siente uno sorprendido de la luz que allí le hiere y sobre todo se siente encantado cuando la simetría se une a la grandeza en todos los objetos de que se ve rodeada” Cerramos estas líneas con un pasaje de la vida cotidiana en la plaza salmantina, en el que se refiere el encuentro entre el viajero George Borrow y el doctor Gartland, Director del Colegio Irlandés salmantino que se encarga de recibir al inglés en la ciudad del Tormes. En su libro La Biblia en España (1842), describe este momento recordando las murmuraciones de los curas de entonces en el escenario de la plaza: “Aunque sabía de sobra quién yo era, tendió una mano amistosa al errante misionero hereje, exponiéndose con tal conducta a los agrios reparos de los curas del país, gente de pocos alcances, que miraban de reojo cada vez que pasaba junto a los corrillos de la Plaza, donde, vestidos con sus largos manteos y tocados con la feísima teja, se reunían para murmurar. ¿Pero cuándo se ha visto que un irlandés deje de cumplir los deberes de la hospitalidad por temor a las consecuencias de su conducta?” ------------------------------------------------------------------------------------------------ LA PLAZA MAYOR ESPAÑOLA: EXTENSION DE UN CONCEPTO Y TRANSFORMACIONES A LO LARGO DE SU EVOLUCION J.L Sàinz Guerra Introducción La Plaza Mayor es un espacio que cultural e históricamente está determinado a través de la evolución de los espacios centrales en las ciudades españolas y latinoamericanas. Es decir, a lo largo del tiempo, y en función de la evolución del urbanismo, de las instituciones, de la misma sociedad, se ha ido formando un concepto claro, compacto, bien definido y reconocible en muy amplios territorios y sociedades. No cabe duda de que se trata de un concepto que ha trascendido la cultura española, especialmente gracias a la labor de fundación de nuevas ciudades en Latinoamérica, y de ahí ha pasado a ser conocida en el mundo entero. La Plaza Mayor es un eslabón de la evolución del espacio público en el mundo. Es forzoso establecer que la Plaza Mayor tiene relación con otros espacios de las ciudades europeas, al haber sido influida en su forma por experiencias centroeuropeas, italianas y francesas. La sociedad medieval era habitualmente una sociedad muy cerrada, sin muchas comunicaciones con el exterior. No obstante, había viajeros, que se desplazaban a lo largo de la geografía europea, especialmente los clérigos y los soldados, que llegaban a conocer al cabo de los años otras regiones, otros países, y su conocimiento era trasmitido a reducidos círculos de la sociedad. Por ello no es posible concluir que no había influencias de otros modelos y que no había corrientes de información. Por ello hay que señalar que la Plaza Mayor es una etapa de la evolución de un elemento de la ciudad europea. Hay que reconocer que hay un antes y un después de la Plaza Mayor, de manera que la contribución española a ese concepto es muy potente y en general no está discutida. Pero al mismo tiempo es menester reconocer que no es un concepto exclusivamente español, sino que dicho concepto es deudor de una tradición europea social y urbana. Por ello el concepto de Plaza Mayor pertenece a un periodo de tiempo en el que dicho concepto se ha ido formalizando, recogiendo las influencias de otras culturas, concretando históricamente y después ha ido evolucionando, tomando distintos rumbos, tanto en el lado europeo, como en el lado americano. Dicho en otros términos, no se puede decir que la Plaza Mayor de las ciudades españolas sea igual a la Plaza Mayor de las ciudades americanas, sino que habría que decir que esos dos tipos de espacios tienen un tronco común pero una evolución distinta. El espacio urbano de las ciudades actuales al que llamamos Plaza Mayor, o sencillamente plaza, se fue definiendo a través del proceso de colonización, repoblación y creación de nueva vida urbana, en numerosos enclaves europeos, como por ejemplo las áreas de repoblación de las bastidas en el sur de Francia, los espacios ganados al Islam, en la Castilla medieval o las repoblaciones centroeuropeas. La Plaza Mayor española que se define a lo largo de la colonización del espacio de la Meseta de la Reconquista y la Repoblación y la aplicación de las fórmulas de urbanismo regular, da lugar a una forma de la ciudad que posibilita la aparición de ese espacio central de geometría regular. La geometría es un instrumento del poder y éste lo usará para significar el espacio central de la ciudad. La Plaza Mayor es un lugar central de reunión, donde se producen las más importantes celebraciones sociales. Del espacio de la feria medieval, del mercado diario o semanal, donde se reúnen los comerciantes, se pasa al lugar de reunión de la sociedad urbana, en el cual la función de trueque y el comercio se transforma en una función de intercambio de información, de encuentro, en una función de enorme significación social. Ese espacio central en la ciudad medieval no era, ni mucho menos un espacio para todos, sino que tenía reglas de acceso estrictas, de modo que no todos los habitantes de la ciudad podían acceder a la Plaza Mayor. Sin embargo hay que reconocer que las restricciones al acceso en los espacios centrales eran mucho menores que en las ciudades latinoamericanas. El gran mito de la colonización española como integradora de culturas, se desvanece o desdibuja un poco cuando se aprecian las grandes restricciones que tenían los indígenas para circular en las áreas centrales en ciudades como Quito o Caracas, ya fuera para comerciar con los productos de la tierra o para trabajar. La Plaza Mayor es por tanto un espacio de origen medieval, que se bifurca a través de diferentes caminos en su evolución, de modo que de un tronco común se separan dos familias bien diferentes: las plazas españolas, que como Valladolid, Salamanca, Madrid, se dotan de una homogeneidad extraordinaria, en función de la lectura de ese espacio como el lugar de una sociedad civil, y las plazas americanas, que seguirán su propio camino, determinado por una apropiación del espacio urbano por las instituciones, especialmente la iglesia. Sin duda es el poder y sus diferentes formas quien modula finalmente la plaza. Las plazas de Méjico DF, Caracas, Lima, Quito, son espacios en los que se puede identificar un origen común, pero son espacios distintos a los españoles y por extensión a los europeos. Los distintos tamaños dan lugar también a evoluciones distintas. Las grandes plazas americanas evolucionan de forma diferente a las más pequeñas españolas, éstas últimas se visten con unas fachadas homogéneas que son la expresión de sociedades muy distintas. La plaza en la ciudad antigua La plaza es el espacio diseñado por el hombre para las actividades sociales, de reunión, religiosas, mercantiles que tienen lugar ya en las ciudades de la antigüedad. La plaza como tal se conoce desde la época de los griegos con el nombre de ágora y existía con funciones muy próximas a las de la plaza actual. La plaza es ya desde la antigüedad el símbolo y la representación de la misma ciudad. Los mercados, los lugares de reunión, los espacios entre los edificios residenciales, ya con funciones de circulación o con uso de reunión y encuentro, existen en las culturas micénica, griega y romana. Junto a la plaza, el patio como aparato funcional de circulación, lugar de encuentro y de organización de las relaciones entre las estancias de un palacio o entre los edificios circundantes tiene una presencia clara en la ciudad mediterránea. La evolución histórica de la plaza como espacio cerrado o semicerrado, con un carácter unitario, tiene un origen muy antiguo y está presente en numerosos espacios del Mediterráneo. Las funciones de estos espacios son muy amplias y esencialmente se establecen en la relación entre las personas de una comunidad urbana relativamente desarrollada, en la que todavía no hay un espacio para cada uso y en consecuencia se producen muchos usos en un solo espacio. El ágora griega es el centro de la ciudad, de la Polis, y se convierte en el centro de la vida política, es el lugar de reunión de los ciudadanos, plaza principal, mercado, centro económico y al mismo tiempo espacio sagrado, en el que se construyen los edificios públicos, los palacios y los templos. El ágora de Atenas es un espacio irregular en el que los edificios públicos se ubican en la plataforma superior de la acrópolis, en la zona de mejores condiciones defensivas, seguramente desplazando a la vivienda y ocupando el espacio considerado más sagrado. Los edificios eran públicos, tales como templos, mercado o teatro. La disposición de los edificios en el espacio de la acrópolis era irregular y no guardaban entre sí una relación homogénea. Antes al contrario cada uno de ellos se ubicaba según sus propias leyes y en relación a la existencia de otros edificios previos. Junto a estos edificios es sabido que se ubicaban estatuas y otros edificios menores de forma desordenada. La irregularidad de la colocación de los diferentes edificios nos habla de un proceso largo y espontáneo de desarrollo del lugar. Los templos se fueron haciendo sitio a través de diversas operaciones urbanísticas. Como resultado hacia el siglo II a.c. y como consecuencia de una reforma, se regulariza el espacio y se le da una cierta ortogonalidad. En la primera época del helenismo aparece un tipo de ágora que ya tiene pórticos a su alrededor, si bien la forma de ágora es muy irregular y llena de construcciones de diversa índole, ornamentos, estatuas, etc. No obstante, en los ejemplos más tardíos la regularidad va aumentando por medio de los pórticos, los edificios se emplazan en los bordes y los pórticos se generalizan a todos los edificios. Se construye de esa forma un conjunto arquitectónico que define un vacío, el espacio público, rodeado por una fachada común de pórticos. La regularización más radical se produce como consecuencia de las nuevas ciudades; las ágoras de ciudades como Mileto o Éfeso son regulares, con los edificios correctamente ubicados en sus bordes y la ciudad circundante se relaciona perfectamente con el centro a través de avenidas que se comunican con el puerto, como en el caso de Mileto. La forma urbana en la colonia es más perfecta que en la metrópoli. Esto es consecuencia de la crítica que se produce a la ciudad de la metrópoli por sus propios ciudadanos, la dificultad de superar esos defectos en las ciudades irregulares de la metrópoli y lo fácil que es solventar esos errores en un suelo nuevo y vacío, con una autoridad unificada por causa de la colonización. Un ejemplo muy interesante y extraordinariamente bien conservado es el mercado de Pérgamo. Actualmente se encuentra en el Museo de Pérgamo en Berlín. Se trata de un edificio de carácter sagrado que formaba parte de un conjunto. El edificio que se ha conservado está compuesto por un plinto, una gran base sobre la que se ubica un pórtico en cuyo centro está el altar. Se accede a él por medio de una magnífica escalera, que nos habla de un espacio abierto, protegido por elementos inmateriales, que no son murallas. La función del pórtico y de la plaza diferencian netamente el ágora griega del foro romano. Los principios de centralidad, frontalidad y simetría rigen la ordenación del foro romano, lo que contrasta con la falta de axialidad del ágora griega. El foro romano se definía como la plaza principal de la ciudad que recogía al mismo tiempo las funciones de mercado, centro político y religioso y lugar de reunión de los ciudadanos libres. El foro romano estaba cerrado por un pórtico continuo que unificaba los accesos a través de las calles a la plaza y los ingresos a los edificios que formaban su perímetro. En el quinto libro De Architectura de Vitruvio distingue el ágora griega, de planta cuadrada, del foro romano, de planta rectangular. La forma del foro romano tiene una proporción de un lado por vez y media del otro. Las columnas del pórtico son de tal manera que las del piso superior son un cuarto más pequeñas que las de la planta baja y la razón es por una cuestión de imitación de la naturaleza: los troncos de los árboles son más gruesos en las zonas bajas que en las altas y lo mismo pasa con las ramas, que tienen más calibre las ramas bajas que las altas. Las columnas imitaban la forma de los árboles. La ciudad romana fue destruida y sus ruinas alimentaron la construcción de las ciudades medievales. La desaparición del Imperio Romano comportó en muchos casos la discontinuidad entre ciudades romanas y medievales. Se volvieron a construir nuevas ciudades sobre la ruina de las antiguas. La misma ciudad de Roma durante la Edad Media no alcanzó a ocupar ni la quinta parte de la extensión de la ciudad durante la época romana. El resto eran ruinas, que eran utilizadas, las más de las veces, como cantera para la nueva construcción. Sin embargo los tratados de arquitectura romana y el análisis de los edificios en ruina sirvieron para documentar cómo eran aquellas ciudades y para volver a aplicar sus principios mil años después. La plaza en las ciudades de la Edad Media La plaza en la ciudad medieval era extremadamente pequeña o no existía. Es una cuestión de cultura cívica y de espacio. El embrión de la plaza surge en las afueras de las ciudades, más allá de las murallas, donde hay espacio suficiente para el mercado, la feria y los juegos. La ciudad medieval europea se concentra en su recinto amurallado, y los usos de reunión tienen lugar en torno de las iglesias, a las puertas de éstas, en los atrios. Los pequeños espacios de reunión en el interior de los núcleos urbanos son los espacios residuales, cruces y ensanchamientos de calles. En la época del Medioevo, surge la plaza de la iglesia, que sirve de lugar de encuentro donde se congrega el vecindario. La iglesia en la Edad Media es un edificio muy importante, tanto o más que el castillo del señor. Sin lugar a dudas el templo parroquial tiene más riquezas y más lujo que muchos castillos y congrega a mucha más gente. La iglesia es el centro físico del núcleo y es el centro de la vida social. En el interior de la iglesia no se puede hablar, salvo en murmullos, no se puede comerciar, porque Jesús expulsó a los mercaderes del templo de Jerusalén, es un lugar sagrado y la actitud de los fieles ha de ser de silencio y respeto. Las celebraciones están perfectamente codificadas y quien lleva allí la voz cantante es el sacerdote. Además las ceremonias son en latín, lengua que la mayoría de los campesinos no entiende. Solo cabe callar y escuchar, observar y tal vez dormitar. Por el contrario, la plaza delante de la iglesia es un espacio desde el punto de vista religioso mucho menos importante que el interior del templo, pues éste es un lugar sagrado y por el contrario el atrio es el exterior, es la calle, donde los vecinos están expuestos al tiempo atmosférico, al frío del invierno o al sol en verano. Sin embargo, a la puerta de la iglesia los vecinos se paran, se reúnen en corrillos, mientras esperan a que lleguen otros, se observan, comentan las últimas noticias sobre el tiempo o la cosecha y critican las acciones de otros vecinos. Fuera del templo, normalmente cerca de la puerta de la iglesia, tiene lugar un pequeño mercado, controlado por el párroco: un porcentaje de lo vendido va a las arcas del templo. No todos los fieles caben en el templo, muchos han de quedarse fuera del templo y asistir a las grandes ceremonias desde fuera. Eso genera un espacio que es ocupado periódicamente con diversos motivos, espacio que se mantendrá libre, que no se ocupará por ninguna edificación, espacio que es controlado por la iglesia y que tiene una importancia social extraordinaria. La plaza del mercado y de la iglesia. La plaza de Aguilar de Campoó El ejemplo de la plaza de Aguilar de Campoó, en Palencia, tiene varios elementos de interés. Se trata de una plaza que tiene su origen en el descenso del núcleo al llano. El núcleo original, ubicado en lo alto, en un área elevada e inaccesible, con condiciones defensivas extraordinarias, desciende a lo largo de