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español english LA PLAZA MAYOR José Antonio Marina Las ciudades tienen una geometría orgánica que me fascina. Son la sedimentación física de la vida. El resultado material de un dinamismo contínuo. El molusco produce la concha. El hombre, la casa. El pueblo, la ciudad. Si queremos comprender lo que vemos, lo que imponente se alza frente a nosotros, debemos recuperar su genealogía, las minuciosas acciones, los deseos y esperanzas, que lo hicieron nacer. El mundo de la cultura recupera entonces una profundidad de sentido. Hoy quiero esbozar la genealogía de la “plaza mayor”. ¿De cual? De todas, aunque la ocasión me la proporcione este libro que se propone festejar la construcción de la bellísima Plaza Mayor de Salamanca. “Plaza mayor” es un “universal cultural”, una constante urbanística que se da en todas las latitudes. Los hombres se agrupan para vivir mejor. Surge entonces una corriente continua y caudalosa de experiencias, de interacciones y necesidades, que se va haciendo visible en templos, casas, monumentos, espacios. La función crea el órgano. En el centro de las ciudades, como un cordial embalse donde desaguan todos los ríos, encontramos la Plaza Mayor. Los ciudadanos necesitan reunirse para diversos menesteres, para intercambiar mercancias, diversiones o información. La democracia nació en la plaza pública, en el ágora, lugar de reunión y de debate. Las ciudades están más o menos integradas. Hay ciudades que mantienen su unidad y otras que no son más que un agregado de barrios. Baudrillard, el conocido sociólogo francés, se sorprendía al ver que Los Ángeles es una ciudad atravesada por autopistas, desperdigadas, construida sin centro. Lo que define a una ciudad integrada es que su Plaza Mayor siga vigente, que mantenga su jerarquía suprema, un uso vecinal generalizado (aunque haya, naturalmente, otras plazas públicas), que continúe siendo el espacio vacío que atrae a todos los vecinos, el gran imán que orienta sus pasos. Siempre habrá una razón para pasar por ella, no sólo geográfica, sino vital. Cuando las ciudades se hicieron demasiado grandes, la Plaza Mayor perdió su fuerza aglutinadora. Aún recuerdo que en mi Toledo natal, cuando era niño, la Plaza de Zocodover ejercía todavía de Plaza Mayor. Una vez a la semana se celebraba en ella el mercado, y el poder de la costumbre era tan fuerte, que hacer la compra diaria se llamaba “ir a la Plaza”. Creo que es Max Weber quien dice que en su origen Berlín era un mercado. La ciudad nació después, al calor de las transacciones comerciales. Estoy seguro de que así nacieron muchas ciudades. Sigo con mis recuerdos infantiles. Los días de fiesta, lo tradicional era ir a Zocodover a pasear. Vista en la lejanía, aquella costumbre me parece incomprensible, porque la diversión consistía en dar vueltas y vueltas en un espacio no demasiado grande. ¿Dónde estaba la diversión? Hay un estrato profundo de la diversión que consiste sólo en estar juntos, un instinto de sociabilidad que hace que la gente se apretuje incómodamente en las zonas de copas, en vez de ir a beber a un espacio más confortable. Verse, olerse y tropezarse son necesidades urbanas primarias. Al fin y al cabo la ciudad era un antídoto contra la soledad y el descampado. Las Plazas eran también tradicionalmente lugar de reunión y de cotilleo. Era el lugar de encuentro por antonomasia. El escenario para las fiestas principales. Y de las grandes movilizaciones políticas. Todas las ciudades son el resultado de dos impulsos contradictorios del ser humano: la intimidad y la sociabilidad. En ocasiones vence uno y en ocasiones vence otro. Hay ciudades íntimas y ciudades abiertas. La propia arquitectura de las casas refleja esta dualidad. Hay ciudades en que las casas se abren hacia dentro, a patios privados, y hay otras, que abundan más en EEUU que en España, abiertas al exterior, casi impúdicamente. Las ciudades, como las personas, pueden cambiar. Recuerdo que un antropólogo brasileño me contaba una curiosa historia referente a un poblado aborigen, que nos cuadra muy bien de ejemplo. Como casi todos los poblados indígenas, aquel estaba compuesto de chozas abiertas a una zona común: a la plaza. Pero la llegada de comerciantes proporcionó a las familias objetos y bienes antes insospechados. Entonces se disparó un reflejo de protección y distanciamiento, y cambiaron la orientación de las puertas de las casas. Ya no daban a la plaza, a la solidaridad, sino que se abrían en la dirección contraria, para defenderse de las miradas ajenas. Había vencido la privacidad y la desconfianza. Podemos seguir con la tipología de las ciudades. Las hay hay espontáneas y las hay proyectadas. Este cambio merece ser estudiado porque revela interesantes rasgos de la historia humana. La ciudad nace por un movimientos vital, desordenado, regido por motivos individuales. Pero la convivencia –incluso física- tiene que ser regulada. Hay que construir servicios comunes, guardar una cierta armonía, respetar al otro. De la misma forma que aparecen las normas de convivencia, morales o jurídicas, aparecen tambien las normas de construcción. Las plazas públicas reflejan esta doble índole.Este libro herboriza una multitud de plazas, en una especie de botánica urbanística. Las hay casuales y las hay diseñadas. Aquellas han surgido de una agrupación azarosa de casas, guiada solamente por la comodidad o el lucimiento. La competencia en el lujo es también una constante humana, tan peligrosa a veces que los romanos tuvieron que dictar leyes para limitar esa ruinosa emulación. En cambio, las plazas diseñadas suponen una clara vocación comunitaria, normativa, monumental. Ortega se sorprendió de la magnificencia de esos proyectos. “En la vida española ha debido de haber una época magnífica: la época en que se construyen las grandes Plazas con soportales. El coste de la obra era enorme para aquel tiempo. Los soberbios fustes de las columnas daban a todas las casas porte de palacios. Pero además, en los lugares de la ciudad donde el terreno valía más, se renunciaba a una parte de él para convertirlo en una via pública. Como idea implicaba suavidades de alma hoy imposibles. Suponía el acuerdo y como un sacrificio de todos los propietarios en beneficio de una abstracción que es la urbe”. No me extraña que las plazas diseñadas aparecieran en el Renacimiento, época interesada por la construcción de ciudades ideales, es decir, dirigidas por una idea. La “Utopia” de Tomás Moro, “La ciudad feliz” de Francisco Patrizzi da Cherso, “La república imaginaria” de Ludovico Agostini de Pesaro, “La república de Evandria” de Ludovico Zúccolo, y muchos otros textos demuestran este deseo de ir desde la idea platónica de la ciudad a su construcción real, siguiendo el camino opuesto al recorrido por las ciudades espontáneas, de crecimiento orgánico. Basándonos en estas genealogias diferentes, podemos hacer una tipología de las plazas antiguas. Un rasgo decisivo es que las espontáneas no tienen autor, mientras que las proyectadas suelen deberse al talento de un arquitecto o de un gobernante, o de ambos a la vez. La Plaza mayor de Valladolid, que fue el modelo para las posteriores plazas barrocas, fue mandada construir por el vallisoletano Felipe II, después del incendio que sufrió la ciudad. La Plaza Mayor de Madrid fue diseñada por el arquitecto Juan Gómez de Mora en 1617 y rediseñada por Juan de Villanueva en 1690. En Salamanca varias plazas se habían disputado la jerarquía de Plaza Mayor, la de San Giral, la del Azogue Viejo y la de San Martín, que en el siglo XVIII oficiaba como tal. Estaba empedrada, era enorme y albergaba el mercado diario, corridas de toros, talleres al aire libre y la horca. Este desorden hizo pensar al Corregidor Rodrigo Caballero la conveniencia de construir una Plaza Mayor organizada. Elevó a Felipe V una propuesta y mencionó como modelo la Plaza Mayor de Madrid, la del Ochavo de Valladolid y la del Cuadrado de Córdoba. El 12 de enero de 1729 Felipe V da la autorización. Se sacó a concurso público pero no se presentó nadie, por lo que se hizo por administración. En marzo de 1729 se nombró Maestro Mayor a Alberto de Churriguera. De la irrealidad de sus ideas procede la realidad de la plaza que todos podemos disfrutar y