la pendiente hasta ocupar la llanura, cuando se reduce la peligrosidad del territorio. Desde lo alto donde se encuentra el castillo, el núcleo desciende por el camino de subida. Este proceso de descenso de los núcleos urbanos al llano dura varios siglos. A medida que se va alejando el peligro de los moros, en todos los núcleos castellanos, las áreas urbanas más elevadas, mejor defendidas, son abandonadas por áreas más cómodas, más cerca de los campos de cultivo y más cerca de las áreas de prados y abrevaderos para el ganado. El templo de Santa Cecilia en Aguilar, actualmente aislado en la mitad de la ladera, es un testimonio de un episodio intermedio de dicho descenso. En la llanura corre el río Pisuerga y paralelo a él corre un camino de importancia territorial que une el norte con el sur. Ese camino es el embrión de la nueva plaza. En el punto de encuentro del camino que corre paralelo al río y el que sube al núcleo, se forma la nueva población y como pieza elemental de esa nueva población se encuentra la suma de plaza de mercado y templo. La plaza, atendiendo a su forma, es un ensanchamiento del camino que alcanza su máxima anchura en el lugar donde se cruzan los caminos, en un punto de importancia territorial. Ese espacio se encuentra presidido por la iglesia en uno de sus extremos, un enorme templo cuya fachada orientada al oeste se abre a la zona del comercio. En el lado norte se encuentra una fila de edificios orientados al sur con soportales de doble profundidad, que atestiguan su dedicación al comercio. Dichos soportales, abiertos al sur, nos hablan de un espacio de estancia y de encuentro, un lugar donde se exponían los productos que se vendían provenientes de la comarca. En el lado sur, cerrando el espacio de la plaza contra el río, se encuentran varios palacios. La plaza se forma como el resultado de varios procesos de formación, caminos, mercado, iglesia, palacios, que dan lugar a una mezcla de elementos, lo que produce un espacio único e irrepetible. La plaza de mercado y la trasmisión de las nuevas ideas La plaza del mercado es un lugar privilegiado de encuentro y de trasmisión de información en la Edad Media. El objetivo es el intercambio de mercancías, por dinero o por otras mercancías. Pero al lado de este intercambio mercantil se produce otro tan importante como el anterior, la trasmisión de información. La gente habla, cuenta las últimas noticias, critica, se ríe abiertamente de los otros y de la autoridad. El mercado, la plaza del mercado es el lugar donde se expresa con libertad la gente en la ciudad de la Edad Media. En los espacios edificados no es posible dicha libertad de expresión, en el interior de las iglesias el control está asegurado por el silencio y la exclusividad del derecho del clero a hablar en voz alta. En las estancias de los palacios no cabe la crítica, sino la sumisión y el silencio. Solamente en la calle es posible hablar sin cortapisa, aunque no siempre. Los concejos, que se reúnen en la puerta de la iglesia para debatir y decidir sobre las cuestiones de los vecinos y la ciudad, están bien controlados por el clero, que les acoge a su puerta. El teatro tiene lugar en el interior de la iglesia. Lo mismo pasa con la música. Y cuando la música se realiza fuera de la iglesia nos la encontramos en la plaza, donde se come, se bebe, se baila y se habla con libertad. De hecho, el mercado no estaba bien considerado en la Edad Media, ni siquiera por el poder político o religioso. Solamente era aceptado porque beneficiaba económicamente a quien lo acogía. En un principio los mercados tenían lugar en los cruces de los caminos, muy lejos de las ciudades. En algunos casos, de esos mercados nacieron ciudades. Pero cuando los señores se dieron cuenta de los beneficios económicos que podían obtener del mercado, lo protegieron. Es decir, el mercado se constituye como el embrión espacial de la sociedad civil. La plaza del castillo La plaza y el castillo no es una mezcla común. Los castillos habitualmente se construían en lugares inexpugnables, elevados, rodeados de defensas que impedían el acceso de los enemigos. Los espacios que rodeaban a los castillos debían estar libres, vacíos, con el objeto de impedir el acercamiento de los posibles enemigos. Esta es la situación de la Alta Edad Media. El enemigo se encuentra en el exterior y pretende acceder al interior de la ciudad. Como consecuencia la ciudad se amuralla y sus casas se apiñan en un reducido espacio. Según va evolucionando la sociedad, van evolucionando los enemigos, de modo que estos, de ubicarse fuera de la ciudad, pasan a ubicarse también dentro, en el interior del recinto señalado por los muros. La sociedad se jerarquiza y los nobles empiezan a encontrar dentro de la ciudad una verdadera oposición que se manifiesta en revueltas de grupos sociales bien organizados. El sentido de la defensa se trastoca, pues las ciudades entonces no tienen ya suficiente con una muralla que contenga a los enemigos exteriores, sino que los señores de la ciudad construyen castillos en el interior de la ciudad, que les defienda de los ataques de la misma población. En algunos casos los castillos de los señores salen de la ciudad y se ubican de forma muy expresiva en un borde de la ciudad o fuera de ella, frente a sus muros, donde está generándose un poder democrático. Esto se produce en la Baja Edad Media, cuando se ha cerrado un ciclo de la evolución de la sociedad medieval, de modo que han surgido clanes, familias, una aristocracia que gobierna sobre el conjunto de la ciudad y frente a estas han surgido poderes aglutinados en el municipio. El problema es la contradicción entre la imagen hosca, hostil de un castillo y la actividad urbana, comercial, cívica, que requiere el encuentro, los espacios abiertos y franqueables. Durante esos años del final de la Edad Media la imagen de la ciudad oscilará entre la necesidad de amurallarse y protegerse contra las posibles agresiones y la necesidad de abrir los edificios al comercio y a las relaciones con los demás. Oscilarán entre los clanes y los círculos cerrados y la sociedad abierta. Los altos muros se van haciendo cada vez más prescindibles, más suave su imagen, mientras que empieza a apuntar de forma clara la calle y la plaza como el lugar de la relación pacífica entre los hombres y con ello la exhibición del poder, del dinero, del lujo. La Señoría de Florencia El ejemplo de la plaza de la Señoría de Florencia es muy significativo, pues muestra una magnífica plaza con castillo. Se trata de un espacio dominado por un castillo medieval en el interior de la ciudad. El castillo es el conocido palazzo Vecchio. Es una construcción defensiva, sin aperturas en la planta baja, salvo las puertas, por tanto es una edificación casi ciega a la calle, constituido por un muro muy potente, con ventanas góticas muy ornamentadas que se abren en las plantas superiores y rematado por una imponente almena. Sobre este cuerpo se eleva la torre, de claro origen medieval, también rematada con almenas, lo que refuerza su imagen defensiva. La puerta de este castillo, el palazzo Vecchio, se encuentra ornamentada con un fresco en su parte superior, que augura la magnificencia del interior y sus suntuosos salones. Es decir, un hosco castillo en la mitad de la ciudad, con una pincelada de azul en el fresco que la corona. Delante de él se abre una plaza irregular. En esta plaza se encuentran algunos elementos de finales de la Edad Media y del Renacimiento que hablan claramente del cambio de talante que se produce en estos edificios frente a la calle. La logia de la Señoría se encuentra a la derecha del palazzo Vecchio y es un elegante edificio completamente abierto, con tres grandes arcos, construidos para alojar a la guardia de Cosimo I. Es un edificio abierto, que marca por un lado la diferente concepción de la defensa. En el castillo la defensa es confiada a la fortaleza del muro y a la ausencia de huecos, en la logia de la Señoría se confía a un cuerpo de guardia permanente, vigilante, bien armado y entrenado. La defensa se ha confiado a un grupo de profesionales, la futura policía, y el embrión del ejército, que son el fin de los castillos y las murallas en la ciudad. Entre el palazzo Vecchio y la logia de la Señoría se encuentran los Uffizi. Es un edificio construido a finales del siglo XVI por encargo de Cosimo I para albergar las oficinas del gobierno. Organizado en dos cuerpos, forma una estrecha calle en el que las dos fachadas se encuentran enfrentadas. Dicha calle termina contra el río Arno, en un sugerente final que recuerda la existencia de la antigua muralla. Los Uffizi está formado por fachadas abiertas, llenas de ventanas a uno y otro lado. La planta baja está formada por pórticos, sobre los que se levanta una fachada con una entreplanta de pequeñas ventanas rectangulares, una primera planta con balcones de gran tamaño y una segunda planta con una galería corrida. Es una fachada muy abierta, muy transparente, que contrasta con la masa pétrea del palazzo Vecchio. A este espacio medieval se le añadió en diferentes épocas numerosas esculturas, las primeras en la fuente de Ammannati, en uno de los laterales del palazzo Vecchio, más tarde se fueron añadiendo en la logia de la Señoría las obras de Miguel Ángel. La estatua ecuestre de Cosme I, que se colocó en uno de los laterales, ofrece una función del espacio público muy distinta. La plaza de la Señoría muestra con gran elocuencia la transición del espacio medieval, hosco, defensivo, al espacio seguro que se alcanza con la ciudad moderna, organizada desde unas relaciones sociales enteramente distintas, donde la seguridad del espacio público modifica la forma y el significado de la plaza. El control social, desde el momento en que ya no se basa (solamente) en la fuerza, sino en relaciones sociales basadas en ideas, aceptadas por un (más o menos amplio) grupo social dominante, da lugar a la trasformación del espacio urbano. El espacio se va a convertir a partir de ese momento en un elemento a controlar en el sentido lingüístico y a llenar de significado. La cohesión social basada en determinadas ideas, se va a procurar por el poder a través de muchos medios, pero uno de los más útiles va a ser el control del espacio público, la plaza, como espacio en el que poner de manifiesto y forma de expresar a los ciudadanos su existencia. Los núcleos de fundación castellanos La labor de asentar contingentes de población para ocupar y defender el territorio se llevó a efecto en Castilla la Vieja durante la Edad Media de una forma muy amplia. Toda la zona castellana se encontraba en el siglo X en una situación de desierto estratégico, una especie de tierra de nadie entre la España musulmana del sur y la cristiana del norte. Las ciudades habían sido destruidas y se encontraban abandonadas desde casi dos siglos. Las grandes llanuras castellanas eran recorridas en esa época por pequeños grupos de musulmanes, también de cristianos, en algunos casos con la intención de quedarse, y crear una población, en otros con el objeto de asaltar los pequeños asentamientos que encontraran para el pillaje. Esa característica de espacio no habitado dio lugar a la paulatina ocupación de los cristianos, según el sistema de presura, es decir, apropiarse de aquellos terrenos que estaban abandonados. Apropiarse de ellos, al precio de defenderlos para el señor. La tarea de defender ese territorio exigía la colocación de contingentes de población en las zonas desiertas. La aristocracia y el clero potenciaron esta forma de colonización, empujaron a numerosos grupos a la ocupación del suelo hacia las llanuras más expuestas del sur. Los más importantes asentamientos fueron los que fueron ocupando el borde del río Duero y Pisuerga, que a modo de cadena, se fue dotando de varios eslabones defensivos. Simancas, Cabezón, Tordesillas, Toro, Zamora eran verdaderas plazas fuertes, bien amuralladas. Sin embargo, en el interior del territorio también era necesario asentar población y así fueron surgiendo otros asentamientos. De ese modo se fue creando una red de núcleos, a veces pequeñas aldeas en una tarea descomunal que recibió el nombre de Repoblación. Muchos de estos nuevos núcleos eran completamente irregulares, sin un plan concebido. Sin embargo, cuando por alguna circunstancia se necesitó defender áreas desprotegidas, la monarquía fundó nuevos núcleos urbanos y los creó con técnicas derivadas de la geometría. Por esa forma geométrica de sus calles y plazas, hoy sabemos que dichos núcleos fueron fundados. ¿Qué ventajas tenía fundar un núcleo con las calles rectas? Esencialmente la ventaja consistía en poder instalar de forma rápida a un contingente de población numeroso. Desde el primer día se podía hacer el reparto de parcelas y desde el primer día se podían construir las casas y las murallas. Al mismo tiempo todas las parcelas eran iguales y los conflictos entre los distintos vecinos por haber recibido más o menos, desaparecían. La creación de nuevos núcleos se realizaba por gente con conocimientos de geometría, como mínimo. Y algo más. A la vista de los núcleos fundados en Castilla la Vieja se puede decir que los que fundaron Tordesillas, Tordehumos, Aguilar de Campos, Peñaflor de Hornija, tenían unos conocimientos ciertos sobre ciudades. Por ejemplo, en Tordesillas se utilizaron las unidades de medida romanas para realizar las manzanas centrales. Las condiciones de drenaje de todos estos núcleos inclusive hoy en día son excelentes a causa de la inclinación del terreno en el que se asientan. La forma mayoritaria utilizada fue la cuadrícula. Las calles eran rectas, paralelas entre sí, y perpendiculares a ellas se trazaban otras que daban lugar a las manzanas cuadradas. En otros casos se utilizó una calle como eje de referencia ordenador del conjunto. Miranda del Castañar, en Salamanca, tiene una forma de espina de pez, al estar organizada por una calle central y otras perpendiculares a la primera. Es llamativo como estos núcleos fundados ex-novo en Castilla, tenían una estructura urbana derivada del número de grupos que se asentaran. Así en Peñaflor de Hornija hay dos barrios, cada uno de ellos con una iglesia, y entre medias una calle más ancha, que hace de eje y de separación. La población que se asentaba estaba organizada en grupos, tal vez alrededor de un jefe, bajo la advocación de un santo patrón. Cada grupo llevaba su iglesia y las casas se distribuían alrededor de ésta. La parcelación en la mayor parte de los casos se ha perdido y es difícil restituirla. Se puede suponer que se trataba de parcelaciones mayores que las utilizadas en esa época en las ciudades existentes. La labor de fundación de ciudades se extendió por numerosas áreas. Las fundaciones de nuevos núcleos en el País Vasco, como Bilbao, Mondragón, Elorrio, Fuenterrabía, en Cantabria, como Laredo o Castro Urdiales o en Asturias con las polas, tuvieron el mismo objetivo, asentar población para defender el territorio. En el caso de las villas costeras, justamente el propósito fue asentar la población en buenos emplazamientos y concentrarla para defenderse de los piratas. La plaza de Aguilar de Campos El ejemplo de Aguilar de Campos es muy interesante. No se trata de una fundación ex-novo, puesto que es la ampliación de un núcleo que ya existía. El primitivo núcleo se llamaba Castro Mayor y se encontraba subido en un pequeño montículo de carácter defensivo. En la llanura al sur del primitivo núcleo se crea una gran área urbana con forma reticular y con ella el núcleo cambia de nombre. De llamarse Castro Mayor pasa a llamarse Aguilar. El nombre no es una cuestión baladí, pues Castro es una palabra que designaba en la Alta Edad Media genéricamente una población amurallada, mientras Aguilar hace referencia al águila, un animal símbolo de numerosas monarquías, también la castellana. La plaza en los núcleos de fundación es regular, al estar producida por el mecanismo de la sustracción de una manzana. Una manzana es suprimida y en su lugar queda un espacio vacío que tiene forma sensiblemente rectangular. En el caso de Aguilar de Campos la sustracción de la manzana se utiliza para generar el espacio de la iglesia. Al estar compuesta la nueva población de dos barrios, dos manzanas se reservan para las iglesias. En el espacio vacío que dejan esas manzanas se construirán sendas iglesias. Las iglesias se construyen respetando la orientación sacra, es decir de este a oeste, la entrada en el oeste y el altar al este. Y las calles de la nueva villa tienen también esa orientación. Se puede decir pues que la fundación del núcleo y la construcción de las iglesias se realiza al mismo tiempo. Es un único acto. La planta cuadrada de la manzana suprimida, que da lugar a la plaza, determina el espacio. Hoy una de las iglesias ha desaparecido y ha dejado completamente libre la plaza. Se trata de un espacio cuadrado, rodeado de edificaciones bajas, una o dos plantas, con un espacio central vacío. La forma regular del espacio y cómo acceden a ella las calles en los cuatro extremos es lo más determinante. En la otra plaza, donde la iglesia se conserva, el espacio del atrio es regular, pues el templo se ha pegado a la zona norte, y hay en el sur de la plaza un espacio rectangular, en el que lógicamente domina la mole del templo. Briviesca La evolución de la plaza tiene en Briviesca una etapa importante. Briviesca es un núcleo que fundó tardíamente la abadesa del convento de Las Huelgas Reales de Burgos hacia 1330. Es un núcleo que en la actualidad se aprecia por sus calles rectas y su plaza regular. Algo parecido pasa en las Ordinacions mallorquinas, en las cuales la rectitud de las calles es muy evidente, y el paso del tiempo no las ha deformado. En otras fundaciones más antiguas como Tordesillas y Peñaflor de Hornija, las calles aunque tengan un trazado recto, están compuestas por dos fachadas que se deforman y curvan ligeramente. Esa deformación obedece al paso del tiempo y tal vez a la falta de conciencia de los vecinos de que su calle es de trazado recto, de modo que cuando vuelven a construir su casa, modifican imperceptiblemente la alineación y dan irregularidad al tejido. Las calles así trazadas lo eran por medio de una técnica para nosotros hoy muy sencilla, el cordel, pero seguramente muy complicada para alguien que no podía disponer de cuerdas largas. Briviesca se funda con una cuadrícula de calles paralelas y perpendiculares que forman manzanas cuadradas. En el centro de la población se crea una plaza como consecuencia de la sustracción de una manzana. Es curioso que la plaza está formada por cuatro calles, dos paralelas entre sí y otras dos con un pequeño ángulo, que configura una plaza imperceptiblemente trapezoidal. La singularidad de Briviesca es que la iglesia ha dejado de estar ubicada en el interior de la plaza, como venía siendo habitual en las anteriores fundaciones. El templo tiene todavía una presencia importante, dominando el espacio público, pero en Briviesca se sitúa en el lado norte de la plaza, formando con el lateral sur de la iglesia la fachada norte de la plaza. Es decir, de ubicarse la iglesia en el interior, como venía ocurriendo en las fundaciones castellanas anteriores, se ha desplazado el templo a una de las fachadas de la plaza. Este cambio es muy importante, pues es en Briviesca donde por fin queda la plaza completamente libre. En el lado sur de la plaza se levanta la parte más antigua del núcleo, con viviendas de parcela gótica, con escasa anchura, gran profundidad y soportales hacia la plaza. La plaza de Mancha Real Una de las más tardías fundaciones en Andalucía es la de Mancha Real. El nombre ya nos da muchas claves de su origen. Fue Fernando El Católico quien a principios del siglo XVI fundó una pequeña villa en la actual provincia de Jaén, con el objeto de asentar población y estabilizar un territorio. El modelo es el mismo que el de Santa Fe. Tal vez también la defensa fuera un objetivo, si tenemos en cuenta los levantamientos que tendrían lugar años más tarde en las Alpujarras. A principios del siglo XVI, ya acabada la Reconquista, no se fundaron muchas más poblaciones, pues ya gran parte de los objetivos que se pretendía habían sido conseguidos. Sin embargo, a pesar de lo tardío de la fundación, es interesante constatar la forma de la nueva ciudad. La ciudad se estructura por medio de una calle recta, que hace de eje. En perpendicular a esa calle salen otras, paralelas entre sí, a modo de espina de pez, formando manzanas rectangulares. En un punto de la mitad de la calle principal se encuentra la plaza, formando el centro de la villa. En la plaza se ubica la iglesia. Las manzanas están subdivididas en grandes parcelas. Lo importante de esta fundación es que se conserva el plano original que sirvió para repartir las parcelas. Analizando ese plano podemos ver en cada parcela el nombre del poblador a quien iba destinada. También se señala la posición de la iglesia. No hay ninguna referencia a fachadas, soportales, o cualquier otro elemento que no sea la misma forma de la calle y las parcelas, en planta. La plaza de Mancha Real tiene un gran interés porque se estaba realizando al mismo tiempo que las primeras ciudades del Nuevo Mundo. Hoy esta ciudad nos muestra un paisaje muy próximo a la ciudad de Latinoamérica. Las plazas de las bastidas francesas Las bastidas francesas son uno de los acontecimientos urbanísticos y culturales más impresionantes de toda Europa durante la Edad Media. Inclusive hoy día llama poderosamente la atención el número de núcleos repartidos por el Midi francés, especialmente alrededor de la región de la Dordoña, en torno a 300 núcleos fundados ex-novo durante la Edad Media. Junto a esos núcleos regulares, hay que señalar que hay además otros llamados también bastidas, que son irregulares, lo que significa que el movimiento de fundación de ciudades fue más extenso de lo que hoy ven nuestros ojos. Las bastidas son núcleos regulares, realizados por muchos agentes, por muchas manos, con un sistema de fundación de ciudades que se aprecia muy depurado, muy evolucionado, un sistema que necesariamente comporta una reflexión sobre lo urbano, un pensamiento colectivo sobre la ciudad y sus diferentes partes. Es interesante constatar el hecho de que las bastidas fueron fundadas como una forma de asentar población en territorios desiertos y peligrosos, con ocasión de la guerra de los 100 años entre Inglaterra y Francia. La guerra se desarrolló esencialmente en el sur de Francia, al este de Burdeos y al norte de Toulouse. La necesidad de defender territorios asentando población provocó la fundación de ciudades y los intentos de atracción de contingentes repobladores en función de exenciones fiscales, libertades cívicas y otros privilegios imposibles de obtener en las ciudades tradicionales. La guerra llega a igualar tanto a los ingleses como a los franceses en sus técnicas repobladoras, en el sentido de que el movimiento de creación de bastidas se da en los dos bandos. La plaza es el elemento más singular de las bastidas, inclusive más singular que la regularidad de sus calles. La plaza regular de las bastidas forma el elemento definitorio de dichos núcleos y es la pieza más reconocible desde el punto de vista de la formación del paisaje urbano. La plaza en las bastidas y su forma cuadrada o rectangular, está en relación con la trama regular del núcleo. La acción de sustraer una manzana, justamente la manzana central, da lugar a un espacio regular central, un espacio libre regular en el medio de la villa. La plaza en la bastida es pues una plaza regular, normalmente cuadrada. La función de estas plazas fue y sigue siendo el mercado. Es una característica específica de las bastidas la separación entre la plaza del mercado y la (plaza de la) iglesia. Esta dualidad de espacios separados es muy significativa, ya que el mercado desplaza del centro de la ciudad a la iglesia, que normalmente se encuentra en una posición lateral. Este mecanismo de sustracción de la manzana con el que se forma la plaza, da como resultado un espacio libre, una plaza cuadrada, cuyas entradas se realizan en las cuatro esquinas. Al mismo tiempo cada una de las cuatro fachadas de la plaza está formada por un lateral completo de la manzana. La gran mayoría de las plazas de las bastidas tienen soportales. La característica de esos soportales es la incorporación de arquerías de piedra, arcos de piedra de los edificios domésticos, que avanzan sobre la calle y forman una calle cubierta. La época de aparición de estos soportales es posterior a la fundación de la villa. Es decir, se trata de una segunda época de la plaza de la bastida. En algunos casos cabe pensar que el soportal es un paso, una evolución del edificio doméstico que tiene uso comercial y artesanal. Dicho paso se da cuando las casas pasan de tener una sola planta a tener dos. Un segundo paso es el avance del soportal cubriendo la calle y ocupando el espacio por encima de ella. Es necesario pensar en una evolución importante del caserío en las bastidas a la vista de la actual construcción de piedra, por un lado y por otro en la presencia de los andrones, esas separaciones de 40 centímetros entre las casas con el objeto de prevenir la trasmisión de los incendios entre las casas de madera. La actual persistencia de andrones está en contradicción con las fachadas frontales y laterales de piedra. La actual fisonomía de las plazas de las bastidas, como por ejemplo la de Monpazier, es difícil atribuirla a la época medieval. Todas esas plazas fueron mejoradas, reformadas, transformadas, de modo que su actual fisonomía pertenece a épocas más recientes, seguramente el siglo XVIII. Por un lado hay que señalar que dichas plazas se encuentran muy unificadas en su expresión exterior, quiérese decir que la tarea repobladora de dos fuerzas enfrentadas, como son los ejércitos de dos reinos, difícilmente dan lugar a una tal homogeneidad, salvo en el caso de que dicha homogeneidad se haya producido posteriormente. La implantación de los halles, en el centro de las plazas de las diferentes bastidas es un signo de su homogeneización posterior. Los halles son esas grandes cubiertas soportadas por columnas de piedra y tejados de madera que sirven para proteger a los comerciantes durante la celebración del mercado. Se trata de instalaciones que se reparten por todas las plazas de las bastidas y son añadidos muy posteriormente a la fundación del núcleo. El ayuntamiento se construye en muchas plazas de bastidas, en su centro o en uno de sus lados. Inicialmente las reuniones del concejo tenían lugar en las iglesias, como ocurría en numerosos lugares en la Edad Media. Es interesante observar como en las bastidas la zona de reuniones sale de la iglesia más pronto que en Castilla la Vieja, donde perdura durante toda la Edad Media. Para alojar a la reunión del concejo se dispone un local de uso específico, que es el embrión del ayuntamiento, de la misma manera que dicha reunión lo es de la municipalidad. En algunos casos ese local de reunión se construye en la misma plaza, en su interior, o en uno de sus lados. A veces el local municipal se construye en el halle, en una planta alta, como es el caso de Villereal. La plaza de Villereal tiene un gran halle de planta cuadrada que cubre prácticamente toda la plaza. Bajo dicho techo tienen todavía lugar mercados muy concurridos, en los cuales los comerciantes y los agricultores de la región llenan completamente con sus productos todo el espacio disponible. En su interior, en el centro, se encuentra la subida a la planta alta, por medio de una escalera de madera, accediendo a través de ella a un local de reunión. En otros casos en lugar de un edificio de madera, encontramos una torre de piedra de mampostería, una edificación claramente más sólida, que permite formar un núcleo más fuerte, al lado de la estructura de pilares de madera del halle. La plaza de Monpazier Sin lugar a dudas una de las más perfectas bastidas es justamente de fundación inglesa: Monpazier. El ejemplo de Monpazier destaca por la perfección del trazado de la villa y la homogeneidad de la plaza. Se trata de una fundación sorprendentemente perfecta en su trazado, muy bien conservada. Todavía se aprecian algunos trozos de muralla en muy buen estado que rodeaban la villa. La parcelación se mantiene también en buenas condiciones. Las calles y callejas de servicio (ruelles) se conservan también sorprendentemente bien. La plaza es un cuadrado con fachadas homogéneas en sus cuatro lados. Las casas que rodean a la plaza tienen, en efecto, la característica de su homogeneidad, todas ellas tienen parecidas dimensiones, una fachada parecida, con similares arcos, ventanas historiadas con balconadas sobre el eje del arco. Dentro de una cierta irregularidad, atribuible a la época de su formación, sobresale la homogeneidad de todo el paisaje. Las casas se separan entre sí por los andrones, separaciones entre las casas con el objeto de impedir la trasmisión del fuego de una a otra casa. La plaza es un cuadrado de 45 metros de lado, con soportales en los cuatro lados y un halle en la parte meridional, que data del siglo XVI. En las esquinas los edificios casi se tocan, permitiendo la continuidad de la calle bajo los soportales. La plaza de Villefranche-de-Rouergue La plaza de Villefranche-de-Rouergue es una excepción en las plazas de bastidas francesas, ya que en una de sus fachadas se encuentra la gran torre de la iglesia. De hecho el nombre de la plaza toma el de la iglesia: Place Notre-Dame. Como ya queda dicho, las plazas de las bastidas se caracterizan por la ausencia de la iglesia, que normalmente se encuentra en una manzana próxima, con su propia plaza. Sin embargo en Villefranche-de-Rouergue se rompe esta regla y la plaza está dominada por una enorme iglesia. Quizá ese carácter eclesiástico es el que más sorprende en esta plaza de bastida, a causa de la desmesura del templo. Se trata de una iglesia colocada según la orientación sacra, con el altar hacia el este, y la entrada de la iglesia se realiza desde la misma plaza. Esta plaza posee soportales, en todos sus lados y en la entrada de la iglesia ofrece la continuidad del soportal con el atrio. Esa es una característica de interés ya que permite observar la adaptación de la plaza a la iglesia y más especialmente la adaptación del soportal de la plaza al atrio de la iglesia. No obstante, no se produce contaminación entre uno y otro elemento, ya que cada pieza mantiene su independencia. Otro aspecto de interés en esta plaza es el gran desnivel que posee entre los lados norte y sur. La forma plana que se supone a una plaza queda rota por las bandejas que forman el pavimento. La plaza de Montflaquin Montflaquin es un núcleo claramente defensivo si nos atenemos a su localización. Emplazado en un alto desde el que se domina la llanura, ocupa con sus calles en damero la plataforma superior del otero. Las calles se interrumpen allá donde acaba la plataforma, de manera que la forma de la villa se adapta estrechamente al espacio disponible. Hacia el norte de la plaza se encuentra la iglesia del pueblo, con un marcado carácter defensivo, lo que se aprecia en su portada, que se asemeja a un castillo y con un eje ligeramente inclinado con respecto a la orientación de las calles. La plaza, al igual que ocurre en el anterior ejemplo, tiene un cierto desnivel, asumido con naturalidad por la edificación, que se va escalonando. Los soportales están realizados con arcos de piedra, que ocupan la calle y forman un recorrido perimetral cubierto. La plaza de las bastidas es un elemento repetido en numerosas ocasiones, se trata de un espacio de pequeño tamaño, adaptado al núcleo al que pertenece, con una cierta homogeneización de las fachadas, que proviene más de la igualdad entre los ciudadanos y sus casas, que de una uniformidad conscientemente buscada. Sin embargo, ese resultado da lugar a la plaza de soportales formada por arcos, que será la que se generalice en Francia y dé lugar a las plazas reales a partir del siglo XVII. Son anteriores en el tiempo las fundaciones castellanas