hoy festejamos. ¿Qué ha sido de las Plazas mayores en el siglo de la individualidad, el automóvil, el turismo y la sociedad de consumo? Las ciudades se han fragmentado, y las plazas mayores han perdido su función socializadora. Han aparecido formas virtuales de encuentro. Por ejemplo, el móvil, que permite a la gente mantenerse en contacto continuamente. En especial los adolescentes están permanentemente enlazados –en una especie de plaza mayor grupal y virtual- con sus amigos. Otra peculiar forma de encuentro la ofrece la televisión. A una hora determinada, varios millones de españoles están ante la pantalla, asistiendo al mismo espectáculo. Los espectáculos comunitarios, que antes se desarrollaban en la plaza mayor, siguen realizándose en una gigantesca plaza televisiva, en la que se puede estar presente sin necesidad de salir de casa. Pero la necesidad de socialización, de proximidad, es tan grande, que empieza a vislumbrarse un nuevo tipo de Plaza Mayor, de lugar de encuentro, diversion, mercado, paseo. Son los Malls americanos, los Centros Comerciales, que ofrecen tiendas, restaurantes, cines, gimnasios, todo tipo de atracciones para que miles de familias acudan todas las semanas y pasen allí muchas horas. Casi siempre están fuera de las ciudades, lo que nos indica que el tráfico está produciendo una circulación “extracorporea”, extraciudadana, que sitúa el corazón, la Plaza Mayor, fuera del cuerpo de la ciudad. A pesar de los cambios, las ciudades siguen y las necesidades básicas del ser humano. También. Y eso me hace sospechar que, de una forma u otra, la Plaza Mayor seguirá existiendo como gran “universal cultural”, y que si alguna vez desaparecieran definitivamente, eso supondría que habíamos llegado a la culminación del individualismo desvinculado, de la cercanía sin vecindad, del roce sin comunicación. Es decir, al infierno. ----------------------------------------------------------------------------------------- LA PLAZA PRINCIPAL Y MAYOR CORAZÓN Y ALMA DE LA CIUDAD Antonio Bonet Correa Desde la formación de las primeras ciudades, en el Creciente Fértil de Mesopotamia, en las orillas del río Nilo y en la lejana China, las plazas han sido siempre un escenario privilegiado de la vida urbana. El amplio y despejado espacio de una Plaza Mayor, diferente al lineal recorrido de una calle, constituye el elemento principal de una población, el núcleo original en torno al cual se desarrolla el ulterior crecimiento de la ciudad. De las partes esenciales de una urbe, sin duda la plaza es el primer espacio inventado por el ser humano ya que la primitiva senda o camino que acaba constituyéndose en una calle no es más que una vía, una arteria que une dos puntos distantes en un territorio habitado. Tal y como acertadamente señaló Ortega y Gasset “la urbis, la polis empieza siendo un vacío: el forum, el ágora y todo el resto es un pretexto para proteger este vacío, para delimitar su contorno”. Este aserto se confirma en las ciudades creadas ex-novo como las antiguas hipodámicas, las de colonización y las ciudades hispanoamericanas en damero cuya planta se traza a partir de la plaza mayor, el núcleo generador de la urbe. Las plazas desde el punto de vista morfológico pueden tener distintos tamaños, según la categoría política, el rango administrativo y la importancia económica de la población. También pueden ser de forma regular o irregular. Por regla general las plazas regulares son la consecuencia de la creación de las nuevas ciudades, nacidas con una retícula de perfecta geometría. De los diferentes tipos de plaza existen distintas variantes. En las plazas irregulares dominan las formas trapezoidales, con rincones y ángulos entrantes y salientes. En las plazas regulares encontramos las de forma rectangular, cuadrada, circular, oval o poligonal, con hemiciclos o chaflanes en algunos de sus lados. Todas ellas son el fruto de la preocupación estética de un urbanista. Además hay plazas abiertas a calles y avenidas y plazas cerradas a las que se accede bajo arcos y soportales. Estas últimas plazas son de arquitecturas uniformes frente a las irregulares que tienen edificaciones de distintas épocas y distintos estilos artísticos. Ahora bien, a pesar de todas estas variantes todas las plazas mayores tienen un denominador común, el de ser una especie de espejo del espíritu forjado a lo largo de la historia de un pueblo, el crisol de la manera de entender la vida urbana que se produce en toda aglomeración humana activa y plena de vitalidad. Las plazas principales de las grandes ciudades desde el aspecto funcional son el punto central al cual concurren todas las personas, el sitio en donde la población alcanza su máximo clímax urbano. Auténtico corazón de la cuidad, en su ámbito late el ritmo de sus habitantes y es en donde se concentra el sentido simbólico de su destino de capital metropolitana. Escenario de la vida cotidiana y de los acontecimientos extraordinarios, su recinto acotado sirve para celebrar las fiestas y los regocijos populares, las ceremonias públicas, civiles, sacras o militares, para ser el término final de las multitudinarias manifestaciones y de las celebraciones de los fastos colectivos. Para entender el universo mental de las distintas civilizaciones hay que sentir el pulso de las grandes plazas del mundo. Sin sentirse inmerso en la plaza de Djemáa el-Fna de Marrakech no se comprende la vida de Marruecos y de este centro comercial de los nómadas de Sahara y del Atlas, de la misma manera que sin estar en el Zócalo de México o en la Plaza Mayor del Cuzco difícilmente se puede profundizar en la tradición urbana de lo prehispánico mezclada al legado español en América. Plazas como la Roja de Moscú, la T’ien an Men en Pekín, la del Vaticano en Roma, la de San Marcos de Venecia, la de Cracovia, la de los Vosgos en París o la Grande Place de Bruselas por citar los nombres de algunas de las más conocidas, son como la quintaesencia de las distintas formas de construir, estar y usar las plazas. Cada una de ellas es un mundo, un microcosmos a la medida de la cuidad y del territorio, físico y mental, que la conforma. A los libros antiguos con descripciones literarias de la plazas siempre se han añadido ilustraciones con la representación de su arquitectura y de los personajes que deambulan dentro de su recinto. En la pintura los cultivadores de las “vedutte” nos han dejado cuadros de enorme interés iconográfico. El aficionado a la historia, tiene además un enorme depósito de láminas y grabados, gracias a los cuales podemos reconstruir visualmente las plazas a través de los tiempos y los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en su recinto. Modernamente el arte fotográfico nos proporciona la imagen plena de vivacidad de las plazas con sus áreas ya vacías o plenas de gentes, con sus terrazas de café, sus pintorescos y variopintos personajes, sus mimos y saltimbanquis, sus vendedores ambulantes, limpiabotas, turistas, nativos endomingados o vestidos con sus trajes de trabajo, todos ellos personas sin las cuales la plaza no tendría sentido y actualidad. La mirada del fotógrafo es esencial, proporcionándonos su visión individual que nos descubre nuevos aspectos de las plazas y nos devuelve el recuerdo de nuestra memoria de la misma. La reunión en un denso volumen sobre tantas fotografías sobre un tema urbano tan fundamental de la historia del urbanismo y del estudio de las civilizaciones, hay que calificarla de muy acertada. Todos los aficionados a viajar y los apasionados por las ciudades encontrarán en este magnífico tomo o álbum, concebido como los viejos porfolios fotográficos, una manera de visitar, sin moverse de su casa, el multiforme universo de las principales plazas de las más importantes ciudades del mundo. --------------------------------------------------------------------------------------- LA PLAZA MAYOR, EL GRAN ESCENARIO URBANO Antonio Sánchez del Barrio I. La Plaza Mayor, un espacio histórico Desde los tiempos antiguos de las primeras civilizaciones occidentales, hasta los actuales de la sociedad de la comunicación, las plazas públicas han sido siempre los espacios fundamentales de la vida social, los patios urbanos de las ciudades, que han reflejado como ningún otro recinto la idiosincrasia y la historia de