regulares, que las bastidas francesas. Las primeras villas castellanas de fundación, de forma regular, es decir con calles paralelas y perpendiculares, formando una retícula, son anteriores en un siglo a las bastidas francesas. Hay que tener en consideración que en Francia también se producen núcleos regulares de forma aislada antes de la marea de las bastidas, seguramente contemporáneas a las primeras castellanas. Por otro lado, las bastidas francesas tienen una diferenciación clara entre plaza del mercado y plaza de la iglesia, que las españolas no tienen, de manera que las plazas de las bastidas, como piezas independientes de la iglesia, son más tempranas que las plazas españolas, que nacen dependiendo de la iglesia. Por último no es posible ignorar la importancia de las fundaciones navarras o las Ordinacions mallorquinas, especialmente en la formación de una cultura de fundación de ciudades que incidió de forma evidente en la colonización del Nuevo Mundo, si bien su participación en la configuración de la plaza es menor. En todo caso hay que matizar esa temporalidad a causa del poco valor que tiene, especialmente en orden a estériles reclamaciones de autoría, pues lo que sobresale por encima de todo es la fuente común culta de esas fundaciones, provenientes de la cultura griega y romana. La maduración de la plaza medieval castellana Las grandes plazas castellanas surgen en las afueras de las ciudades amuralladas. No hay espacio suficiente en el interior de las ciudades, intramuros, y las actividades consumidoras de espacio, como el mercado semanal o las ferias anuales, que congregan a grandes cantidades de gente se llevan a cabo extramuros, en las puertas de las murallas. Los pagos de portazgo que obligan a aquellos que desean introducir mercancías para su venta en el interior de las ciudades, es también una de las causas de la reserva de espacio libre en el exterior de las ciudades. Allí es donde se desarrollan las principales actividades comerciales, junto con otras como las grandes celebraciones populares, religiosas. Las plazas inicialmente están ubicadas en una situación perimetral, están en el borde de la ciudad. Raramente están edificadas en su totalidad, son áreas urbanas en formación. Según va creciendo la ciudad, según va cobrando fuerza la vida urbana, estos espacios son envueltos por la misma ciudad y poco a poco se van constituyendo en su centro. Son procesos muy largos, que duran varios siglos, y que normalmente culminan al final de la Edad Media. Junto al desplazamiento del centro, se da otro fenómeno, que es la construcción del entorno de ese espacio libre. El uso preferente del comercio es el que propiciará la aparición de soportales, que son la protección del comerciante frente a un clima a veces especialmente duro. El uso del espacio de la plaza como área para los espectáculos públicos es la última vuelta de tuerca, la última pincelada a ese espacio, provocando la aparición de balcones, ventanas, miradores con el objeto mejorar la visibilidad y el número de espectadores durante los espectáculos. La plaza mayor castellana va evolucionando incorporando tres elementos principales: a) el mercado, b) el espacio social de relación, en el que destacan los espectáculos públicos y c) la sede del poder ciudadano, el concejo o ayuntamiento, principal institución civil en el espacio público a finales de la Edad Media. El mercado es sin lugar a dudas el primer uso y el más moldeable, no impone forma alguna, excepto la requerida por un grupo de personas congregadas, formando una masa que ocupa espacios y genera recorridos que determinan levemente su entorno. El mercado se construye de manera paulatina, atendiendo principalmente a la exhibición de mercancías. Pero junto a la actividad mercantil se encuentra la función de relación social. La plaza es el escenario de la vida social. En la plaza tiene lugar el encuentro y el reconocimiento de los ciudadanos. Junto al intercambio de productos, tiene lugar un intercambio de información a través de las conversaciones, las noticias, las críticas que se trasmiten de corro en corro. La plaza es el lugar en el que la sociedad se muestra más libre. En la celebración de las diversiones públicas, en las grandes fiestas paganas y religiosas al aire libre se produce el encuentro de las distintas clases sociales, la exhibición de los lujos y el fasto de los ricos con sus ropajes y el pasmo de los pobres. Finalmente la tercera función es la implantación del poder civil, el poder de los ciudadanos, muchas veces contra los nobles. El asentamiento de los edificios municipales en la plaza no es casual y viene del paulatino desarrollo de la organización municipal, que pasa desde su nacimiento en el atrio de la iglesia parroquial a su independencia en un edificio propio en el mismo centro de la ciudad. Al final de la Edad Media los concejos son construidos con una función socio-política, pero también de representación, disponiendo de balcones volados en la planta noble de la Casa Consistorial, desde los cuales las autoridades municipales podían ver los espectáculos públicos y dirigirse a los habitantes para comunicarles los sucesos, e informarles de cuantos asuntos afectaran a los reinos y a la ciudad. La plaza se convierte de ese modo en el nuevo centro de la ciudad. De ser un espacio perimetral a principio de la Edad Media, pasa a ser el mismo centro de la ciudad. Esa condición de nuevo centro es el que provoca su transformación, es el que posibilita que espacios inicialmente sin ninguna configuración acaben siendo el objeto del diseño de los arquitectos del rey. La plaza de Medina del Campo La plaza de Medina del Campo fue al final de la Edad Media la plaza más grande de mercado en Castilla. Representa la última fase de las plazas medievales castellanas y la primera de las modernas. Por su tamaño estamos ante una plaza moderna, sin embargo la presencia de la iglesia de San Antolín, orientada al este, según la dirección sacra, rompiendo la regularidad de las demás fachadas, es un testimonio del pasado, al que todavía se encuentra anclada. Hay que señalar que Medina del Campo posee una larga evolución urbana hasta llegar a la formación de la plaza. El origen del núcleo se encuentra en las proximidades del Castillo de la Mota. Alrededor de este espacio elevado, con buenas condiciones defensivas, se formó el primer recinto amurallado. Más tarde aparece un segundo recinto, que engloba el primero y que estaba constituido por numerosas iglesias y conventos, además de poseer el correspondiente caserío. En las vistas de Anton Van den Wyngaerde se aprecia la existencia de un área urbana hoy completamente desaparecida, alrededor del castillo de la Mota. La plaza Mayor actual se realiza por medio de una operación urbanística, que está relacionada con el salto del río Zapardiel por la población. La clave está en las ferias de Medina, que a finales de la Edad Media provocan un desarrollo económico y urbano inusitado. La ciudad da el salto al otro lado del río y la forma de colonizar la llanura vacía de la otra orilla se basa en una estructura claramente regular, donde las calles se crean a partir de la aparición de los puentes sobre el Zapardiel. La calle más importante de esta parte nueva de la ciudad es la “rua nueva”, una calle perpendicular al río que cruza en línea recta la llanura hasta la puerta de Salamanca. No cabe duda que cuando se asienta la feria en Medina, ésta lo hace en este lado del río, donde existe todavía espacio libre para ubicar a todos los comerciantes que acuden a la feria. La colonización del nuevo espacio se realiza rápidamente, por medio de una estructura de calles paralelas y perpendiculares al río, formando un tejido en retícula, según la cultura de fundación de nuevos núcleos que era ya bien conocida por toda la población a lo largo y ancho de Castilla. La forma de la plaza mayor de Medina es deudora de este tejido en retícula. La regularidad de la plaza es deudora también de los periódicos incendios que asolaron esa villa durante la Edad Media. Los incendios eran muy frecuentes en las ciudades castellanas, a causa de la materia con la que estaban hechas las casas, la madera. El fuego, una vez prendía en una casa, se propagaba a las demás dependiendo de la dirección del viento. Las reconstrucciones eran normalmente en el sentido de restituir lo que había en su anterior estado. No obstante en Medina se pone en marcha a principios del siglo XVI diversas medidas para impedir la propagación del fuego. Entre ellas hay que destacar la construcción de cortafuegos, gruesos muros de ladrillo de gran altura perpendiculares a la calle, cuyo objetivo era impedir la trasmisión del fuego de una casa a otra. Esos cortafuegos fueron sin duda un factor de regularización de la plaza. La plaza mayor de Medina del Campo es sensiblemente rectangular. Tres de los lados están formados por el caserío, casi todo él porticado. En el lado sur se encuentra la Colegiata de San Antolín. Su fachada en sombra ofrece el altar de la “Virgen del Populo”, un altar abierto en el cual se celebraba misa los días de feria para que los comerciantes pudieran cumplir sus obligaciones religiosas sin tener que abandonar sus bienes y negocios en la plaza. La torre de la iglesia forma también una fachada singular dentro de la uniformidad de las casas. Llama la atención en este templo la fachada abierta expresamente a la plaza y especialmente la presencia a su lado del edificio municipal. Sin embargo las fachadas con mayor protagonismo son las de las casas y en particular la que se encuentra en el lado oeste, la más regular. En la plaza de Medina del Campo hay que subrayar que siendo una plaza regular, no es el producto de la sustracción de una manzana, sino que su forma y su tamaño dependen del espacio que demandaba la actividad de la feria. En Medina del Campo la plaza regular se independiza del tejido urbano y cobra vida propia. Del claustro monacal a la plaza. Del edificio a la ciudad La transformación de la plaza medieval pasa por la evolución del espacio medieval público, de manera que el orden de la edificación, de la arquitectura, que es propia de los espacios interiores de los edificios, se trasmiten al espacio público. De ese modo se da la trasposición de un orden arquitectónico propio de un solo edificio a un conjunto de edificios, que funcionan como un grupo unificado, coordinado, por un orden arquitectónico repetitivo. La guía de este proceso para formar la plaza renacentista es la trasposición del claustro del monasterio a la plaza pública. El claustro de los monasterios, cuadrados y rodeados de pórticos, son un modelo edificatorio que se traspasa a la plaza pública. Efectivamente, se trata de un fenómeno que nos habla de la extensión a toda la ciudad de la forma de los edificios. Se trata de plazas que tienen dimensiones similares a los más grandes patios de los palacios o claustros de los conventos de la ciudad y que incorporan a la planta regular, una fachada unificada con pórticos o soportales que imita las columnas de los claustros o patios interiores. Es la idea paladiana de la ciudad tratada como una gran casa. La plaza así construida se pone como muestra y símbolo de la vida social. Es una plaza de reunión, de encuentro, con una parte central sin pavimentar, destinada a la circulación de animales y carros, y las zonas de los pórticos bien pavimentadas, para los viandantes. Un aspecto importante en la superación de la plaza medieval es la recuperación de las plazas del mundo clásico, a través de los tratados de arquitectura y el estudio de las ruinas romanas y griegas. La plaza renacentista es en cierta medida la trasposición e interpretación de los foros romanos descritos por Vitruvio y Alberti y recreados por la imaginación de los arquitectos del siglo XIV ante la vista de las ruinas romanas. En efecto, en el Renacimiento se sintetiza el pensamiento de los romanos a través de la obra de Vitruvio. La civilización romana se estudia a través de las ruinas y los tratados. En “Los diez libros de arquitectura” de Alberti se recoge gran parte de los conocimientos de la época, transcribiendo en gran medida los planteamientos de Vitruvio. Respecto a las plazas, Alberti establece en el libro octavo que “los Griegos hazian la placa quadrada, y la rodeauan con portales grandifsimos y doblados, adornauan la con columnas, y architraues de piedra, y encima de los cobertizos hazian paffeaderos”. Y más adelante sobre los romanos: “Entre nueftros Italianos la anchura de la placa tenia dos tercios de la longura, y porque por vieja ordenánca fe mirauan de alli los juegos de la efgrima, fe poniá en el portal las columnas algo raras, y al derredor del portal se ponian las tiendas de plateria, y encima en los fobrados enmaderados fe aparejauan las cofas que feruian para las rentas publicas”. A través de esta traducción al castellano antiguo del libro de Alberti, podemos observar los conocimientos que se difundieron sobre las plazas romanas durante el Renacimiento. En el siglo XV nace en Italia una nueva ciudad, las llamadas ciudades-república. En ellas tiene lugar una serie de cambios económicos y políticos, de modo que aparece una nueva forma de poder urbano, que requiere una nueva relación entre el señor y los ciudadanos. Un elemento central en esa nueva relación es el espacio público. La ciudad medieval, tradicionalmente de espaldas a la calle se transforma y empieza a variar la forma de relacionarse con el espacio público. Los palacios se civilizan, dejan de tener ese ceño de castillo dentro de la ciudad y empiezan a mostrar el lujo, el poder económico, la magnificencia de los aristócratas, sus propietarios, en las fachadas. Para conseguir ese cambio de imagen se vierte el interior de las casas hacia la calle, se abre la casa y sus espacios interiores y su riqueza hacia lo público, se saca a la luz su ornamentación. En este cambio también participa la iglesia, sacando a las portadas de las iglesias las imágenes que antes estaban expuestas exclusivamente para el culto en el interior del templo. Al mismo tiempo se recupera la cultura clásica, de la que se hace una nueva lectura. Todo ello no sería posible si no se hubiese producido un gran paso adelante hacia la seguridad dentro de las ciudades. La calle empieza a ser un lugar algo más seguro que antes. Los edificios de la ciudad, que antes no tenían ventanas a la calle, sino estrechas rendijas a través de las cuales apenas podía distinguirse una forma humana, se amplían y las fachadas de los palacios se llenan de ventanas y balcones, muchos de ellos todavía con celosías, que permiten ver desde dentro sin ser vistos, o al menos reconocidos, desde la calle. Ese efecto de sacar la casa al exterior, esa nueva forma de entender la ciudad se materializa en el pórtico, pieza esencial de la convivencia urbana. El pórtico del foro romano, que se convertirá en nuestro soportal de las plazas mayores, proviene de la arquitectura, es una forma de cubrición que permite protegerse de la lluvia y el sol, que facilita el comercio y hace soportables las largas horas de trabajo del comerciante. Es una prolongación de la casa, es un elemento de transición entre la casa y la calle. Además el pórtico es pavimentado de modo que se convierte en un espacio público transitable y contrasta con los barros de la calle. Estos elementos, mayor seguridad en la calle, cambio social, cultura clásica, nuevo papel de la arquitectura como trasmisor de ideas sociales, cambian por completo la plaza medieval. Las plazas latinoamericanas La colonización española en el continente americano empieza en Centroamérica, donde tienen lugar los primeros encuentros entre españoles e indígenas. Los primeros procesos de colonización se producen en las Antillas y solo a partir de la conquista de Méjico comienza de forma sistemática una organización urbana que se acompaña con una organización institucional. Existía una cultura indígena con un desarrollo innegable, evidenciada en los asentamientos precolombinos, normalmente con significados religiosos. Los grandes complejos religiosos de Centroamérica concentraban la cultura espacial y arquitectónica más significativa. Las grandes pirámides mayas de Tikal, por ejemplo, son una muestra de dicha cultura. Se trata de enormes complejos religiosos, cuya construcción tuvo que llevarse a cabo necesariamente con técnicas de planimetría muy desarrolladas. Los aztecas tenían también grandes asentamientos ceremoniales, de naturaleza religiosa. Se sabe que había un conocimiento de la cuadrícula, que se aplicó en trazados urbanos, como es el caso del trazado precolombino de Cholula. Los aztecas llevaron a cabo la creación de núcleos de población en los siglos anteriores a la colonización española, en lo que podría llamarse un proceso de colonización en menor escala. Los Incas, en los Andes, también tenían una cultura espacial y su actividad expansionista les había llevado a desarrollar una cultura de importancia. Los españoles utilizaron dicha cultura de manera muy diversa, en algunos casos se apropiaron de ella y la adaptaron a sus necesidades, en otros casos la ignoraron y ésta quedó en el olvido, hasta que la arqueología la volvió a sacar a la luz. El proceso de colonización en América se produjo como una continuidad de la cultura de colonización española en la Reconquista y la Repoblación. Se ha discutido abundantemente que la cultura indígena en América Latina tenía ya una cultura espacial muy perfeccionada. Es cierto, si bien la cultura que se aplicó fue la que se había desarrollado en España durante los siglos anteriores. Se trataba de una cultura caracterizada por la ocupación del espacio por medio de centros urbanos, que poblando un territorio, lo defendían. Esto significa que la colonización española dio lugar a un sistema unificado de fundación de ciudades, de ocupación territorial, de explotación de los recursos naturales, de uso de la población indígena. La cultura indígena se introdujo en este sistema de la misma manera que se había incorporado la cultura musulmana en la cristiana, a través de los artesanos, a través de los oficios de la albañilería. De la misma manera, en la época inmediatamente después del descubrimiento se inicia la ocupación del territorio y la fundación de ciudades en Hispanoamérica, caracterizado por la rapidez con que fueron levantadas muchas de ellas, como corresponde a una sociedad que sabe bien la lección y la lleva a cabo con eficacia. No obstante el tamaño de las tierras descubiertas era tan desmesurado en comparación con el espacio español, que el sistema tenía que ser revisado y adaptado a las nuevas condiciones. La maquinaria de conquista y colonización española funcionó relativamente bien en los primeros episodios, en el espacio de las islas del Caribe y sus costas, donde se realizaron los primeros asentamientos urbanos. Sin embargo fue en Méjico, posteriormente en El Perú y más tarde en todo el continente donde surgió el modelo de ciudad americana con un trazado reticular uniforme que se identifica con el urbanismo hispanoamericano. La llegada de los españoles se realiza a través del mar, con lo cual, en estos primeros momentos la importancia de los puertos es esencial y la elección de los primeros asentamientos está en relación con su capacidad para fondear con seguridad los barcos, que son el medio de transporte con la metrópoli. Hay en la cuestión de la cultura naval y portuaria uno de los ingredientes básicos de la colonización en la primera época. Ese es un elemento enteramente nuevo en la colonización americana, que no se da en la Repoblación. Sin embargo los españoles utilizaron los sistemas de comunicación territorial existentes, los caminos que el indio había trazado, prácticamente sin cambios. La diferencia consistió en las ciudades, es decir, en una civilización basada en la cultura urbana y en la utilización de unos caminos frente a otros, en la constitución de una red de caminos que unían las ciudades. Ciertamente esos caminos ya existían con anterioridad en la mayor parte de los casos, el cambio consistió en privilegiar unos sobre otros, aquellos que unían las ciudades entre sí, ya que la verdadera labor de colonización se produjo con la fundación de las ciudades. La colonización española establece una red de núcleos urbanos conectados entre sí, lo que representa en gran cambio. En efecto, la acción esencial de la colonización española en la ocupación del territorio fue la fundación de las ciudades. Las ciudades establecieron una ordenación del espacio circundante, marcaron los caminos de comunicación entre ellas, establecieron las relaciones entre el campo y la ciudad. La civilización implantada en América fue urbana y las ciudades nuevas se convirtieron en el eje fundamental de la presencia hispana. La ciudad implantada por la colonización española fue muy uniforme, con una cuadrícula de dimensiones similares en todo el continente. La técnica del trazado era muy elemental, calles rectas, trazadas a cordel, con fachadas paralelas, con independencia de la orografía del lugar y encuentros perpendiculares. Como resultado de esta cuadrícula de calles surgen las manzanas cuadradas. La sustracción de una manzana en el centro de la ciudad da lugar a la plaza. La parcelación que se utiliza en las ciudades americanas es la que ya se empleaba en las fundaciones tardías de los Reyes Católicos en Andalucía. También esta parcelación se utilizó con anterioridad en las Ordinacions de Mallorca. Cada manzana se dividía en cuatro parcelas iguales. Cada parcela se entregaba a un cabeza de familia y su nombre aparece escrito encima de la parcela, como ocurre en Mancha Real, por ejemplo. La parcela así definida tenía fachada a dos calles, utilizando la esquina. Esta formulación se utilizó durante más de cuatrocientos años en numerosas fundaciones. Tal modelo de ciudad fue difundido por todo el continente y su vigencia se prolongó más allá de la dominación española, de modo que se siguieron fundando ciudades con parecidas fórmulas después de la Independencia. El modelo de ciudad es bastante sencillo y tiene una serie de variantes que le hacen adaptable a diversas circunstancias. Su eficacia radica en la sencillez del trazado del sistema vial y de la parcelación, la simplicidad de su plano, el trazado geométrico en el que las calles rectas se cortan formando manzanas trapezoidales, rectangulares o cuadradas que son las más generalizadas, así como el destacado papel de la plaza mayor dentro del mismo. La facilidad de control en caso de conflicto dio la respuesta lógica de los modelos ortogonales. Estas nuevas ciudades tenían una densidad baja. Estaban abiertas hacia un territorio, sin límites, en rotundo contraste con los intrincados y laberínticos trazados de la morfología de las ciudades medievales europeas, de las que precedían los fundadores. La regularidad en las ciudades de nueva fundación se aprecia desde las primeras ciudades. Tal es el caso de San Juan de Puerto Rico, La Habana, o Santiago de Cuba. Ya en estas primeras fundaciones en las primeras décadas del siglo XVI aparece la retícula con una plaza regular en el centro. Las defensas acompañan a estas primeras ciudades, especialmente en relación al peligro proveniente del mar, en las entradas a los puertos y en las bocas de las dársenas. Cartagena de Indias es uno de los ejemplos mejor conservados. Fue fundada en la primera mitad del siglo XVI por Don Pedro de Heredia en el poblado de Calamarí que había sido abandonado por los indígenas. Su trazado muestra cierta irregularidad al adaptarse al espacio ocupado en una estrecha manga de tierra rodeada de agua, si bien en el plano de 1594 levantado por Bautista Antonelli enseña ya un modelo urbano con calles relativamente rectas, manzanas trapezoidales y plaza central. Sus murallas dan testimonio de la procedencia del enemigo, por el mar, y el papel de esas primeras ciudades como puntos de defensa y refugio naval, así como comunicación con la metrópoli. El segundo escalón en el proceso del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo es el de los nuevos núcleos fundados en “Tierra Firme”, ya en el interior del continente y en especial los creados en Centroamérica. Es el caso de Méjico, Oaxaca, Mérida, Puebla, Guadalajara y Salamanca en la segunda y tercera década del XVI en el Virreinato de Nueva España. En América del Sur se llevaron a cabo también importantes fundaciones urbanas: Quito, La Plata, Santiago de Chile, Lima, Loja, Buenos Aires por citar algunas. Alrededor de 60 ciudades fueron fundadas en los 20 primeros años del siglo XVI. Más de 400 durante el siglo XVI. Alrededor de mil ciudades nuevas fueron creadas hasta la independencia a principios del siglo XIX. Todas estas ciudades aplicaron un mismo modelo urbano, que se consolida en América a lo largo del siglo XVI. Las leyes de indias La promulgación de unas leyes describiendo con gran exactitud cómo habían de ser realizadas las nuevas ciudades expresa la importancia que tenían las políticas de población en América para la monarquía española. Toda la tarea de asentamiento de nueva población y conformación de estructuras urbanas y territoriales en las nuevas tierras tuvo un papel trascendental, enmarcado dentro de las disposiciones jurídicas que se dictaron a medida que el proceso del descubrimiento, conquista y colonización avanzaba. La labor reguladora que llevó a cabo el poder real pone de manifiesto un importante conocimiento del proceso poblacional que se estaba llevando a cabo, así como la voluntad de regularlo y darle eficacia. Hay algunos textos en la Edad Media en el que se establecían algunas reglas para el trazado de ciudades, en fueros y cartas puebla. El antecedente más completo de estas leyes de fundación que nos ha llegado en un texto escrito lo podemos encontrar en las Ordinacions mallorquinas de 1300, que comportaba además de las nuevas ciudades, el reparto de tierras para su cultivo y la ordenación del territorio circundante, tomado de la centuriación romana. Los Reyes Católicos ya habían establecido disposiciones para la fundación de ciudades y especialmente en la Instrucción de Fernando el Católico a Pedrarias Dávila dada el 2 de agosto 1513 en Valladolid para la repartición de solares “según las calidades de las personas e sean de comienzo dados por orden”. Sin embargo las disposiciones conocidas como Leyes de Indias de 1573 representan una regulación mucho más perfecta, con una idea más clara del proceso de fundación y del objeto que se persigue, de ahí su gran trascendencia histórica. Se trata de uno de los primeros textos de normas jurídicas sobre ordenación urbana. Sin embargo la creciente influencia de la cultura académica en la corte de Felipe II es uno de los factores más importantes a la hora de valorar la nueva cultura urbana, tanto en América como en Europa. Efectivamente en España se traducen los tratados de arquitectura de Vitrubio en 1565, Serlio en 1563, Alberti en 1582. Estos libros también llegan a Méjico, Lima, Quito, y son usados por las órdenes religiosas que reproducen con gran exactitud algunas fachadas en piedra en sus conventos. Las Ordenanzas de Descubrimiento y Población, conocidas como Las Leyes de Indias fue un conjunto de normas en relación a las instrucciones establecidas en el proceso de conquista y población realizado en las décadas precedentes. En ellas es muy notable el peso de las ideas renacentistas sobre la ciudad, conocidas por medio de los escritos de Vitrubio y Alberti, que ya hemos comentado anteriormente. El punto de partida de la nueva ciudad siempre era la plaza mayor. Se elegía la ubicación de la plaza en primer lugar, se trazaban y delineaban a regla y cordel las calles, mediante paralelas y perpendiculares cruzadas en ángulo recto hasta el límite del terreno disponible, formando un damero. Las plazas mayores estaban en el centro rodeadas por edificios representativos en los que se asentaba el poder religioso e institucional. La plaza era así el centro urbano y el centro institucional. Un aspecto singular en las ciudades latinoamericanas era que no tenían muralla. Esto es una condición que las distingue de las ciudades medievales y renacentistas europeas. Efectivamente en todas las ciudades europeas la muralla era un elemento extraordinariamente potente, por su presencia material y por la limitación de recorridos. La excepción a esta regla de ciudades sin murallas eran los puertos, fuertemente amurallados ante la amenaza que venía del mar. Se cita la presencia de puertas de la ciudad, pero la seguridad del lugar no exigía murallas como las medievales. Cartagena de Indias, el puerto de entrada de La Habana, el Morro, son ejemplos que ponen de manifiesto la procedencia del enemigo. Las dimensiones concretas de estos espacios se dejaban al buen criterio de los fundadores. Anchuras de las calles, dimensiones de las plazas variaban en función del tamaño del lugar, la importancia de la población o de otros factores. La plaza de la ciudad sigue la ley de las ciudades castellanas. Son el producto de la sustracción de una manzana, que no se construye, sino que se reserva para constituir el espacio libre central. Como el tejido había sido proyectado con manzanas cuadradas, la plaza resultante era cuadrada. En sus cuatro esquinas se encontraban las cuatro calles que allí confluían. En ese lugar se reservaban parcelas para los edificios institucionales, la iglesia, el cabildo. La plaza en la ciudad latinoamericana no tiene una fachada homogénea, al contrario, desde el principio está concebida como la suma de las fachadas de las distintas instituciones que allí van a tener su sede. De todas ellas la iglesia es la más importante. En las Ordenanzas de Felipe II de 1573, se establecía la forma de disponer los solares y la jerarquía de los edificios: “En la placa no se den solares para particulares, dense para fábrica de la iglesia y casas reales y propias de la ciudad y edifíquense tiendas y casas para tratantes y sea lo primero que se edifique”. La iglesia es una institución que ya tenía un gran dominio en España, pero que acrecienta su poder en la América colonial. El protagonismo de la iglesia en numerosos campos es indudable. La presencia de órdenes religiosas en los primeros momentos de fundación se pone de manifiesto en ciudades como Quito, en la que los franciscanos y los dominicos son los primeros que eligen ubicación y constituyen el centro de la futura ciudad. La cuestión es que la iglesia y especialmente algunas de las órdenes religiosas más activas, tenían una enorme capacidad económica y organizativa, y además tenían una cultura propia de cada orden en lo relativo a la fundación de nuevas ciudades. Franciscanos y más tarde jesuitas, tendrán un gran protagonismo, que va más allá de la mera forma de las nuevas ciudades, sino que se pone en relación con las utopías de tipo social que ya apuntan en El Crestia de Eiximenic. Una cuestión a considerar de las plazas americanas es el tamaño. Se dice en Las Leyes de Indias que la plaza ha de ser proporcional al tamaño de la ciudad que se funda. Pero lo que el Rey no podía imaginar era la desproporción entre el viejo y el nuevo mundo. Ninguna plaza de las poblaciones españolas más grandes alcanza a tener el tamaño de las grandes plazas americanas como el Zócalo de Méjico. ¿Por qué esa desproporción entre el tamaño de las plazas españolas y las americanas? Efectivamente, hay un salto cualitativo en el nuevo tamaño de las grandes plazas americanas. A tenor de las Leyes de Indias la plaza tendría las dimensiones de un rectángulo de 200 x 300 pies como mínimo (55 x 82,5 metros) y 530 x 800 pies como máximo (145,75 x 220 metros), si bien los fundadores podrían variar estas dimensiones para adaptarse a las condiciones concretas de cada lugar. Las plazas de las primeras poblaciones cumplen holgadamente esta norma. No obstante, el Zócalo de Méjico desborda esa norma y se sitúa en la época de su fundación en la mayor plaza del mundo. La plaza de Méjico es un gran rectángulo vacío de 300 por 250 metros de lado. Ninguna plaza europea tenía esas