cada ciudad. Han sido y siguen siendo el escenario en el que las sucesivas generaciones han celebrado sus más importantes acontecimientos políticos y sociales, sus días de fiesta mayor, de feria y mercado, de representaciones teatrales litúrgicas, de torneos, toros y juegos de cañas; de grandes ceremonias religiosas y de crueles ajusticiamientos en nombre de la ley. Los antecedentes clásicos Se ha puesto en boca del mismísimo Aristóteles que “la ciudad es un conjunto de casas y edificios en torno a una plaza central de mercado”; sea o no verdadera la autoría de esta ingeniosa frase, lo cierto es que la primera plaza pública, el ágora griego, fue en principio el espacio de mercado de la ciudad, el lugar donde en los tiempos clásicos se emplazaban los edificios de reunión de las autoridades ciudadanas, de las asambleas públicas municipales y también de las gentes del mercado y el comercio. Configuradas sus fachadas con pórticos -elemento que en sus más diversas variantes será una de las constantes que acompañará a la plaza a lo largo de la historia-, es evidente la intención de unir en un solo espacio representativo, el propio núcleo de la ciudad, a los agentes políticos, mercantiles y administrativos cuya misión es el servicio público. Son los tiempos en que Hippodamos de Mileto idea por vez primera una distribución racional de la ciudad, usando la retícula como base geométrica generadora de la misma, principio regulador ya conocido en civilizaciones anteriores que él desarrolló magistralmente. Asimismo, se tiene ya en cuenta la orientación respecto a la luz solar y la disposición de las estructuras porticadas, al tiempo que se integra el paisaje como elemento primordial en la composición urbanística general de la ciudad. Su propia localidad natal, Mileto, así como Pérgamo, Éfeso, Prienne o Cnido, son testimonios de estos diseños ortogonales, con un espacio señalado y preeminente, el ágora, desde donde se gobierna la ciudad y se realizan las transacciones económicas y comerciales, pero también donde se sorprende al visitante con la grandiosidad monumental y se mantiene una vida cosmopolita aderezada con fiestas y juegos públicos. Estas primeras raíces de las ordenaciones urbanísticas tienen su continuación en Roma, de manera especial en los tiempos de la denominada Pax Augusta (del 30 a. C. al 180 d. C.) cuando el florecimiento económico propicia el desarrollo de pequeños enclaves que en muchos casos, con el transcurrir del tiempo, llegarán a ser prósperas ciudades en las que fácilmente podemos reconocer huellas de sus antiguos espacios públicos en sus actuales vías y plazas principales. El foro romano hereda las funciones del ágora heleno convirtiéndose en el escenario monumental de las actividades cívicas y políticas de una sociedad con una vida pública cada vez más intensa. En las ciudades costeras, es frecuente el emplazamiento del foro cerca del muelle para facilitar el dinamismo comercial; en las situadas en el interior, se abre en la parte central de un plano reticulado. Un caso singular es el que forman las ciudades originadas por campamentos militares romanos -como León, establecimiento permanente de la VII Legio Gémina- en las que la regularidad y el sentido práctico son sus aspectos más destacados. En ellos, el uso de vías con pórticos aparece documentado muy tempranamente. Roma es sin duda la ciudad por excelencia, sus foros Romano y Trajano constituirán junto con los grandes edificios públicos próximos –anfiteatros, circos, templos, termas, etc.- un grandioso conjunto monumental difícilmente superable. En la actualidad, Roma es más barroca que romana y un paseo por sus calles supone asistir a todo un repertorio de formas dieciochescas sobre renacientes y éstas sobre las más antiguas del esplendor romano de los césares. La Piazza Nabona de Roma resume en sí misma esta sucesión cronológica de espacios y edificios definidos por la historia. El antiguo estadio de Domiciano donde se celebraban los juegos agonales está aún presente en la planta elíptica de esta plaza convertida en un auténtico “teatro barroco” tras las remodelaciones auspiciadas por el Papa Inocencio X Pamphili, quien tomó esta plaza –lugar donde se levantaba su palacio familiar- como escenario de su mecenazgo. En ella rivalizaron como en ningún otro lugar los genios de Bernini, con sus fuentes monumentales, y Borromini, con la nueva fachada curvilínea de la iglesia de Santa Inés, resultando un espacio absolutamente incomparable. Asimismo, la Plaza del Mercado de Lucca se asienta sobre un anfiteatro romano levantado en los primeros siglos de nuestra Era. El que fuera grandioso edificio, de planta elíptica y de dos órdenes de arquerías superpuestas, fue destruido y sus materiales reaprovechados; siglos después, sobre los restos ruinosos se levantaron viviendas y construcciones de todo tipo, manteniéndose buena parte de la estructura elíptica original del anfiteatro, particularmente tras la intervención del arquitecto Lorenzo Nottolini, quien en 1830 hizo derribar algunos edificios que se hallaban en el centro de la plaza volviendo a quedar ésta libre y abierta. Las “inquietas” plazas medievales La decadencia de Roma trae consigo el abandono generalizado de las ciudades y con él el olvido del lenguaje compositivo del urbanismo clásico de las civilizaciones antiguas. Este ocaso es paralelo al declive generalizado de la plaza como tal en las urbes del Alto Medievo. Es a partir del siglo XI y especialmente durante las dos siguientes centurias, cuando vuelven a aparecer, con el renacer de las actividades comerciales, espacios abiertos dedicados originariamente a mercado que, al mismo tiempo, van a ser el lugar idóneo para la celebración de espectáculos públicos, ceremonias civiles o religiosas, etc.; en definitiva, un nuevo espacio para el encuentro social. Aunque en las antiguas ciudades romanas es frecuente el aprovechamiento de sus viejos foros, por lo general, los primitivos zocos o áreas de mercado de las ciudades medievales se establecerán ahora en los extramuros de la población, junto a una puerta de la muralla, elemento que no falta en cualquier asentamiento de una mínima entidad. Una buena parte de las actuales Plaza Mayores de las ciudades españolas tienen este origen y fácilmente podemos rastrear sus antecedentes ligados a un espacio comercial extramuros; incluso, muchos topónimos nos indican la existencia de la antigua actividad artesanal y mercantil que allí se desarrolló durante sus primeros tiempos –plazas del Azogue, Azoguejo, del Mercado, del Zoco, de Zocodover, etc.- aunque actualmente se emplacen en el centro de la ciudad merced a su indiscutible carácter generador de espacios urbanos. De otra parte, a pesar de las numerosas variantes tipológicas, la disposición urbanística de la mayoría de las ciudades medievales europeas tiende a ser radioconcéntrica y de planta redondeada o circular, definida siempre por el perímetro de la muralla. En la parte central, donde concurren las principales calles de la población, se alza la iglesia principal, o la catedral en su caso, y frente a ella una plaza con carácter mercantil donde se levantan las casas del Concejo y las sedes de las principales cofradías de mercaderes. En algunos casos, han llegado hasta nosotros edificios municipales y gremiales del más alto interés arquitectónico, presidiendo aún plazas medievales que conservan buena parte de su traza original; esto ocurre sobre todo en ciudades italianas, flamencas, alemanas y francesas. Otros tipos planteados por los historiadores del urbanismo son, de una parte, el lineal, con una calle originada por un camino importante, en la cual, en un tramo determinado, se abre una plaza principal, generalmente junto a un templo, como ocurre en muchas ciudades del Camino de Santiago y también en otras relacionadas con grandes vías comerciales europeas; asimismo la tipología llamada “crucial” está determinada por el encuentro de dos caminos o cañadas en cuyo cruce suele establecerse un espacio abierto, generalmente la futura plaza de mercado. En estos tiempos medievales hay también ciudades planificadas, las “bastidas”, asentamientos planteados fundamentalmente desde el punto de vista de la fortificación y la defensa, en unos tiempos, los de los siglos XII y XIII, en los que la expansión demográfica y comercial fomenta la ocupación de nuevas tierras. En este caso es una retícula ortogonal -un “tablero ajedrezado”- el trazado básico del plano, en el que se encajan calles perpendiculares con una plaza que suele estar situada en el área central de la población. La plaza de Montpazier, en la bastida fundada por Enrique I de Inglaterra en 1284, se forma a partir de la rotación de dos manzanas utilizando para su definición potentes arquerías góticas como elementos de fachada. Del mismo modo, la plaza de Monflanquin, precioso espacio muy bien proporcionado con estructuras asoportaladas de crucería y viguerías de madera, tiene sus primeros antecedentes en la intervención de Alfonso de Poitiers, cuando en 1256 concede carta de población para gobernar los territorios próximos al emplazamiento. Ambos casos son dos preclaros ejemplos de la belleza compositiva de las plazas medievales nacidas en bastidas fortificadas. Es característico de las plazas de este período su composición cerrada y homogénea, pero no como fruto de un plan preconcebido, sino como algo natural que viene determinado por el uso de unos mismos materiales, similares técnicas de edificación y elementos unificadores de las fachadas, como son los pórticos asoportalados y los pasajes cubiertos, que originan armoniosas visuales del conjunto. Los alzados están formados por sucesivas construcciones de parcelación muy estrecha en fachada y muy profunda en planta que, en ciudades del norte europeo, se rematan con frontones, originándose bellísimas composiciones de perfil quebrado; por su parte, en las plazas de los países mediterráneos, las fachadas suelen mostrar parte de un faldón de la cubierta, en ocasiones integrado tras un airoso cornisamiento. En el antiguo condado de Flandes, son innumerables las plazas que podríamos citar en las que se conserva aún la impronta de la presencia española, aunque realmente su imagen general esté definida por los elementos compositivos de la arquitectura norte europea que acabamos de comentar. Dos casos en los que ha trascendido su origen comercial para convertirse en singulares obras de arte son: la Plaza Markt de Brujas, con su campanario octogonal, su antigua Casa de Mercado y sus fachadas continuas rematadas “en dientes de sierra”; y, del mismo modo, la “Gran Place” de Bruselas –una de las más hermosas plazas del mundo- en la que se congregan con singular armonía edificios góticos, renacentistas y barrocos de gran belleza constructiva, como su célebre Ayuntamiento -con una torre de cerca de cien metros de altura-, la Casa del Rey o las casas de los gremios. Respecto a las plazas medievales italianas es imposible reflejar en unos párrafos las características urbanas de centenares de espacios públicos de este tenor. Por citar dos casos muy conocidos, con una dilatada historia y una bellísima composición urbanística, mencionaremos la Piazza de las Hierbas (“d’Erbe”) de Verona y la Piazza del Campo de Siena. La primera de ellas se corresponde con el antiguo espacio de mercado, sucesor, en la época medieval, del foro romano que se hallaba emplazado en este lugar. En ella es de gran interés advertir su relación con las cercanas plazas de Broletto y Sordello, también asoportaladas, con las que se forma un singular conjunto urbano que presenta un magnífico muestrario de edificios monumentales de todos los tiempos. Entre otros, cabe citar, en la Plaza de las Hierbas: el Palazzo della Ragione, del siglo XIII, la célebre Torre del Reloj y la iglesia románica de planta circular dedicada a San Lorenzo; en la plaza Broletto: el palacio de la Podestá y la Torre Comunale; y en la de Sordello: el Duomo y los Palacios del Capitán, de los Bonacolsi y de Vescovile. Respecto a la evocadora Piazza del Campo de Siena, cabe recordar que en su actual configuración fue decisiva una ordenanza dictada en 1310, al concluir las obras del Palacio Pubblico -el grandioso edificio que preside el conjunto-, que obligaba a abrir todas las ventanas hacia la plaza con una misma disposición y tamaño, prohibiéndose, asimismo, cualquier tipo de voladizo. La altiva Torre del Mangia, de finales siglo XIII, sigue siendo testigo permanente de la carrera del Palio, archiconocida carrera de caballos que se celebra en esta plaza desde el siglo XIII; sin duda, esta ceremonia ritual hace de esta plaza el escenario de la rivalidad centenaria entre los barrios jurisdiccionales de la ciudad, que desde los tiempos medievales fueron los distritos de su gobierno. Por último, respecto a las plazas medievales españolas, ha de advertirse en primer término que el poderoso influjo de la presencia musulmana durante ochocientos años, es bien reconocible en los núcleos urbanos y, de manera especial, en los orígenes de muchas de las grandes plazas de la Península. Un caserío compacto, nacido orgánicamente, con callejuelas tortuosas e irregulares adaptadas al terreno, no favorece la aparición de espacios abiertos en el interior de la ciudad. Robert E. Dickinson, en su obra The Western European City (1951) asegura, con un cierto exceso, que estas características son propias de “estas ciudades sin plano, amasijo de edificios y casas, con calles llenas de vida que varían de anchura y de dirección… son laberintos imposibles de descifrar, incluso con un mapa”. Se refiere a las “ciudades secreto, las ciudades sin calles y sin plazas” al decir de Chueca Gotilla, quien en su Breve Historia del Urbanismo nos recuerda cómo, en las Ordenanzas de Toledo se establecía que “’sobrados que atrauiesan las calles a que dizen encubiertas’, debían de hacerlos de altura suficiente para que pasara bajo ellos ‘el caballero con sus armas e que non le embargue’”. Muchas plazas y calles se abren tras el final de la Reconquista, recurriéndose a modelos europeos que nuevamente han vuelto a renacer en las ciudades cosmopolitas del continente. En algunos casos se aprovechan espacios antes ocupados por mezquitas o sinagogas que se derriban sin miramientos; en otros, son los antiguos azogues los que se amplían para acoger nuevas plazas, ahora ya porticados y nacidos desde planteamientos más racionales con la base de la trama ortogonal. Es más, conocemos disposiciones oficiales de tiempos de los Reyes Católicos en las que se promueve la apertura de plazas asoportaladas para el mejor discurrir de las compraventas mercantiles; en una carta que la reina Isabel envía al concejo de Madrid en 1476 podemos leer lo siguiente: "Fagades poblar de mercaderes y oficiales toda la dicha plaça e fagades portalar e facer portales delante de las dichas tiendas e de la dicha plaça para que se pueble mejor... porque las gentes hayan do se poner en tiempos de necesidades... los dichos portales son muy necesarios conplideros e provechosos a la dicha plaça" Estamos entonces ante los antecedentes precisos de una tipología, la de la Plaza Mayor, que estrictamente aparece en el momento en que se levantan en ella las Casas Consistoriales, convirtiéndose de este modo en un espacio representativo del poder municipal. La resolución de construir casas municipales en las villas y ciudades españolas es dictada por los Reyes Católicos, quienes en las Cortes de Toledo de 1480, promulgan unas ordenanzas al respecto en las que se dice, entre otras cosas: “Ennoblescense las ciudades y villas en tener casa grandes y bien hechas en que se hagan sus ayuntamientos y concejos, y en que se ayunten las justicias y regidores y oficiales a entender las cosas cumplideras a la republica que han de governar. Por ende mandamos a todas las justicias y regidores de las ciudades y villas… que no tienen casa pública de Cabildo o Ayuntamiento para se ayuntar, que dentro de dos años primeros siguientes,… hagan su casa de Ayuntamiento o Cabildo donde ayunten…” Muchos estudiosos del urbanismo español han coincidido en señalar que en estos momentos finales de la Edad Media es cuando aparecen los primeros eslabones del tipo denominado así, Plaza Mayor, que se establecerá definitivamente con el proyecto de la nueva plaza que se levantará en Valladolid tras el incendio de 1561. La armonía de las plazas del Renacimiento Las ”nuevas formas antiguas” que trae el Renacimiento tienen como fundamento la superación de las formas medievales. La proporción geométrica