dimensiones en aquella época. Dichas dimensiones solo se pueden explicar por el cambio de escala entre el viejo y el nuevo continente, por la creación de una sociedad más jerarquizada que la española, por la presencia de un poder más concentrado. Se trata de un gran espacio vacío, rodeado de edificios entre los que destaca la Catedral. El espacio formado por la plaza es el verdadero centro de la ciudad mejicana. Como en otras plazas americanas los edificios que rodean la plaza no tienen un tamaño que acompañe a la amplitud del espacio libre, sino que son relativamente independientes del espacio que tiene enfrente. Es curioso como en América no prosperó el modelo de plaza con soportales. En la mayor parte de las plazas españolas, ya a finales de la Edad Media, tenían soportales y en especial las de mercado. Es el caso de Aranda de Duero, donde aparece en su plano de 1503 la mención de los soportales en las casas apoyadas contra la parte sur de la muralla. Según la idea, expresada en Las Leyes de Indias, las plazas deberían dejar solares para los mercaderes, a los que se debía dar preferencia, con el objeto de fomentar el comercio, tan importante en la España de la época. Sin lugar a dudas fueron los soportales un elemento llevado a las plazas por los comerciantes, para protegerse de las inclemencias del tiempo. ¿Por qué no son nada frecuentes los soportales en las plazas americanas? La respuesta está unida a la forma que tiene el mercado en la ciudad española y en la ciudad latinoamericana y sus grandes diferencias. La plaza latinoamericana estaba destinada a los poderes institucionales desde su inicio, el mercado tenía lugar en la plaza, en el interior de la plaza, pero no había sitio en ella para los comerciantes y los artesanos. Por el contrario la plaza española es desde sus inicios un espacio creado por el mercado, y más tarde se incorporan las instituciones, especialmente el Ayuntamiento. Es cierto que en ambas los productos de la tierra eran traídos y vendidos en la plaza y una vez pasada la feria el campesino volvía a marcharse. Sin embargo el artesano tenía su sede en la plaza y el comerciante de telas, joyas o especias tenía su tienda y su vivienda en la plaza española. No era esa la situación de las ciudades americanas. La plaza americana es una plaza donde domina la iglesia, ya sea con la catedral como es el caso de El Zócalo de Méjico o con el convento, como se aprecia en la plaza de San Francisco y Santo Domingo de Quito. Las plazas de Latinoamérica son plazas donde los poderes fácticos tienen su asiento. La funcionalidad de la plaza mayor La plaza de San Francisco de Quito fue antes de la llegada de los españoles un lugar sagrado, de reunión y comercio de los indios quitos. Los franciscanos usaron ese espacio para ubicar su monasterio, en un emplazamiento verdaderamente singular, al pie del Panecillo, ese montículo que domina toda la ciudad. Como demostración de su poder, ya sea como orden religiosa o como poder económico en el Quito colonial, basta observar que la plaza es rectangular, y el monasterio, rompiendo la cuadrícula, ocupa toda la fachada del lado más largo. Es importante destacar la segregación que la sociedad colonial establecía, al crear una ciudad de españoles y otra de indígenas. Esa segregación impedía la ubicación de los indígenas en edificios ubicados en el área de los españoles, con lo que los indígenas se veían obligados, aquellos que querían vender sus productos en la ciudad de los españoles, a realizarlo en la calle o en la plaza, en el espacio público, sin un lugar fijo. Los españoles tenían sus palacios en la plaza o sus proximidades, mientras que, como terratenientes, tenían en el campo sus estancias. En la plaza de San Francisco de Quito hay que destacar la posición del convento, elevado sobre una plataforma, de modo que para acceder al templo se sube por una gran escalinata. Felipe II hubiese dado el visto bueno a tal emplazamiento de haberlo conocido. Frente a la fachada del convento, que domina el espacio de forma clara, se encuentra la función del mercado. El mercado congrega todavía hoy gran cantidad de gente, llenándose el espacio en su totalidad, para ofrecer o comprar todo tipo de productos. Pero la fachada del convento acoge en uno de sus laterales una iglesia para adoctrinar a los indígenas, para enseñarles la religión. Una situación similar ocurre en la plaza de Santo Domingo, también de Quito. El convento de Santo Domingo también domina la plaza, ocupando una de las fachadas de la misma. El poder de la orden de Santo Domingo, los dominicos, posibilitó la ocupación de un espacio privilegiado y la construcción junto con el de San Francisco antes citado, de uno de los monumentos más tempranos de la colonización española en América. La diferencia entre la tarea de colonización de la iglesia y la del resto de los españoles que se desplazaron a América es que para muchos miembros de la iglesia, no todos, los indígenas eran la razón de ser de su estancia allí, el objetivo de su labor, convertirles al cristianismo, mientras que para los segundos los indígenas eran mano de obra barata y a veces ni eso. De ese modo es bien fácil observar esa dualidad de la acción española en América, por un lado trasmisora de cultura y civilización y por otro depredadora y destructiva. La plaza mayor de Valladolid El interés de la plaza mayor de Valladolid radica en varios aspectos, que le dan un valor clave en la evolución de la plaza. En primer lugar, la plaza de Valladolid es un espacio producto de una reforma urbana, de modo que sobre una plaza irregular de origen medieval se inserta, se engarza un espacio regular que proviene de la cultura de fundación de nuevas ciudades. Pero, ¿de qué cultura de fundación estamos hablando? Es necesario que nos refiramos a varias, de procedencia diversa. En primer lugar de la cultura de fundación de nuevas ciudades que se había desarrollado en el área más próxima, la zona castellana. Es decir, la cultura que había producido ejemplos como Aguilar de Campos, Briviesca y Medina del Campo. Por otro lado existía la cultura de fundación de ciudades que provenía de los desarrollos urbanos en las áreas conquistadas en Andalucía, en la última fase de la Reconquista, como Mancha Real o Santa Fe. Todas estas fundaciones estaban también relacionadas con las francesas, las italianas y las mallorquinas. Por otro lado, no es posible ignorar que en 1561, cuando se produce el incendio que provoca la reforma de la plaza medieval de Valladolid, se están fundando nuevas ciudades en el continente americano. Esa actividad de creación de nuevas ciudades en América genera en la Corona española una voluntad de regulación de sus condiciones. Necesariamente ese pensamiento sobre las características de la nueva ciudad se vería reflejado en el pensamiento sobre las ciudades de la metrópoli y en varias acciones sobre éstas. La influencia es de ida y vuelta, es decir, la experiencia española se lleva a América y allí se pone en práctica, pero inmediatamente vuelve dicha cultura enriquecida con las experiencias americanas y las aportaciones de la cultura indígena. El incendio de Valladolid es la oportunidad que tiene el rey Felipe II de aplicar los resultados de los debates y las teorías que sobre la ciudad se elaboran en relación a las lejanas fundaciones en América, pero esta vez en un lugar próximo: Valladolid, la ciudad donde nació el rey. No obstante la experiencia de Valladolid posee otros ingredientes que la hacen única. La Plaza Mayor de Valladolid tiene un factor excepcional, que es la unificación de la fachada. Es decir, las plazas hasta ese momento eran espacios regulares en planta, dibujados sobre el suelo, pero no tenían una tercera dimensión. Mucho menos las plazas americanas, que se encontraban en construcción. La plaza de Valladolid incorpora el soportal, con una detallada disposición de columnas, pilastras, capiteles y basas que provienen de la arquitectura clásica y que define la Corona para todos los ciudadanos que construyan en la plaza y sus aledaños, de forma obligatoria. Junto a esa disposición del soportal se define el orden arquitectónico de la fachada, por encima del soportal, con la regulación de su altura, huecos, ornamentos, cornisa, etc. La uniformización de esas fachadas tiene su origen en los tratados de arquitectura clásica, los de Vitrubio y Alberti, y es deudora de determinados acontecimientos de la arquitectura del Renacimiento, como pueda ser la plaza del Campidoglio, de Miguel Angel. De hecho es sorprendente que Las Leyes de Indias, el texto que elabora el rey y sus arquitectos tiene un gran parecido con las publicaciones que sobre ciudades se habían hecho públicas en aquella época. Es decir, poseen varios elementos comunes como una cierta generalización en sus reglas, una falta de referencias prácticas a casos concretos, la falta de consejos prácticos sobre materiales que denoten un conocimiento de los materiales en las tierras del Nuevo Mundo. Valladolid es un experimento, es un laboratorio, en el cual se ponen en práctica en una ciudad conocida las teorías que se discuten en esos años en la redacción de las Leyes de Indias sobre ciudades que están naciendo. La incrustación de una plaza regular en un espacio irregular, que tiene origen en una extensión de una villa medieval es una operación con muchos matices. Por un lado es la aplicación de unas teorías que se están discutiendo, por otro lado está la referencia a los casos concretos que eran conocidos en España, Briviesca, Medina del Campo, Mancha Real. Pero hay más, junto a ese conjunto de ideas y experiencias sobre plazas, se da el fenómeno singular que hemos de denominar de gestión de la ciudad. Por citar un ejemplo, se crea una lotería especial en Valladolid para financiar las expropiaciones de aquellos propietarios que han de perder suelo con la regularización de la forma de la plaza. En relación a la clara relación de la plaza de Valladolid y Las Leyes de Indias, que se harían públicas pocos años después, baste citar el artículo 112, en el que se establecen las dimensiones y la forma rectangular que la plaza debía tener: “La placa que sea un quadro prolongado, que por lo menos tenga de largo vna vez y media de ancho porque desta mana es mejor para las fustas de a cauallo y qualesquiera otras que se ayan de hazer”. Esta norma proviene directamente de Vitrubio y se transcribe de forma casi literal. Y la plaza de Valladolid, con alguna irregularidad imperceptible, es de largo, vez y media el ancho. Sin embargo la aplicación práctica fue más complicada. Las fiestas ecuestres eran muy populares, requerían sin duda un espacio rectangular propio para esa actividad, que tenía su antecedente en la forma de los circos romanos que originaron plazas medievales rectangulares como la Piazza Navona en Roma. Sin embargo esa regla es perfectamente aplicable al área incendiada de Valladolid. Se crea una plaza de proporciones sesquiálteras, de seis cuadrados, dos por tres. La misma proporción que se utilizaba para los retablos de las iglesias. Casi la proporción áurea. Y al mismo tiempo se mantiene un área de gran longitud, la Acera de San Francisco, con el objeto permitir esos juegos ecuestres. La ordenación de la plaza incorpora el Ayuntamiento en un lugar preeminente. Se ubica en la zona central del lado norte, con alturas adecuadas a la forma de la edificación doméstica. Y el proyecto del Ayuntamiento lo realiza Juan de Herrera. La ordenación de la plaza Mayor de Valladolid regulariza no solamente la plaza, sino también el conjunto de calles y plazas aledañas, tales como la calle Platerías, la Fuente Dorada, el Corrillo, la plaza del Ochavo, la Especería, Cebadería, etc. En esos espacios la ordenanza del soportal se modula según las distintas circunstancias, de manera que las pilastras, que forman parte de la ordenación en los soportales, salen a la fachada cuando estos desaparecen, al no tener la calle condiciones para incluirlos, como es el caso de Platerías. Se está construyendo así una ciudad homogénea, de fachadas que siguen una misma proporción, un mismo orden, aunque no sean iguales. De esa manera Valladolid es la primera plaza regular, que se construye teniendo en cuenta la planta, de forma rectangular y las fachadas, todas ellas uniformadas. Igual altura, iguales columnas, iguales pilastras, igual soportal, igual número de plantas. Una fachada unitaria que se percibe como un solo edificio. Además, las calles y plazas que la rodean son también regularizadas por medio de la ampliación de las angostas calles medievales y la creación de nuevas calles de fachadas paralelas y plazas con formas geométricas, ochavos, triángulos, rectángulos, reformando la irregularidad de la ciudad medieval con la geometría. Esa uniformidad es la expresión del poder de la monarquía española, pero también es la expresión de sus deseos y temores, en unos reinos en los que había prendido el protestantismo y la ruptura. Baste recordar que la lucha contra el protestantismo, que llevó a cabo el rey Felipe II con tanto ahínco, tuvo su punto culminante con un gran Auto de Fe en la misma plaza de Valladolid, con el que se pretendía dar público castigo a aquellos que se habían apartado de la doctrina católica. La plaza Mayor de Valladolid, esa joya de la arquitectura, ha sido objeto de un importante número de agresiones, entre las cuales el aparcamiento subterráneo en su interior no es la más pequeña. Desde el siglo XIX se viene desvirtuando su unidad, con incorporaciones de arquitecturas a veces dignas, otras no, pero siempre inconscientes del valor histórico y arquitectónico del lugar. La plaza según Felipe II y las plazas americanas Los conceptos de disciplina y orden eran para Felipe II los grandes hallazgos de la sociedad del XVI, que empezaba a valorar la eficacia de un ejército en oposición a otras consideraciones apoyadas en conceptos como el del valor. Fue el primer rey español (y europeo) que dirigió su reino desde el despacho, por medio de escritos y órdenes, en contraposición a la forma según la que gobernó su padre, asistiendo personalmente a los lugares donde se celebraban los acontecimientos trascendentales para el gobierno, ya fuesen éstos grandes celebraciones o grandes batallas. Para el rey burócrata la arquitectura tenía necesariamente que tener un papel ordenador. De ese modo propició la monumentalidad arquitectónica en sus obras y la ordenación de las ciudades no fue otra cosa que una característica de su manera de gobernar. Con la regularización de la arquitectura se manifestó la prevalencia del orden social en la ciudad, la funcionalidad y la razón práctica. Bajo su reinado se codificó el espacio social y las plazas mayores que construyó, como aquellas otras que al regularlas, ayudó a construir, tenían por finalidad facilitar la nueva función social del espacio cívico. Así, la plaza mayor de Valladolid, y la no finalizada del Zocodover, en Toledo, muestran la idea de una ciudad proyectada, en la cual las relaciones entre los vecinos y el rey se expresan en el orden arquitectónico, donde la plaza de fachadas homogéneas es una representación de la sociedad uniforme, ordenada, sumisa, la que quiere ver el rey. Las plazas mayores españolas de la época de Felipe II muestran ya el inicio de la diferenciación de plazas a un lado y otro del océano. En ese momento las ciudades españolas y americanas son incomparables entre sí, y si bien tienen un tronco común bien identificable, la realidad es claramente diferente en uno y otro lugar. Mientras en España hay una red de ciudades sólida, en América esa red se está fundando todavía a finales del siglo XVI. Mientras en España hay una sociedad civil que usa la plaza, en América esa sociedad no existe y tardará un tiempo en formarse. Por ello las plazas en uno y otro lugar divergirán en sus evoluciones respectivas, aunque tengan un tronco común. De una manera o de otra la labor de fundación de ciudades definió una cultura urbana. Ya fuera en Castilla la Vieja, en el Señorío de Vizcaya, en Andalucía o en América, lo