y la perspectiva son las claves de la regulación de la plaza como espacio público de la ciudad; a ellos ha de unirse la componente simbólica que propicia la aparición de edificios monumentales, como representación jerárquica de los poderes establecidos en la ciudad. De otra parte, las “ciudades ideales” renacentistas siguen los principios y consideraciones hechas por Vitrubio respecto al trazado urbano y su configuración geométrica. La plaza principal es generalmente de planta cuadrangular, hexagonal u octogonal; sigue siendo porticada y ocupa ahora la parte central de una ciudad que tiene planta octogonal o estrellada; está totalmente amurallada y los vértices suelen rematarse en torres de planta circular, más resistentes que las cuadradas a los ataques de la novedosa y poderosa arma de la artillería. Un ejemplo excepcional de este tipo de emplazamientos ideales es la villa italiana de Palmanova. Fundada en 1593 por la República de Venecia para defenderse de los ataques turcos y los afanes expansionistas austriacos, entre 1805 y 1814, bajo dominación francesa, sus fortificaciones se ampliaron con un tercer cinturón defensivo. Dotada de nueve baluartes, es una de las más famosas ciudades con planta estrellada. Su gran plaza emplazada en el centro geométrico del conjunto, es un gran espacio abierto de planta hexagonal. Asimismo, la plaza ducal de Charleville es un referente entre las plazas de las ciudades ideales renacentistas. Fundación del príncipe de Mantua, Carlos de Gonzaga, diseñada por Clemente Métezeau, hermano del creador de la plaza parisina de los Vosgos, y construida entre 1608 y 1620, obedece a una disposición perfectamente estudiada en pabellones simétricos que forman un espacio urbano del mayor interés. De otra parte, la armonía esplendorosa del Renacimiento se hace patente en muy pocos espacios como en la Piazza de la Sma. Annunziata de Florencia. Delimitada por bellísimos pórticos simétricos, formados por arcos de medio punto sobre esbeltas columnas, es una de las primeras plazas que se levantan con los nuevos planteamientos renacientes, aunque su construcción definitiva no se complete hasta muchas décadas después de iniciarse el conjunto. Preside este espacio singular, desde 1608, la estatua ecuestre del gran duque Fernando I, obra de Pietro Tacca, teniendo como telón de fondo la iglesia de la Santísima Annunciata, templo diseñado por Michelozzo y fundado en 1250. En otro de sus flancos se levanta el “Ospedale degli Innocenti” o Casa de la Misericordia, obra dirigida por Brunelleschi entre 1421 y 1424, y continuada por Francesco della Luna en 1445; en las enjutas de sus arcos puede admirarse una decena de medallones en terracota vidriada de tono azulado que presentan niños fajados, relieves elaborados hacia 1465 por Andrea della Robbia. Asimismo, la extraordinaria plaza de San Marcos de Venecia debe a Jacopo Sansovino su definitiva imagen renacentista. Este artista que tanto influyó en los arquitectos de la capital del Veneto, levantó sendas galerías laterales porticadas de gran monumentalidad, divergentes hacia la basílica -como ocurre en la plaza romana de Campidoglio- logrando unas visuales incomparables, acentuadas más tarde por los motivos geométricos del suelo, concebidos por Andrea Tirali, en 1723, a partir de figuras cuadradas encadenadas. No obstante, antes de ejecutarse esta gran reforma, la grandiosidad de la plaza de San Marcos era ya motivo de admiración general; creada en el siglo XII tras cubrir un canal en 1176 que duplicó su superficie, y remodelada en varias ocasiones (los pabellones sur y oeste fueron concluidos en 1424 y la procuraduría vieja fue construida entre 1480 y 1517), ha sido siempre el principal escenario de la vida de la ciudad. La basílica griega y bizantina, toscana y lombarda; la célebre torre del reloj de 1499, con sus figuras armadas de bronce flanqueando la campana de las horas; el gótico Palacio Ducal, la cercana “loggetta” situada al pie del campanile (copia exacta del original), o la inmediata Biblioteca Nacional Marciana, construida entre 1536 y 1588 con traza inspirada en el antiguo Teatro de Marcelo de Roma, son algunas de las monumentales referencias absolutamente inexcusables de este conjunto urbano sin parangón. La culminación barroca de las Places Royales La Plaza de los Vosgos parisina ha sido considerada como el primer prototipo de esta modalidad. Si embargo, advierte Chueca Goitia que este singular espacio no debería ser considerado como tal, ya que no se concibió como el marco urbano solemne de exaltación a la figura de un rey (la estatua regia fue instalada tiempo después de su edificación), premisa básica de este tipo de “places royales”, sino como un espacio refinado dedicado a las fiestas y distracciones en el marco de un innovador programa urbanístico de la capital francesa. Compositivamente, sigue los postulados italianos renacentistas pero, en este caso, interpretados a la manera francesa. Construida de forma unitaria y en pocos años (entre 1605 y 1612) a instancias de Enrique IV, se convertirá en la principal referencia para el trazado de numerosas nuevas plazas de vocación escenográfica, cuyo culmen es, sin duda, la también parisina Plaza Vendôme, obra cumbre de este modelo barroco francés, construida entre 1699 y 1720 bajo la dirección de Jules H. Mansart, y dedicada en este caso a Luis XIV. En este mismo sentido, la Praça do Comércio de Lisboa, abierta al estuario del Tajo y con la estatua ecuestre del rey portugués José I, es un monumental escenario proyectado con estos mismos planteamientos de exaltación de la monarquía absoluta. Del mismo modo, la Plaza Stanislas Leczinski, en Nancy, forma parte de un conjunto urbanístico excepcional –realmente una sucesión de espacios públicos enlazados- destinado a honra y gloria del rey francés Luis XV, por parte de Stanislas Leczinski, rey destronado de Polonia, al que había otorgado el ducado de Lorena en 1737. De la mano del arquitecto Emmanuel Heré de Corny, se crea una Plaza Real para que sirva de grandioso escenario dedicado al monarca, con su efigie en bronce fundida por los artistas Barthélémy Guibal y Paul-Louis Cyfflé, emplazada en el centro del espacio. De esta magna obra se coloca la primera piedra en 1752, inaugurándose la plaza en noviembre de 1755. Estamos por tanto, al igual que en el caso de Salamanca, en el 250 aniversario de tan singular espacio. Los “zócalos” y “patios” del Nuevo Mundo Mención aparte en este recorrido histórico merecen las grandes plazas levantadas en el continente americano, como plasmación de los conceptos del urbanismo regular de los tiempos en que ocurre “la aventura americana”. La Plaza Mayor en el Nuevo Mundo ha sido entendida tradicionalmente como el resultado de la puesta en práctica de dichos planteamientos basados en el trazados en damero, en unas ciudades que por ser de nueva planta, no presentaban condicionantes previos a la hora de distribuir y organizar los espacios, circunstancia inevitable en las ciudades de la España peninsular. De otra parte, la componente simbólica de la Plaza Mayor en estas latitudes es omnipresente, reuniendo siempre en sus fachadas el orden social establecido, encarnado en edificios representativos de la Iglesia católica, la Corona española, la empresa de la conquista y las instituciones económicas y comerciales. Al respecto, como ejemplo, recordemos lo escrito en la llamada Relación de Mérida, cando se dice que esta ciudad del Yucatán: “Tiene dos plazas, en la mayor, a la parte de oriente está fundada la catedral, y a la parte del norte están las casas reales donde viven los gobernadores, y a la del sur están las casas de don Francisco de Montejo, el Capitán General, y al poniente está un cerro de piedras muy grande donde antiguamente había un oráculo donde los indios sacrificaban…” La cita nos introduce una nueva premisa, en la que han incidido numerosos urbanistas iberoamericanos, que se refiere a la influencia de las preexistencias indígenas de los tiempos prehispánicos, como los casos de los centros ceremoniales que se encontraron los conquistadores en grandes ciudades -como México, Cuzco o Mérida- luego convertidos en Plazas Mayores (en el propio solar o lindero a él), muy a menudo emplazados en primitivos cruces de caminos de las