cierto es que aplicar la cuadrícula como solución práctica y funcional, posibilitó una forma de (entender la) ciudad, por un lado equitativa, por otro eficaz, tanto en la colonia como en la metrópoli. La labor de colonización transformó también al colonizador, y las ciudades nuevas modificaron las viejas. La influencia de las plazas americanas en Europa. Freudenstadt Freudenstadt es una ciudad de fundación, de planta cuadrada, realizada en el siglo XVII, entre otras muchas que se realizaron en Europa en aquellos años. Se empezó a construir por mandato del conde Federico I en 1599. Tiene la característica de estar realizada en función de una gran plaza central de forma también cuadrada. Fue construida en la Selva Negra, para ubicar a los protestantes expulsados de Francia. El plano fue trazado por Heinrich Schickhardt, siguiendo el modelo de la ciudad ideal de Alberto Durero de 1527. Se trata de una ciudad en la cual la gran plaza cuadrada es el centro geométrico, las calles salen de la plaza radialmente y las casas se disponen en cuatro hileras alrededor de la plaza. Es un modelo de ciudad en el cual la forma de la plaza domina decisivamente en la forma de la ciudad. El proyecto de Schickhardt contemplaba inicialmente la construcción del castillo en el interior de la plaza, si bien éste no llegó a construirse, seguramente por la ausencia de necesidades defensivas de esa naturaleza en ese momento y el sinsentido de un castillo en el interior de la ciudad, cuando lo lógico hubiese sido su construcción en uno de sus extremos, de haber sido necesario. La iglesia estaba proyectada inicialmente en una manzana no construida, pero finalmente se realizó en la primera alineación de casas, en una de las esquinas, con una forma de L. Este ejemplo tiene un gran interés a causa de la hipótesis que se ha barajado de que el modelo que inspiró a Alberto Durero en su dibujo de la ciudad ideal fue el de la ciudad de Méjico. El plano de la ciudad de Tenochtitlán había sido publicado en Nuremberg en 1524 y no es descartable que dicho plano fuera conocido por el dibujante, grabador y pintor alemán. Se trataría entonces de una influencia de “ida y vuelta”, es decir, una idea que viaja a América, atravesando el océano y que vuelve de retorno con mayor fuerza a realizarse en Europa un siglo después. La plaza, a causa de su gran tamaño, se conoce como la plaza más grande de Alemania. Ciertamente su gran tamaño ha posibilitado la construcción de edificaciones en su interior y la plantación de vegetación, árboles, parterres, senderos entre los jardines, etc. El modelo de plaza dura en el que se basaba era demasiado grande para ser finalmente respetado y en la actualidad está claramente modificado. La ciudad de Freudenstadt fue intensamente bombardeada en la II Guerra Mundial y posteriormente reconstruida con enorme respeto a la imagen tradicional. La Plaza Mayor de Salamanca La plaza Mayor de Salamanca es reconocida una vez finalizada en 1775 como la más hermosa de las plazas mayores españolas. Nos encontramos ante una plaza que a la cultura de la regularidad en las trazas se añade la arquitectura del Barroco. Como muchas otras plazas españolas, el origen es un espacio abierto, extramuros, en donde tiene lugar el mercado. Un espacio a las afueras de la ciudad, sin definir, el cual va siendo ocupado por diversos usos, esencialmente los mercantiles. A finales de la Edad Media se convierte en un importante centro comercial, donde se asientan las casas de importantes familias y es la sede del concejo. Al mismo tiempo es el escenario de grandes celebraciones. Tiene gran interés la forma en la que se va consolidando esos espacios mercantiles a partir de las edificaciones provisionales de los mercaderes, normalmente de madera. Algunas de las casitas de madera que había en la plaza también recibían el nombre de “isla de cajones firmes”, que significaba que esas construcciones eran de madera y ya estaban consolidadas, frente a las que no eran firmes, esto es eran desmontables y trasladables. Allí tenían su sede no solamente las tiendas de los mercaderes, sino también su vivienda, precariamente construida con madera, una construcción inicialmente provisional, que poco a poco se iría consolidando. Ese espacio medieval era una materia fácilmente moldeable. De modo que cuando el Corregidor don Rodrigo Caballero propone en 1728 al Municipio solicitar a Felipe V la autorización para la construcción de una plaza hay un espacio y unas casas, una materia, y al mismo tiempo hay una cultura de regularización urbana, que permite entender el rechazo de los más ilustrados a la irregularidad de la vieja ciudad medieval y la búsqueda de un espacio que exprese los nuevos requerimientos de regularidad y ornato. La argumentación del Corregidor para justificar la construcción de la plaza se basa en tres ideas, el ornato, la utilidad pública y la creación de un espacio para las celebraciones públicas. Efectivamente, señala que todos los pueblos y gobiernos han favorecido el ornato de los edificios públicos; por otro lado la utilidad pública y el bien común exigía la construcción de soportales para la actividad de los comerciantes y finalmente una plaza llena de balcones favorecería la realización de espectáculos, como los toros. Ese nuevo orden además está ya articulado a través de nuevas fórmulas técnicas: aparece el proyecto del arquitecto, Alberto Churriguera, quien dibuja las plantas, las secciones, los detalles constructivos de las bóvedas y los alzados de la nueva edificación. Y el ayuntamiento lo aprueba. La plaza se trata como si fuera un edificio, tanto en su concepción general, como en su realización material y su forma y construcción es controlada por el poder público. La Plaza Mayor de Salamanca está caracterizada, siguiendo la fórmula de la plaza de Madrid, por estar totalmente cerrada, de modo que las calles acceden a la plaza por medio de arcos. En la plaza de Salamanca se ha buscado de forma muy eficaz la supresión de toda imagen de irregularidad, de manera que la uniformidad, analizada de forma profunda, se muestra como un artificio, pero tan bien conseguido que produce la sensación de un espacio cuadrado, simétrico, compacto y cerrado. Para obtener esa idea de uniformidad geométrica se está aprovechando la dificultad que tiene un espectador desde la calle de apreciar las irregularidades de la edificación. Al mismo tiempo se pone especial cuidado en producir esa ilusión de geometría. La plaza de Salamanca se basa en una cultura de construcción de ciudades que provenía de una práctica urbana bien conocida y generalizada en España. Sin embargo las plazas de Madrid y Salamanca son ya modelos que responden al barroco europeo, es decir a una idea de regularidad urbana y a una idea de arquitectura en la fachada. Mientras en España el barroco alcanza a los espacios cívicos, en el barroco americano se para en el diseño de los edificios. La plaza española, en Salamanca, se aparta de la plaza americana cada vez más. En contraste evidente con la morfología de las ciudades europeas, en el urbanismo hispanoamericano se destaca la reincidencia de una forma clara y rigurosa de trazado urbano regular de las ciudades y plazas, que ha restringido en gran parte la apariencia urbana del continente americano, caracterizada por el orden y la lógica de su formación básica. La plaza mayor regular se generaliza en España a partir de estos ejemplos, y las plazas de Valladolid, Madrid y Salamanca se convierten en el modelo a seguir. En cada ciudad se intenta crear con mayor o menor fortuna una plaza regular de esas características. Algunas ciudades se dotarán de plazas verdaderamente excepcionales. La plaza de León, la de Vitoria, la del Cuadrado de Córdoba, se realizan siguiendo las directrices establecidas en esos ejemplos. Las plazas escenográficas Muchas plazas medievales evolucionaron hacia plazas escenográficas. La característica de muchos pueblos y ciudades fue que no tenían un espacio suficientemente amplio para las celebraciones públicas, como no fuese el que se utilizaba para las ferias: la plaza de mercado. De ese modo se configuraron las antiguas plazas de origen medieval, las grandes plazas de mercado en plazas cívicas y para los espectáculos. Los espectáculos públicos eran de muy diversa naturaleza: actos religiosos al aire libre, como las procesiones, juegos de todos los tipos, con caballos, como los torneos, pero también de habilidad de los jinetes, de exhibición del dominio del caballo. Cualquier acontecimiento que precisara de gran espacio se llevaba a cabo en la plaza. Y en especial hay que señalar la fiesta de los toros. Cuando decimos la fiesta de los toros no debe de entenderse la que se celebra hoy día, las corridas actuales, ya que estas últimas son el resultado de un espectáculo depurado, que se ha ido refinando, en el que se le ha eliminado gran parte de los contenidos más sangrientos y crueles de las celebraciones de la Edad Media, que eran muy desordenadas y extremadamente participativas. Hoy interviene el torero y su cuadrilla, cuando antaño era el pueblo entero el que formaba parte del espectáculo. Dentro de ese contexto las plazas de mercado fueron reutilizadas para esos espectáculos y se transformaron paulatinamente en un gran circo en el cual el caserío circundante hacían el papel de gradas. La plaza del Coso, en Peñafiel, provincia de Valladolid, es un ejemplo muy singular de espacio destinado al mercado y especializado con el tiempo en el espectáculo. Se trata de una plaza tardía, de finales de la Edad Media, con uso específico para los espectáculos taurinos, que le da una forma y unas fachadas características. La función del espectáculo taurino hace que las fachadas se abran en balcones, palcos y ventanas. Dichos balcones y palcos son una fuente de recursos económicos para sus propietarios, cuando se celebran las fiestas. En algunos casos el balcón tiene un propietario distinto al de la vivienda. La planta de la plaza es casi rectangular, con un ligero estrechamiento en uno de sus lados. Las fachadas están construidas de madera, formando balcones o palcos, para darle forma de teatro sin dejar de ser plaza. Al fondo se observa el castillo de Peñafiel, que cierra la perspectiva. La característica básica de las plazas escenográficas es que tienen fachadas llenas de ventanas y balcones, lo que configura un espacio edificado muy característico. Las ventanas se ponen inclusive encima de los tejados, de manera que las tradicionales buhardillas de reducido tamaño, crecen y se hacen grandes, para aprovechar al máximo la rentabilidad de la plaza. Las plazas de Ocaña, Almagro, son diferentes versiones de un mismo tipo. A la irregularidad de Este tipo de plaza escenográfica se puede apreciar en muchas plazas de la época. Por ejemplo, la plaza de Tordesillas, a pesar de ser una plaza cuadrada es una reforma que inserta una plaza escenográfica en un espacio irregular. La plaza de Llerena, en la provincia de Badajoz nos muestra la enorme importancia social que tuvieron estos espacios cívicos en la ciudad. En Llerena, en el siglo XVI, existía una ordenanza que establecía con gran rigidez donde debía sentarse cada miembro de la sociedad siempre que había toros, festejos, celebraciones y autos de fe. Es un documento sorprendente e imprevisible. Para establecer un orden es necesario matizar el orden social, quien es más y quien es menos, pero también ha de definir la jerarquía del espacio. Tiene que definir la posición principal y las secundarias, la cabecera y los pies, establecer una lectura en el espacio, que nosotros seríamos incapaces de adivinar hoy día. La norma ponía a cada miembro de la sociedad en su sitio, y la jerarquía social quedaba perfectamente establecida de modo que no hubiera dudas. Y si alguien tenía alguna duda sobre su posición social, no tenía más que examinar donde se sentaba el día de los toros. Poder civil, poder eclesiástico, poder económico, las autoridades y sus mujeres, los señores y los criados, todo estaba ordenado. A través de documentos como ese podemos ver la importancia del espacio en la ciudad tradicional. Podemos observar hasta que punto hemos olvidado hoy ese orden y somos incapaces de leer en la actualidad el espacio público de esa forma. Junto a las fiestas populares, estaban las fiestas de la corte. Lerma es un pueblo de Burgos de origen medieval, que fue acondicionado por el Duque de Lerma a principios del siglo XVII como un espacio para la devoción y el rezo, pero también para las fiestas cortesanas. En Lerma el Duque fundó sucesivamente más de media docena de conventos de diferentes órdenes religiosas, construyó sus edificios y dotó a los conventos con medios materiales para su subsistencia, tales como tierras, dinero, valiosas reliquias, muebles, retablos y otras riquezas. El convento de San Blas, el de Santa Teresa de Jesús, el de Santa Catalina, el de Santo Domingo, y otros más se fueron construyendo paulatinamente en el pueblo. De este modo alrededor de la primitiva población medieval se fueron situando en un corto periodo de tiempo un numeroso grupo de conventos, que a su vez formaron una red de calles y plazas. Junto a los conventos también construyó iglesias, como la iglesia colegial de San Pedro. Por último modernizó el antiguo castillo de la familia, dándole una nueva fachada y ampliándolo. Frente a él construyó una gran plaza regular con soportales, para crear un emplazamiento urbano a su antiguo palacio remozado. Si dijéramos que construyó una plaza, nos quedaríamos cortos, pues realmente transformó el pueblo en su totalidad y dio un nuevo sentido a sus espacios. La plaza que el Duque construye delante del palacio es una plaza rectangular, con soportales en todos sus lados, excepto en el del palacio. Transforma algunas casas existentes y completa el resto con nueva edificación. En el lado norte construye a modo de cierre un corredor elevado sobre soportales, que tiene la doble función de permitir un pasadizo de uso exclusivo del Duque para visitar desde su palacio las iglesias de los conventos y asistir a las ceremonias religiosas sin poner un pie en la calle. Al mismo tiene la función de hacer de cierre del espacio de la plaza. En Lerma la plaza que se inserta en el espacio vacío frente al palacio, es la plaza mayor española, cuyo modelo ya había sido definido en Valladolid. Las proporciones cambian, la altura de los edificios se reducen a dos plantas, y el edificio singular que domina el espacio ya no es el Ayuntamiento, sino el palacio del Duque. Pero es reconocible que se trata de la misma plaza. Sin embargo, hay que reconocer que estamos ante la decadencia del modelo social que produjo el espacio de la plaza mayor. Ya no hay comerciantes, ya no hay una ciudadanía boyante que se reúne y se expresa con libertad y alegría en un espacio público. Ni siquiera nos encontramos con los palacios de los terratenientes, que muestran su riqueza en el centro de la ciudad. Se trata de un escenario que se construye para que tenga lugar la fiesta cortesana, para que asista la corte y acoja en su interior la ceremonia religiosa de las misas y procesiones, pero también la de los toros, corridos por las calles por caballeros elegantemente ataviados y armados de lanzas. El propósito de los caballeros es llevar a los toros hasta una de las plazas del pueblo, la que se encuentra entre el convento de Santa Teresa y Santa Catalina, y allí empujarles y arrojarles por el barranco. La fiesta religiosa y la profana tienen lugar en el mismo sitio y éstas han desplazado al comercio y a los vecinos, que ya solo participan como espectadores de los fastos y lujos de la corte. Estamos ante uno de los episodios más singulares de la decadencia de la sociedad española. La plaza real francesa La evolución de la plaza no es posible entenderla si no se trae a colación la plaza real francesa. Las bastidas francesas e inglesas en la Dordogne, al sur de Francia, ya se ha dicho, constituyen un paso importante en la definición de la plaza, y seguramente la plaza mayor española hubiera