civilizaciones azteca, inca o maya. Sin embargo, no olvidemos que otras muchas ciudades fueron fundadas ex novo con planes de traza regular. Entre otras, Santo Domingo se crea en 1496; poco después, en las primeras décadas del siglo XVI, se fundan La Habana, Guatemala, Panamá, etc. En los casos de ciudades de nueva planta se sigue con fidelidad la Ordenanza dictada en 1523 por el emperador Carlos V que establece que: "Cuando hagan la planta del lugar, repártanlo por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor, y sacando desde ella calles a las puertas y caminos principales, y dexando tanto compás abierto que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma". El planteamiento no puede ser más sencillo y eficaz: las trazas se basan en la racionalidad y el pragmatismo, pero, a diferencia de las peninsulares, con la Plaza Mayor como centro absoluto de la ciudad, confiriéndole el ya citado carácter simbólico del poder y la representación institucional, con monumentales edificios tanto religiosos como civiles, encabezados por la catedral y el palacio de gobierno (del Virrey o del Gobernador). Gran incidencia tendrán posteriormente las Leyes de los Reynos de las Indias, promulgadas en 1573, normativa señera entre las primeras leyes generales de ordenación urbana. En ellas, una de las manzanas centrales queda libre de edificación y convertida en Plaza Mayor, convirtiéndose en el elemento estructural básico y generador de la nueva ciudad. Es el centro geométrico, vital y simbólico, lugar de encuentro de todas las funciones sociales, oficiales o de diversión y esparcimiento. La Ordenanza 114 dice: "De la plaza salgan cuatro calles principales: una por medio de cada costado y dos calles por cada esquina de la plaza. Las esquinas de la plaza miran a los cuatro vientos principales, porque de esta manera saliendo las calles de la plaza no estarán expuestas a los cuatro viento principales que sería de mucho inconveniente" El zócalo de la Ciudad de México plasma, como ningún otro elemento de su pasado, la historia del país. Emplazado junto a lo que fuera en su día el Centro ceremonial prehispánico, es el primer espacio donde se asientan los “mexicas” cuando fundan la gran Tenochtitlan, ciudad que asombra a los primeros españoles que la conocen en noviembre de 1519. El propio Hernán Cortés queda admirado de tan colosal ciudad y escribe al Emperador Carlos, en octubre de 1520, en los siguientes términos: “Tiene esta ciudad muchas plazas donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos géneros de mercadurías que en estas tierras se hallan”. Bernal Díaz del Castillo, testigo presencial y cronista ilustre de esta epopeya, describe la grandiosidad del gran espacio de mercado mexicano en el capítulo XCII de su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España. Lo titula “Como nuestro capitán salió a ver la ciudad de México y el Tatelulco, que es la Plaza Mayor” y dice literalmente: “Nos dijo Cortés que sería bien ir a la plaza mayor… y desque llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había… puesto por su concierto de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí; ansí estaban en esta gran plaza” A partir de la presencia española, el zócalo de la ciudad de México se enmarca por los edificios simbólicos de los diferentes poderes: la imponente Catedral, el Palacio Nacional -conjunto de casonas de los tiempos del Virreinato-, los edificios del Gobierno del Distrito y el denominado “Portal de mercaderes”. El trazado de la ciudad de Morelia –la Valladolid del Nuevo Mundo hasta 1828-, se debe a Juan Ponce, quien bajo las órdenes del Virrey Antonio de Mendoza diseñó, en 1543, una organización de manzanas y solares a partir de una amplia plaza con gran proyección espacial, que conocerá un gran desarrollo cuando se convierta en capital de Michoacán en 1580. Su Catedral, emplazada hacia el oriente, queda enmarcada por dos plazas: la de Armas y la antigua de San Juan de Dios. La primera, también llamada de los Mártires (de la Independencia) está formada por hermosos edificios coloniales: la Casa de Juan de Dios Gómez; el Palacio de Justicia -antigua Casa Consistorial- y otras construcciones que, aunque presentan sus fachadas modificadas, conservan en su interior las formas arquitectónicas originales. En el siglo XIX esta plaza, tras diversas remodelaciones, quedó configurada en la forma que hoy vemos. La Plaza Grande o de la Independencia, en Quito, tiene planta cuadrada y unas dimensiones de cien varas por lado. En sus costados se levantan, como en otras ocasiones: el Ayuntamiento al este, que es de traza moderna; el Arzobispado en el flanco norte, cuyo primer edificio se levantó cuando Quito se convierte en sede episcopal en 1545; el Palacio de Gobierno o “de Carondelet” hacia occidente, así nombrado en honor al Barón de este nombre, que fue quien remodeló el antiguo edificio, sede de la Audiencia (antes palacio del secretario Diego Suárez de Figueroa); y al sur la Catedral, consagrada en 1572 y concluida en 1806, que preside el espacio desde el lado meridional. Por su parte, también en la capital de Ecuador, la monumental plaza de San Francisco se enclava en el antiguo espacio ceremonial indígena de planta trapezoidal; en ella, el convento que la da nombre tiene tres iglesias tituladas de San Francisco, San Buenaventura y de Cantuña, seis claustros y hasta trece patios; todo este conjunto edificado ocupa dos manzanas de la trama ortogonal de la ciudad. En La Habana, la Plaza de Armas es la más antigua de la ciudad y en ella se alzan importantes edificios monumentales que la imprimen un carácter muy particular. En ella se levantó la sede del representante del Rey de España en la isla, cuyo sucesor, el Palacio barroco de los Capitanes Generales, se edificó en 1776 por orden del Marques de la Torre. En su parte septentrional está el llamado palacio del Segundo Cabo, construido entre 1772 y 1776, y, hacia el noreste, el Castillo de la Real Fuerza, primer bastión fortificado de la isla que se empezó a construir en 1558. Un templete construido en 1827 recuerda de la fundación de la ciudad y la primera misa celebrada en ella en 1519. II. La Plaza Mayor española: Cuatro eslabones para un modelo Vistos los principales antecedentes de la plaza como un espacio histórico en constante evolución, y algunas de sus diferentes versiones hasta los tiempos modernos, nos ocuparemos ahora de la Plaza Mayor entendida como una de las más genuinas creaciones urbanísticas españolas, convertida en el escenario de la vida cotidiana y extraordinaria de la ciudad en que se encuentran, con sus personajes característicos y sus vivencias particulares. Aún a sabiendas de la dificultad de establecer unos pasos precisos en la trayectoria histórica de un espacio tan complejo, en el que inciden factores diversos tanto en su concepción como en su proceso de construcción y, en consecuencia, en su resultado final, hemos elegido cuatro plazas españolas que entendemos como “eslabones en el tiempo” para entender un desarrollo que conoce la influencia de las sucesivas corrientes estéticas de la arquitectura y la ordenación urbana de cada momento, llegando a fraguar en un modelo con una gran proyección en la historia del urbanismo. Nos referiremos a continuación a la ferial Plaza Mayor de Medina del Campo, objeto de muy tempranas disposiciones urbanas que modelan un inmenso espacio de comercio de ámbito internacional; la de Valladolid, auténtico punto de partida de esta tipología urbanística, a partir de la reconstrucción llevada a cabo tras el pavoroso incendio de 1561, bajo la mirada atenta del propio Felipe II; la de Madrid, plaza de la Corte y escenario de innumerables acontecimientos festivos de un imperio decadente; y la de Salamanca, además de punto culminante en la evolución de la plaza programada, modelo definitivo de la versión barroca y gran “patio urbano” de una ciudad. Nos detendremos, no tanto en sus características urbanísticas –aunque sí anotaremos los datos fundamentales de su configuración espacial-, sino, y esto en mayor medida, en algunos testimonios vividos en ellas que nos han parecido relevantes por reunir, en un mismo escenario -el de la propia plaza-, a “protagonistas” y acontecimientos, diarios o excepcionales, que son huellas significativas de su historia. De este modo, en un breve repaso, aludiremos a sus nombres sucesivos: Plaza Mayor, del Mercado, de la Constitución, de la Libertad, del Rey, de la República,… titulaciones determinadas a partir de las diferentes situaciones políticas y sociales, que son prueba evidente de que estos espacios preeminentes de la ciudad son algo más que un recinto urbanizado según unas normas arquitectónicas y paisajísticas establecidas y reconocibles. Comentaremos su condición de espacios vividos a lo largo de la historia en los que se pueden leer, como en un libro abierto, las huellas del pasado y del presente, reflejándose en su solar y en sus fachadas los tiempos de prosperidad y decadencia, de opulencia y de ruina. En definitiva, entraremos en espacios con vida propia a través de testimonios históricos y literarios vividos en primera persona por viajeros ilustres, cronistas y gacetilleros que nos hablarán de mercados con feriantes y vendedores, autos de fe con jueces supremos y reos condenados, torneos y corridas de toros con maestrantes y lidiadores, escenas cotidianas con caballeros y señoras, rufianes y pícaros; en definitiva, los más genuinos “protagonistas de la plaza”, desde sus inquilinos y transeúntes habituales, hasta los actores fugaces de los grandes acontecimientos. Medina del Campo. La gran plaza ferial y mercantil La Plaza Mayor de Medina del Campo no tiene la monumentalidad ni la regularidad de las grandes plazas mayores que están en la retina de todos. Y no las tiene porque su génesis y su desarrollo urbanístico, además de ser muy temprano el tiempo, está ligado a los primeros procesos de regularización de los espacios abiertos, al menos en España. En esta particularidad hay que buscar su enorme importancia en la historia del urbanismo. Sus primeros antecedentes hay que buscarlos en el cruce de los caminos de Ávila y Salamanca que llegan a esta villa, encontrándose muy cerca del emplazamiento de la parroquia medieval de San Antolín, luego colegiata del mismo nombre. El núcleo central de la villa medieval se halla por entonces en La Mota, a la vera de su castillo. Una primera disposición ordenada del foro mercantil, en la zona llana de la margen izquierda del río, nos remonta a los inicios del siglo XV y se plasma fehacientemente en las Ordenanzas de aposentamiento de feriantes dictadas en 1421. A partir de esos momentos, las ferias medinenses conocen un desarrollo imparable que las convierte, a fines de esta centuria, en las más importantes de los reinos peninsulares y la misma altura de las que están gobernando el comercio europeo, enclavadas en ciudades como Amberes, Lyon, Florencia o Venecia. La Plaza Mayor de Medina del Campo es el magno escenario de tan celebradas reuniones mercantiles, llegando incluso, en aquellos tiempos, a ser comparada con la de San Marcos de Venecia por el viajero Pero Tafur en sus Andanças é Viaje... por diversas partes del mundo (1436-1439); dice concretamente el cordobés: “Enfrente desta puerta esta una grant plaça (se refiere a la de San Marcos), mayor que la de Medina del Campo, toda enladrillada, é entorno todas las casas encaramadas e emportaladas" Entre los últimas décadas del siglo XV y, especialmente, tras el terrible incendio de las Comunidades, en 1520, las disposiciones urbanísticas que se dictan para su salvaguarda, en principio pensadas para el atajo de las llamas, traen consigo una regulación urbanística de la que a la postre resultará la formación de un conjunto construido homogéneo con volúmenes uniformes, guarnecido por muros “cortafuegos” –a la manera que hoy podemos contemplar en la plaza lisboeta del Rossío-. Esto nos lleva a la consideración de este espacio singular como un antecedente incontestable de las ordenaciones urbanas mucho más precisas que poco después van a ensayarse en la reforma del centro de Valladolid tras el incendio terrible de 1561. De aquí que consideremos esta plaza como, sino el único, sí el principal de los eslabones de los inicios de esta nueva tipología urbana: la Plaza Mayor, entendida ésta como espacio rectangular cerrado, diseñado bajo una ordenación regular de los cuerpos que la limitan y con vocación de espacio escénico de la villa cotidiana y extraordinaria de la villa. Un pliego suelto que debió de circular allá por el segundo cuarto del siglo XVI, recogía la llegada a las ferias de Medina de un rufián y dos “protegidas”, procedentes de tierras palentinas por el antiguo camino de Valladolid. Llegados a la villa, cruzan sus murallas y el puente del Zapardiel y entran en la Plaza Mayor por la Rúa Nueva; en este punto se encuentran con un escenario mercantil perfectamente acotado según las ocupaciones de los feriantes. La descripción no puede ser más explícita: ……………………… “Luego en continente pasareys la puente, y a un passo de grua tomareys la rua; pero en esta calle no es razon que calle que ay muchos exercicios de dos mil officios. Vereys los Traperos, Sastres, Calceteros y los Tondidores, y los Corredores, arcas de Escrivanos no se da a manos, y vereys los Cambios, Cambios y recambios, y el Rollo y alverca, la noria con cerca. Es grande alegría ver la Joyeria, con la Especieria, y la Merceria y la Libreria, con la Lenceria, la tienda gentil que es del Alguacil y el Relox armado de Sant Antolin”. Precisamente la fachada de la Colegiata de San Antolín, edificio que preside la plaza, además contar con el aludido “relox” -por entonces “armado” por dos figuras humanas provistas de mazas, con claras resonancias venecianas-, se alza un elemento arquitectónico del mayor interés: la capilla exterior dedicada a Ntra. Señora del Pópulo (oficialmente de la Inmaculada Concepción), concluida en 1523, cuya singularidad estriba en ser el más antiguo antecedente, aún en pie, de las capillas abiertas tan difundidas en las iglesias y catedrales de Hispanoamérica. Se construyó a instancias del abad Alonso García del Rincón para de servir de altar para las misas dadas a los mercaderes en tiempos de feria. En las disposiciones fundacionales dictadas en 1516 para su fundación se recoge expresamente esta función cuando se establece: “el otro altar segundo se haga en lo alto de dicha capilla, metido en la pared de la mano izquierda, en la parte de fuera hacia la plaza... que por razón que en dos ferias del año que se hacen ante dicha capilla en la plaza, concurren muchas gentes de diversas partes y Reinos, y a causa de la mucha contratación que tienen, por no dejar sus tiendas y mercaderías, comunmente no van ni pueden ir a oir Misa a las iglesias...mandamos que en el otro altar alto que estará en la dicha nuestra capilla hacia la plaza uno de nuestros capellanes y semaneros digan la Misa...de manera que puedan ver y adorar el Santísimo Sacramento de nuestro Salvador Jesucristo desde la dicha plaza y desde las dichas tiendas de ella”. Estas capillas abiertas para oficiar “misas de mercaderes” está documentadas también en la Plaza Mayor vallisoletana, en una balconada de la fachada del desaparecido convento de San Francisco y, asimismo, en la Plaza de Zocodover de Toledo, justo encima del reconstruido Arco de la Sangre. El tipo tendrá una especial proyección en las catedrales y templos coloniales del Nuevo Mundo, en los que raramente no se abrirá hacia la plaza una capilla similar –allí llamada “de indios”-, para el oficio de misas con grandes concentraciones humanas. En el caso de Medina, dice la tradición que las operaciones mercantiles efectuadas antes de la celebración eucarística no tenían validez jurídica; sin haberse podido probar documentalmente esta consideración, lo cierto es que la frase común “esto va a misa”, pudiera ser quizá un eco lejano de esta práctica consuetudinaria. Lo cierto es que en todo momento, desde los finales de aquella centuria hasta la actualidad, la enorme extensión de la plaza medinense llama la atención de cuantos pasan por ella. El holandés Enrique Cock queda admirado de sus dimensiones y así lo refleja en La Jornada de Tarazona (1592): “Medina del Campo, villa famosa por los mercaderes y tratantes… tiene una plaza grandísima, y en un lado de ella está la iglesia mayor, con advocación de San Antolín, donde hay un abad…”. Siglos después, George Borrow –“Jorgito el Inglés” para los españoles- en su célebre obra