sido diferente de no existir aquellas. La cuestión es que a partir de las plazas medievales de las bastidas, se da un salto cualitativo con la plaza real francesa. Se trata de una plaza en la que se toma el modelo de las bastidas, es decir, una plaza cuadrada con arcos, y se regulariza la fachada. Guarda con el ejemplo de Valladolid diversas semejanzas. Se puede decir que ambos son el resultado de insertar una plaza regular en un tejido irregular. En ambos casos es la intervención del rey la que permite obtener la homogeneidad que las fachadas de las plazas y calles habitualmente no tienen. También en los dos casos se regulariza la fachada imponiendo un orden que uniformiza el paisaje urbano y que tiene un sentido urbanístico, pero esencialmente político y social. La cultura de fundaciones de nuevas ciudades influye decisivamente en los dos casos. Se trata pues de un ejemplo muy próximo, por muchas circunstancias, y además un ejemplo que tendrá también una extensión en América, en las fundaciones francesas, tanto en el Canadá, como en la Luisiana, en el Missisipi. Ciudades como Montreal o Nueva Orleans son el resultado de esa cultura, llevada a América. Ciudades que también tienen plazas que responden a una determinada concepción del espacio físico y social. El origen de la plaza de los Vosgos es el propósito del rey de Francia, Enrique IV de embellecer Paris, lo que comunica a la municipalidad en una reunión en 1601. Propone varias intervenciones en la ciudad, que constituyen la creación de tres plazas, tres espacios urbanos, uno de forma triangular, la place Dauphine, otro cuadrado, la place Royale, y finalmente otro semicircular, la place de France. Este último no llega a construirse. De las tres, la más importante es la place Royale, que se realiza como un proyecto de iniciativa real, en terrenos de propiedad real. Originalmente se trazó una plaza cuadrada y se construyó uno de los edificios que se había previsto, una fábrica textil. Más adelante, se construyeron unas viviendas en 1606, con fachada unificada y excelente construcción, de modo que el rey se reservó una parte de las mismas llamado pavillon du roi. De forma casual se apreció el efecto de la homogeneidad de todas ellas y se decidió extender a toda la plaza la uniformidad de las primeras, estableciendo entonces la demolición de la fábrica textil construida inicialmente. El efecto de la uniformidad no se ve mermado por la austeridad de las fachadas, caracterizadas por arcos en la planta baja, ventanas con balcones en primera y segunda planta y buhardillas en el tejado. Los accesos de una de las calles a la plaza se realiza normalmente, interrumpiendo las casas y formando esquinas. Sin embargo los accesos de las restantes calles quedan ocultos sin interrumpir la fachada, tras los arcos. Inicialmente el interior de la plaza no era público, sino que estaba cerrado y solo podían acceder los propietarios de las viviendas. Solo más tarde, en 1639, cuando Richelieu coloca allí la estatua ecuestre de Luis XIII, ese espacio será abierto a todos los parisinos. Es sorprendente esa secuencia de sucesos, esa serie de casualidades que da lugar a la primera de las places royales, la que actualmente se conoce como plaza de los Vosgos en París. La plaza así formalizada es el resultado de la intervención de diferentes voluntades, a veces superpuestas en el tiempo, que finalmente concluyen en una pieza de gran éxito. Pero se trata de unas ideas que están rondando desde hace tiempo en la sociedad y que no dejarán de evolucionar con nuevos modelos de plaza, modelos que serán ensayados posteriormente en la plaza Vendome, o en las plazas de la villa de Richelieu. La influencia de las plazas reales en la ciudad del siglo XIX Una cuestión a señalar es que el dominio cultural y social francés durante todo el siglo XIX tendrá un efecto transformador en la plaza mayor española, especialmente en Latinoamérica, donde la influencia francesa en el urbanismo será decisiva en ese siglo, así como también en España y especialmente en Cataluña. En efecto, es conocida la influencia del urbanismo francés en América. En algunos casos las aperturas viarias de Haussmann en París inspiraron aperturas viarias en Buenos Aires y en Caracas, rompiendo la cuadrícula de la trama colonial e incorporando grandes avenidas, especialmente anchas con el derribo de filas enteras de manzanas o la creación de calles diagonales. El ejemplo de las plazas reales catalanas es muy destacable. Durante el siglo XIX la mayoría de las ciudades catalanas se dotaron de una plaza real, a imitación de las plazas reales francesas. El ejemplo más conocido es la Plaza Real de Barcelona. En muchos casos se trataba de insertar en el antiguo tejido urbano una plaza de forma más o menos cuadrada, con arcos de piedra y fachadas homogéneas. En otros la cuestión fue sin más reformar la plaza medieval existente, de manera que siguiera la moda del momento, dictada por la plaza real francesa. En la mayoría de los casos se seguía un modelo de espacio cívico que estaba a caballo entre la plaza mayor española, en sus versiones más perfectas, y algunos elementos de las plazas francesas, si bien interpretados con gran libertad. La plaza del prócer En América, una vez alcanzada la independencia, la plaza se transforma y sigue evolucionando de forma diferente. La independencia de la Corona española se produce mayoritariamente con la invasión francesa y la guerra de la Independencia en España. Los franceses invaden España y en muchos casos es ese el momento que eligen las incipientes burguesías nacionales para declarar la independencia de la metrópoli. Los pertenecientes a estas burguesías ya no se definen como españoles, son americanos. Ha surgido ya una sociedad americana con características propias. Esto se produce en el inicio del siglo XIX. A lo largo de ese siglo la influencia francesa será muy importante en todo el mundo, cuando París se convierte en el centro de emisión de la cultura urbanística. Los países latinoamericanos miran con atención las costumbres de Francia y utilizan sus modas. También los españoles siguen esa tendencia, lo que influirá en las mismas plazas españolas. En América el proceso de independencia de los españoles se realiza de forma traumática, con guerras de independencia a las que seguirán interminables guerras civiles. Las relaciones del poder con el espacio urbano han cambiado y la plaza empieza a tener otra función. La plaza, sigue siendo el centro de la ciudad, pero una vez alcanzada la independencia ese espacio de la plaza deja de tener el valor de lugar de encuentro y de mercado y se configura como un espacio reservado para representación de determinados grupos, un espacio no accesible de forma generalizada a todos los habitantes. La sociedad se estratifica de forma rígida y el centro se convierte en el espacio de la burguesía incipiente y de los grandes terratenientes. La moda decimonónica tardía, altera la funcionalidad de la plaza por su expresión estética, se cierra con verjas, se adorna con jardines de corte francés y la siembra de grandes árboles, magníficos faroles y estatuas cambian su función. En Venezuela la plaza mayor cambia su nombre por el de plaza de la Independencia, o plaza de Bolívar en la mayoría de las poblaciones. En el centro se ubica la estatua del Libertador. En la plaza mayor de Quito, antes de la independencia, se encontraba la catedral, ocupando enteramente una de sus fachadas, el palacio arzobispal, enfrente de la catedral y el ayuntamiento. Sin embargo la independencia aporta nuevas instituciones, que la plaza acogerá. En ella se incluirá el palacio de la República, ocupando otro de sus laterales. Es curioso comprobar la mezcla de usos institucionales y comerciales, en una contradicción irresuelta. El palacio de la República se construyó con un estilo neoclásico, lo que propició la construcción de un basamento de piedra muy sólido en la planta baja. Por encima de esta base se encuentran las plantas nobles del edificio. Pues bien, en esa base de piedra del edificio del gobierno de la nación, se abren pequeños locales comerciales, que hasta hace poco eran utilizados de forma habitual por los funcionarios del gobierno. La plaza en la ciudad actual La plaza mayor es un concepto que pertenece a la ciudad histórica. En la actualidad nuestras plazas mayores se encuentran en decadencia. El poder ya no las utiliza para conseguir sus objetivos políticos, pues ahora tiene otros foros más eficaces. Los comerciantes han encontrado otros lugares mejor organizados y de mejor accesibilidad, donde el aparcamiento es gratis. Las plazas mayores siguen siendo un lugar de relación de las personas, un lugar de mercado, ciertamente, un espacio en el que se produce un cierto intercambio de información. No obstante otros medios han desplazado de una u otra forma su protagonismo en la ciudad actual. La televisión, los periódicos, internet, los supermercados, las grandes superficies comerciales, han producido espacios (virtuales en la mayoría de los casos) en los cuales esas relaciones tienen lugar. No obstante, la plaza mayor es un tipo de espacio que no ha perdido vigencia y aceptación, justamente por la necesidad de ese contacto humano, de ese reconocimiento, que las ondas herzianas o los Megabits no posibilitan. El contacto físico entre las personas sigue siendo esencial en las relaciones humanas, y como consecuencia lo es en los negocios, en la educación o en la amistad. El apretón de manos, la mirada, la palabra, no son posibles o no son iguales a través de internet. Es significativo que muchas de las últimas intervenciones urbanas se vuelva a resucitar ese espacio de relación que pretende reproducir la escala de las pequeñas y medianas plazas mediterráneas a través del cual pretende recuperar esas cualidades de relación que ese espacio posibilita. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- EL CENTRO DE NUESTRO TIEMPO VICENTE VERDU Toda ciudad posee su Plaza Mayor, como todo organismo vivo cuenta con su estómago. Cualquier idea de ciudad como ser animado, sujeto a cambios y evoluciones, enfermedad, prosperidad o muerte, incluye el destino de la Plaza, Y, ante todo la historia de su Plaza Mayor, recinto de la felicidad y de la desdicha. Sin esta pieza esencial las posibles ciudades se descaracterizan y tienden a ser formaciones líquidas que discurren acaso sin principio ni fin, sin objetivo ni asiento en parte alguna. Una ciudad que no gire en torno a la plaza mayor carece de argumento convincente y pronto se revela inestable o extraorbital. La plaza es la plomada de la historia urbana. Aquella tradición de celebrar las reuniones políticas en el agora se corresponde con el poder fundacional de este espacio humano , sede donde el pueblo concurre y delibera sobre su presente y su porvenir. Lugar también donde se ajusticia a los criminales, se proclaman los manifiestos y se bendice a los próceres. Igualmente, las manifestaciones revolucionarias o reaccionarias necesitan la conquista física de la Plaza Mayor para simbolizar la realidad de su fuerza y, tácitamente, para mostrarse instaladas en el centro corporal del pueblo. La Plaza Mayor funciona así como un estómago político donde se metabolizan las querellas y las subversiones, se reproduce el silencio colectivo de un duelo histórico o se multiplica el clamor de una conquista. En ella se inviste a los mejores y se aclama a los líderes, allí empieza o termina la batalla terrible que ingresará en los libros. Una Plaza Mayor hace las veces de una plataforma radiante de la que se deduce tanto el carácter como la peripecia social de las poblaciones. Las plazas fueron solares del mercado como prueba directa de que la economía buscaba aprovechar su riqueza y proyección popular. El intercambio de bienes y de servicios, de objetos y de animales en el comercio mercantil se corresponde con el intercambio de discursos e ideas en el comercio ideológico. La calle, la senda, las vías, son lugares de paso, pero la Plaza es un lugar de peso. Lo que allí se concierta posee una dimensión total. En la plaza caben todos y de su suma se deriva la potencia trascendente. Ella es la mágica síntesis de la colectividad y en su perímetro se cumple, cuando la plaza continúa viva, la idílica y verdadera congregación de niños y ancianos, parejas enamoradas y buscones, paseantes y artesanos, gentes de toda condición. No hace falta consulta histórica alguna para advertir que la plaza es democrática: principio y residencia democrática donde cruzan, sobre un mismo plano, las diferentes clases sociales, las etnias, las edades, los religiosos, los sectarios, los paganos. Las ciudades a las que falta una plaza Mayor aparecen plásticamente emasculadas, pero conceptualmente mutiladas también. Los norteamericanos, que planearon la ciudad extensa tras la Segunda Guerra Mundial, fueron perdiendo el vigor de hermosas plazas legadas por españoles o británicos y desplegando la famosa edge city. Una ciudad que se desarrolla reptando sobre el territorio y desvaneciendo, en su marcha horizontal, las aceras, los carrefours, las plazas mayores. De esta manera, sus vecinos han ido perdiendo la oportunidad de cruzarse en la calle o en el parque y aún más la ocasión de compartir un banco para tomar el sol. En sustitución de estos lugares públicos, desintegrados en la edge city , fueron apareciendo los centros comerciales o malls, distanciados no ya de las urbes sino de las urbanizaciones y proyectados, a menudo, como auténticas islas de consumo y distracción. Estas formaciones extracorpóreas, resplandecientes, fulgurantes, han cumplido el papel de los perdidos lugares públicos y, por supuesto, el ámbito de las plazas perdidas. Los niños y adolescentes que dos o tres generaciones atrás vagaban por la trama de su villa lo hacen ahora, bajo la vigilancia de la seguridad privada, por los corredores y puntos de descanso dentro del mall. En Europa, en América Latina han brotado también gigantescos centros comerciales a semejanza de los norteamericanos, pero con una diferencia capital. Ni los europeos ni los latinoamericanos habían desmantelado todavía la estructura histórica de sus ciudades ni tampoco su vitalidad. Como consecuencia, el mall latinoamericano o europeo más que atender una necesidad previa ha provocado, por exceso, por moda, por interés mercantil, la muerte de incontables centros tradicionales, siendo esas plazas ya arruinadas y carcomidas una de las visiones más tristes. La plaza es el bien en sí. Tan sustancioso y benéfico que si se confundió políticamente con la democracia, se hizo también la misma cosa con la compraventa esencial y fue igual hablar de “hacer la compra” que de “hacer la plaza”. Este patrimonio de grandes significados ha servido, sin embargo, para su explotación ulterior. Ahora, muchos centros comerciales del mundo, casi siempre los mayores, han adoptado el nombre de Plaza, desde Filadelfia a Hong Kong, desde Canadá a Sudáfrica. Y no porque ofrezcan realmente plazas sino porque sirven el imaginario social asociado a esta palabra suprema. La plaza nos convoca, nos abraza, nos protege. Su nombre es un signo de Humanidad en paz, una garantía de comunicación y de contacto, una amplia declaración de no encontrarnos solos. La cultura individualista, la cultura sin sociedad de nuestro tiempo recupera la idea de Plaza como una segunda realidad o realidad de ficción que alimenta la melancolía y promueve la fiesta de halarse juntos, no “desplazados”. En un mundo progresivamente homologado y trivial, la plaza regresa pues como una pieza de carácter, categórica y valiosa. Será imposible rescatarla, restaurarla, vivificarla para devolverle su vida conspicua pero ahora se alza como una idea matriz de cruces multiculturales, mixturas étnicas, mezclas religiosas. El homenaje a las plazas que se muestra en esta serie de Ángel Marcos no es pues una elección temática más entre algunas posibles. La Plaza es el tema de nuestro tiempo. |
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![]() Plaza del Campo, Siena |