La Biblia en España (1842) llama a Medina “la ciudad de la llanura” y dice de su Plaza Mayor: “la plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos”. Por último, en 1861, José María Quadrado incide de nuevo en las enormes proporciones del recinto cuando escribe en sus Recuerdos y Bellezas de España: “La extensión de su plaza asombraría en cualquier capital; y los soportales que en parte la ciñen y los de la calle de la Rúa recuerdan las numerosas tiendas y almacenes, los multiplicados oficios, la mercantil animación que hervía allí como en su centro” La llamada acera de la Especiería o del Peso tuvo un recinto reservado al asiento de los banqueros y cambistas que estaba protegido por cadenas engarzadas a columnas de granito o “rollos feriales”; a través de los siglos, éstos fueron objeto de diferentes interpretaciones. A fines del siglo XIX, León de Rosny escribía en su obra Recuerdos de un viaje por España y Portugal (1894) una desorientada interpretación de la función de dichas columnas, que ya entonces había pasado a formar parte de la mentalidad colectiva de los medinenses; decía el escritor francés que quería haber visto en la plaza: "la famosa columna a la que ataban, como castigo, a los comerciantes que faltaban al fin de la feria a los compromisos que habían contraído desde el comienzo. Esa columna se llama ‘Banca rota’, y de ahí ha venido la palabra 'bancarrota'… pretenden que ha sido ahí donde aparecieron las primeras letras de cambio". En todo caso, de lo que no cabe duda es que, durante los días de feria y mercado de aquellos años, la Plaza Mayor de Medina ofrecía una gran vitalidad que rememoraba, aunque fuera pálidamente, aquellas otras ferias que convirtieron a Medina en el centro más importante de contratación de su época: carretas llenas de canastos de grano, hortalizas y frutas cobijadas en serones, largas hileras de piezas cerámicas de todos los tamaños y hechuras,… incluso los más variados productos colgados de cuerdas entre los pies derechos de los soportales, como recuerda una curiosísima gacetilla publicada en el semanario local El Medinense, en junio de 1889, que recogía un sucedido de ciertos aires "lazarillos": “Quienes serán los que… cuelgan los utensilios de su comercio estorbando el paso á los transeúntes, y dando ocasión á incidentes como el ocurrido días atrás a un pobre ciego, á quién guiaba un niño, quien haciéndole inadvertidamente pasar por debajo de uno de esos colgajos logró se encasquetara el infeliz ciego un bozal, del que no acertó a desenredarse en un gran rato, siendo ocasión de risa para los espectadores". Otra noticia del mayor interés que nos habla de los bailes y danzas interpretados en la plaza los días de fiesta popular, es la que recoge el político y escritor portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins en sus Cartas Peninsulares. A su paso por la villa el domingo de “feria chica” de San Antonio de 1893, se encuentra con la siguiente escena llena de sabores costumbristas: "Era un domingo el día que pasé por Medina y fiesta de San Antonio. En la Plaza Mayor... invariablemente rodeada por arcadas en donde se ven los mejores comercios de la localidad, apiñábase en ese día una multitud pintoresca y alegre. Tenían armado un coro en donde tocaba una filarmónica, mas en los diferentes bailes populares danzaban al son de los tamborileros, batiendo con la mano derecho el bombo y con la izquierda tocaban la gaita de fole. Esta orquesta ambulante era el centro de todas las chicas y chicos que danzaban "las habas verdes" y "el fandango" al precio de una perra chica por pareja al tamborilero. Por otro lado se veían mujeres tocando el pandero y marcando el zapateado de la "charrada o tarada" e indígenas de Sayago y Carbajales. Las de la pandereta danzaban también levantando los brazos en alto sonando las castañuelas, avanzando y marcando para que las parejas se junten y se separen, rematando la danza con fuertes palmadas y gritos estridentes...". Señalemos por último que la celebración en la Plaza Mayor de todos los actos y solemnidades públicas es la razón por la que haya regido, incluso hasta la actualidad, el denominado “derecho de vistas” o “derecho de balconaje”, por el cual, en las compraventas de las casas de la plaza, se especifica aparte la titularidad de los balcones durante el tiempo en que se celebran actos públicos en ella, pudiendo el titular que vende la propiedad reservarse el derecho de paso desde la calle hasta los balcones. Este caso, muy habitual en los tiempos antiguos, también lo conocemos aún vigente en otras plazas de este tenor, como en la Plaza del Coso de Peñafiel, escenario de festejos taurinos desde los primeros momentos de su formación, y asimismo lugar donde se representa una pieza dramática de carácter religioso tradicional –“la Bajada del Ángel”- cada Domingo de Resurrección. Valladolid. Autos y toros en la “primera Plaza Mayor” Al igual que ocurrió en Medina del Campo en agosto de 1520, la entonces villa vallisoletana sufre, el 21 de septiembre de 1561, un pavoroso incendio que arrasa completamente la zona central, presidida por su activa plaza del mercado, heredera de un antiguo espacio medieval extramuros situado junto al denominado “postigo del Trigo”. Ante tamaño desastre, se le encarga a Francisco de Salamanca una traza general de edificación de toda la zona devastada, en la que se quieren introducir las nuevas normas de ordenación urbana, teniendo presente las intervenciones de fundación de nuevas ciudades que se llevaban a cabo en esos tiempos. Tras varias modificaciones del proyecto, la reforma se traza "a cordel" y no altera radicalmente la disposición anterior del viario, ya que respeta la trama urbana básica preexistente, pero sí se consigue mayor anchura de las calles y una normalización de los alzados de las viviendas en un ejercicio de diseño realmente magistral. La plaza no se cierra en su totalidad ya que las bocacalles permanecen abiertas, esto es, sin arcos monumentales de entrada como ocurrirá en los modelos posteriores más depurados. Los elementos clasicistas y los tratados de Serlio o Vitrubio son una referencia constante y, así, las estructuras asoportaladas se construyen con pórticos formados por columnas de orden toscano con capiteles zapatas, según el modelo dado en el Tratado de Cesariano de 1521. Estamos, por tanto, ante un hito fundamental en la historia del urbanismo español, considerándose como la primera plasmación del nuevo modelo de Plaza Mayor con disposición regular y planteamiento unitario de fachadas, soportales, alturas, vanos y demás elementos compositivos. Las descripciones que nos ofrecen de ella los cronistas y escritores contemporáneos a la obra, coinciden en admirar la monumentalidad que se ha conseguido a partir de la regularidad y limpieza de su trazado. Quizá una de las primeras referencias de la nueva plaza sea la que publica Gonzalo de Ilescas en su Historia Pontifical y Católica (1569); dice sobre ella: “Hase tornado a reedificar lo quemado, con tanta hermosura y curiosidad, que apenas ay en España, ni fuera della, calles más vistosas que las que se quemaron, de las quales resulta una hermosísima plaça que no estaba acabada cuando esto se escribía…”. Décadas después el recuerdo del incendio sigue presente. La magnitud de las llamas y sus efectos son la base de descripciones generales, como la de Diego Pérez de Messa, quien en su obra Segundo Libro de las Grandezas de España (1595), dice concretamente: "El año de mil y quinientos y sesenta y uno, noche de San Mateo, se prendió fuego en esta plaza mayor con tanta furia y braveza que con mucha diligencia y trabajo que ponía todo el pueblo no se pudo matar, ardiendo la villa por aquella parte algunos días y quemándose muchas haciendas. Fue abrasada toda la plaza con más de seiscientas casas, y verdaderamente se pensó que ardiera sin remedio toda la villa. Después de muerto el fuego parecía cosa irreparable el gran daño y estrago que hizo... Pero volvióse a renovar y reedificar lo abrasado y arruinado con tanta ventaja de lo que antes era, y con gran excelencia y grandeza de los edificios...". En los primeros años del siglo XVII, el trágico suceso es visto, en cierta forma, como bien venido |
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